miércoles, 26 de septiembre de 2018

Listas de apóstoles

Todas las listas de los Doce Apóstoles que aparecen en el Nuevo Testamento mantienen muchos puntos en común, pese a proceder de autores y épocas diversas.

En primer lugar aparece siempre Pedro, igual que en toda enumeración incompleta de apóstoles: un indicio bien claro del lugar primacial que le reconoce la Iglesia desde su origen.

Andrés, Santiago y Juan aparaecen siempre en un segundo bloque, aunque -como puede verse en el cuadro- no siempre están en el mismo orden.

Felipe siempre aparece quinto.

Bartolomé, Mateo y Tomás aparecen siempre en un bloque después de Felipe, aunque no siempre ellos tres están mencionados en el mismo orden.

Luego aparecen Simón y Tadeo, ocupando este orden en Lc y en Hech, y el orden inverso en Mt y en Mc

En todas las listas aparece Judas Iscariote en último lugar. En la enumeración de Hech no aparece, pues ya había muerto.

El cuadro sinóptico que acompaña a esta entrada ilustra, en una tabla y con colores, estas particularidades que citamos.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

"Lo partió"


He visto muchas veces que el sacerdote, durante el relato de la Institución de la Eucaristía, parte la hostia en el momento en que dice "tomó el pan... lo partió...".

Se trata de una violación de las normas litúrgicas, ya que las rúbricas reservan la "fracción del pan" para después del saludo de la paz; pero -como pasa siempre en estos casos- encierra un error mucho más profundo. 

Porque si el sacerdote parte la hostia al decir "lo partió", está partiendo un trozo de pan. Pero si lo hace en el momento indicado, lo que tiene en sus manos es el Cuerpo de Cristo; y es ese (y no el pan material) el Pan que partimos y compartimos en la Misa.

Finalmente, se trata de una cuestión de fe en la transustanciación. Y sobre esto ya hablaremos en una próxima entrada.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Misa de Difuntos: ¿por quién y para qué rezamos?

Hace unos días participé en una misa de difuntos; se trataba de una misa "de cuerpo presente", como suele decirse. El sacerdote celebró con ornamentos blancos, lo cual -de entrada- trajo a mi memoria las declaraciones de monseñor Doménico Bartolucci que hace algún tiempo releí en La Buhardilla de Jerónimo.

Al comienzo de la celebración, el sacerdote subrayó que no íbamos a rezar tanto por el difunto como por sus familiares y por nosotros en este momento de tristeza. Más tarde dijo que la familia del difunto contaba con un "nuevo santo", mucho más cercano (y se presume que por ello mejor intercesor) que otros santos que resultaban desconocidos (mencionó entre ellos a Santa Clara y a San Andrés); "lo mismo dije -añadió- cuando murió mi padre".

No es, por cierto, la primera vez que escucho -en funerales y responsos- afirmaciones parecidas. Pero confieso que ellas me generan algunas dudas que me animo a compartir en la Red con los eventuales lectores.

Ante todo: ¿Es verdad que en una misa "de difuntos" lo principal es rezar, no "por" el difunto, sino "al" difunto por sus familiares y amigos que quedan sumidos en el dolor?

Y si decimos que rezamos "por" el difunto, pero de él decimos que, sólo por haber muerto, ya es "santo", ya está en el cielo junto a Dios, ¿qué sentido tiene celebrar una misa por él?

¿No es esto oscurecer el sentido del pecado, que sólo Dios conoce y es capaz de perdonar en los designios de su misericordia?

Y si un muerto pasa a ser santo "automáticamente", ¿qué sentido tienen los largos procesos de canonización que establece la Iglesia?

¿No es verdad más bien lo contrario, a saber, que rezamos por el difunto precisamente para que Dios perdone sus pecados, sea que los conozcamos nosotros o no, precisamente por el hecho de que la conciencia individual es una tema de exclusiva competencia divina?





¿O acaso cualquier difunto es santo automáticamente por morir, sin importar sus obras?

Y si es cierto que los méritos de la Pasión de Cristo son infinitos, ¿autoriza esto a suponer que se aplican sin más en forma inmediata y automática?

¿No implica todo ello una negación del pecado y del Purgatorio, entiéndase como se entienda este misterio?

Se me podrá decir que tales afirmaciones de un presbítero en una misa de cuerpo presente sólo deben interpretarse como palabras de consuelo, sin pretensiones teológicas. Pero, ¿no se hace catequesis, sobre todo, en esas ocasiones en las que concurre al templo muchos cristianos que no frecuentan la misa ni los sacramentos?

No tengo respuestas definitivas a estos interrogantes, sólo inquietudes y dudas. Y una sola certeza: "Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en Mí vivirá eternamente".

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Lo primero es la familia


EL MATRIMONIO
ENTRE EL VARÓN Y LA MUJER
ES UN BIEN DE LA HUMANIDAD


“El matrimonio como relación estable entre el hombre y la mujer, que en su diversidad se complementan para la transmisión y cuidado de la vida, es un bien que hace tanto al desarrollo de las personas como de la sociedad. No estamos ante un hecho privado o una opción religiosa, sino ante una realidad que tiene su raíz en la misma naturaleza del hombre, que es varón y mujer. Este hecho, en su diversidad y reciprocidad, se convierte, incluso, en el fundamento de una sana y necesaria educación sexual. No sería posible educar la sexualidad de un niño o de una niña, sin una idea clara del significado o lenguaje sexual de su cuerpo”. “Afirmar la heterosexualidad como requisito para el matrimonio no es discriminar, sino partir de una nota objetiva que es su presupuesto. Lo contrario sería desconocer su esencia, es decir, aquello que es”. Pese a “las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales”, el matrimonio tiene “rasgos comunes y permanentes".

“El matrimonio se funda en la unión complementaria del varón y la mujer, cuyas naturalezas se enriquecen con el aporte de esa diversidad radical”.

Conferencia Episcopal Argentina