Seguimos compartiendo una nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia, edición que correspondió a los meses de enero/marzo de 1976: "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre dominico Rubén Boria. Hoy publicamos la segunda y la tercera reflexión. La primera imagen de la Virgen con el Niño se venera en la iglesia de Corpus Domini; tomamos la foto en abril de 2023. La segunda imagen, el icono de la Madre de Dios, corresponde a la iglesia ortodoxa San Jorge, del Patriarcado de Antioquía, y la foto es de mayo de 2025. Ambos templos están ubicados en la ciudad de Buenos Aires.
2. MARÍA. MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES
“...los demás privilegios y prerrogativas de María están basados en el fundamento de su maternidad divina: 'Por ser la Virgen María Madre de Dios, dice san Buenaventura, es Madre de todas las creaturas', Madre de los pueblos, Madre de los sagrados Pastores y fieles, Madre de la Iglesia...” (Pablo VI).
Cristo al
ascender al cielo, dejó establecida en la tierra a su Iglesia, asignándole una
doble misión: recordar siempre a los hombres las maravillas obradas por Dios, y
el realizarlas, actualizándolas siempre, en favor suyo.
La
Iglesia cumple su misión de actualizar el sacerdocio redentor de Cristo, de un
modo particularísimo, a través de la santa Liturgia, y sigue recordando de mil
modos lo que Dios obrara en favor nuestro: la predicación, la enseñanza, la
catequesis, todo esto se nos presenta como los órganos normales de esa
tradición. Sin embargo, existen otros medios gracias a los cuales llega a los
fieles, de modo más próximo y sensible, todo lo que la Iglesia quiera
enseñarles.
Reflexionemos
un instante sobre el mensaje que nos transmiten desde los primeros años las
imágenes de María. De un modo particular, las más antiguas, las más clásicas,
las que nos muestran a Jesús inseparablemente unido a Ella. Imágenes de piedra
de madera y de yeso, que pueblan nuestras iglesias y ocupan un lugar de
privilegio en nuestros hogares. ¿Qué es lo que nos muestran? En primer lugar, a
María con Jesús en sus brazos. Actitud que nos define a María.
María
vista no con nuestros ojos de carne, sino con los ojos de Dios. María en el
plan de Dios. María que, por sobre todas las cosas, es la Madre de Dios. María que
siempre dice orden a Dios. María que es la obra maestra de Dios. Y cuando
queremos comprender de algún modo la razón fundamental, el nudo esencial que
explique y justifique todos los privilegios de María, debemos ir necesariamente
a su maternidad divina, a la necesidad de dignidad que exigía la vocación de María.
María
siempre es toda relativa a Dios. Todo lo que de Ella digamos, redunda necesariamente
en alabanza a Dios. Careciendo de luz propia, refleja como nadie la luz, la santidad
de Dios.
María es
María por ser Madre de Dios.
Pero al
contemplar a Jesús en brazos de su Madre. debemos sentirnos también muy junto
al corazón de María.
Al
engendrar físicamente a la Cabeza del Cuerpo Místico, de la Iglesia, engendra
espiritualmente a todos los miembros unidos vitalmente a esa Cabeza. Al dar a
luz a Jesús, también María dará a luz espiritualmente a todos los hombres injertados
a Cristo.
Por ser
Madre de Dios, es también Madre nuestra. Y es por eso que es necesariamente la
Madre de la Iglesia.
Madre de
Dios y Madre de los hombres, a un mismo tiempo, se constituye como necesariamente
en la Mediadora de todas las gracias. En la intercesora entre Su Hijo y sus
hijos. En la que conociendo como nadie las angustias, los dolores, los sufrimientos
y las esperanzas de los hombres, los presenta ante su Hijo cumpliendo su oficio
de mediadora frente al único Mediador que tenemos frente al Padre, y siendo
Madre de Jesucristo, obtiene las gracias que los hombres necesitan.
María,
con Jesús en sus brazos. Madre de Dios. Por eso, Madre de los hombres. Por eso,
Mediadora entre el cielo y la tierra.
La Iglesia,
añadiendo su súplica al anuncio del Ángel, nos enseña a decirle: Ruega por
nosotros, pecadores. Ahora. A lo largo de toda nuestra existencia. Y de un modo
particular, en la hora suprema de nuestra muerte. Para que, después de este
destierro sea también Ella, la que nos muestre para siempre a Jesús, el fruto
bendito de su vientre.
María, Madre
de la Iglesia, ruega por nosotros.
3. MARÍA Y NUESTRA ADOPCION DIVINA.
“Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley para que recibiéramos la adopción” (Gál. 4, 4-6).
San
Pablo, en esta carta a los cristianos de Galacia, es el primero cronológicamente
en descubrir en el Nuevo Testamento el misterio de María. Invita a los
cristianos de aquella comunidad a comparar y enfrentar el régimen de la Ley
judía con el de la cristiana. Este es de libertad y es el Espíritu el que lo
atestigua en sus corazones. De esclavos que eran bajo la Ley en otro tiempo, se
han convertido por Cristo, en hijos de Dios por adopción. Y todo esto, les asegura,
se lo deben a una “mujer”.
Si
atendemos a la lógica del pensamiento paulino. advertimos inmediatamente que de
ningún modo exigía la inclusión de esta
'mujer". Bastaba con que hubiese desarrollado su pensamiento de este modo:
Jesús pudo otorgar la adopción divina a los que vivían sometidos a la Ley judía,
ya que Él mismo había nacido bajo el régimen de esa Ley.
Al
mencionar a la "mujer" va más allá de lo que podríamos esperar de su
carta y logra mostrar claramente no sólo la conexión jurídica que Cristo tenía
con el pueblo que estaba sujeto a la Ley, sino más aún: la conexión carnal. Que
es como si nos dijese: si Jesús es verdadero hombre, si se ha hecho
verdaderamente 'carne', es necesariamente nuestro Hermano en humanidad. Si es
miembro del pueblo elegido y, en fin, si es hombre como nosotros, todo esto se
lo debemos a María. Es Ella quien lo sumerge en la humanidad. Y todo lo que en Él
admiramos de humano, toda su humanidad, instrumento sacramental de la Redención, su fragilidad, sus fronteras, sus
limitaciones, su cansancio, su miedo, su ternura, su amor, su soledad, su dolor,
todo eso se lo debemos a esa "mujer", a María.
Jesús,
silencioso y oculto, hasta aprenderá de María el lenguaje de hombre con que se
servirá para hablarnos de Dios.
Esta
conexión con la "mujer" lo hará el heredero acabado de todas las antiguas
promesas. Y es por esa "mujer" por la que Cristo nace bajo la Ley. Y
porque Jesús ha sido -a través de María- súbdito de la Ley, ha podido
transformarla desde su interior por la fuerza de la gracia. Esa gracia que tendrá
como efecto la adopción divina.
De esa
manera, según el rigor lógico de Pablo, le somos deudores a María del ingreso
de Jesús en el mundo del hombre, dentro del tiempo de las promesas y las profecías,
y también de nuestro ingreso en la familia divina. Gracias al acto libre de María,
a su Fiat redentor, es que Jesús se hace hombre sometido a la Ley y por quien
nosotros nos convertimos en hijos de Dios, hijos en el Hijo, y por eso,
liberados verdaderamente de toda esclavitud.
María, mujer causa de nuestra adopción divina, ruega por nosotros.
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