miércoles, 2 de marzo de 2022

Miércoles de Ceniza

Con el Miércoles de Ceniza retomamos la actividad normal de nuestro Blog, dedicado a cuestiones de liturgia, de espiritualidad y de la vida de la Iglesia: una entrada cada miércoles.

Este Miércoles de Ceniza cae 2 de marzo, que es el aniversario del nacimiento (1876) y también de la elección pontificia (1939) del Venerable Pío XII. Para honrar a la vez la fecha litúrgica y tan señalados aniversarios, en esta entrada ofrecemos fragmentos de dos de las Cartas Encíclicas de ese gran pontífice. La temática de ambos textos está relacionada, y, en su conjunto, configuran  una buena reflexión para este tiempo de Cuaresma que hoy se inicia.

Carta Encíclica SEMPITERNUS REX CHRISTUS  (8/9/1951), II:

La Iglesia desde los primeros tiempos, sea en los documentos escritos, sea en la predicación, sea en las preces litúrgicas, profesa de un modo claro y preciso que el Unigénito Hijo de Dios, nació en la tierra, y ha padecido, y estuvo clavado en la Cruz, y, después de salir resucitado del sepulcro, subió a los cielos. Además la Sagrada Escritura atribuye al único Cristo, el Hijo de Dios, propiedades humanas y siendo al mismo tiempo Hijo del hombre, propiedades divinas.

En efecto, el Evangelista Juan declara: «El Verbo se hizo carne». Luego Pablo escribe de El: «El cual teniendo la naturaleza de Dios... se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte». Y también: «Mas cumpliendo que fue el tiempo, envió Dios a su Hijo, formado de una mujer» y el mismo divino Redentor afirma de un modo perentorio: «Mi Padre y yo somos una misma cosa» y también: «Salí del Padre y vine al mundo». El origen celestial de nuestro Redentor resplandece también en este texto del Evangelio: «He descendido del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de Aquel que me ha enviado». Y también de este otro: «El que descendió, ese mismo es el que ascendió sobre todos los cielos».

Afirmación que Santo Tomás de Aquino comenta e ilustra así: «El que desciende es el mismo que asciende. En esto se indica la unidad de la Persona del Dios hombre. Desciende en efecto... el Hijo de Dios asumiendo la naturaleza humana, pero sube el Hijo del hombre según la naturaleza humana a la sublimidad de la vida inmortal. Y así el mismo es el Hijo de Dios que baja y el Hijo del hombre que sube».

Este mismo concepto había ya expresado Nuestro Predecesor León Magno con estas palabras: «Porque... a la justificación de los hombres lo que principalmente contribuye es que el Unigénito de Dios se ha dignado ser también el Hijo del hombre, de tal manera que el mismo que es όμοούσιος al Padre, esto es, de la misma substancia del Padre, fuese también verdaderamente hombre y consubstancial a la Madre según la carne, nosotros gozamos de lo uno y de lo otro, ya que no nos salvamos sino en virtud de ambos, no dividiendo sin embargo lo visible de lo invisible, lo corpóreo de lo incorpóreo, lo pasible de lo impasible, lo palpable de lo impalpable, la forma del siervo de la forma de Dios, porque, si bien uno subsiste desde la eternidad y el otro ha comenzado en el tiempo, con todo, una vez unidos no pueden ya tener separación ni fin».

Solo, pues, si con santa y pura fe se cree que en Cristo no hay otra Persona que la del Verbo, en quien las dos naturalezas del todo distintas entre sí, la humana y la divina, diversas por sus propiedades y operaciones, confluyen, aparece la magnificencia y la piedad de nuestra Redención, nunca bastante exaltada.

¡Oh sublimidad de la misericordia y justicia divina, que socorrió a los culpables y se forjó hijos! ¡Oh cielos abajados hasta nosotros para que, alejando a las brumas infernales, aparecieran las flores sobre nuestra tierra y nosotros fuéramos hechos hombres nuevos, nueva creatura, gente santa y prole celestial! Es decir, que el Verbo ha padecido verdaderamente en su carne, ha derramado su sangre en la cruz y ha pagado al Eterno Padre un precio sobreabundante por nuestras culpas; de donde resulta que resplandece segura la esperanza de salvación para aquellos que, con fe sincera y caridad operosa, se adhieren a Cristo, y, con la ayuda de la gracia por El procurada, producen frutos de justicia.





Carta Encíclica HAURIETIS AQUAS (15/5/1956),  n. 7-9

...el autor del Cantar de los Cantares, sirviéndose del simbolismo del amor conyugal, describe con vivos colores los lazos de amor mutuo que unen entre sí a Dios y a la nación predilecta: «Como lirio entre las espinas, así mi amada entre las doncellas... Yo soy de mi amado, y mi amado es para mí; El se apacienta entre lirios... Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, pues fuerte como la muerte es el amor, duros como el infierno los celos; sus ardores son ardores de fuego y llamas».

Este amor de Dios tan tierno, indulgente y sufrido, aunque se indigna por las repetidas infidelidades del pueblo de Israel, nunca llega a repudiarlo definitivamente; se nos muestra, sí, vehemente y sublime; pero no es así, en sustancia, sino el preludio a aquella muy encendida caridad que el Redentor prometido había de mostrar a todos con su amantísimo Corazón y que iba a ser el modelo de nuestro amor y la piedra angular de la Nueva Alianza.

Porque, en verdad sólo Aquel que es el Unigénito del Padre y el Verbo hecho carne «lleno de gracia y de verdad», al descender hasta los hombres, oprimidos por innumerables pecados y miserias, podía hacer que de su naturaleza humana, unida hipostáticamente a su Divina Persona, brotara un manantial de agua viva que regaría copiosamente la tierra árida de la humanidad, transformándola en florido jardín lleno de frutos. Obra admirable que había de realizar el amor misericordiosísimo y eterno de Dios, y que ya parece preanunciar en cierto modo el profeta Jeremías con estas palabras: «Te he amado con un amor eterno, por eso te he atraído a mí lleno de misericordia... He aquí que vienen días, afirma el Señor, en que pactaré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva; ... Este será el pacto que yo concertaré con la casa de Israel después de aquellos días, declara el Señor: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón; yo les seré su Dios, y ellos serán mi pueblo...; porque les perdonaré su culpa y no me acordaré ya de su pecado».

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