Hoy, la segunda entrega de la nota "Los coros angélicos como vía de perfección espiritual" de Cristián Coronado (de la revista Mikael número 32, año 1983).
II. DISCUSIÓN SOBRE EL ORDEN Y LOS NOMBRES
Aquí seguimos a Santo Tomás según lo que expone en la primera
parte de su Suma Teológica, cuestión 180, artículos 5 y 6, respecto a
las diferencias que existen entre los diversos autores cuando enumeran
las jerarquías angélicas.
Hay dos enumeraciones. Unos, como Dionisio, se apoyan en Efesios
1, 20-21; otros, como San Gregorio Magno, en Colosenses 1, 16.
Dionisio nombra los órdenes según la conformidad con sus perfecciones
espirituales (3); San Gregorio, en cambio, mira más las funciones
que cumple cada uno (4). De todos modos, la diferencia es mínima
ya que coinciden en todo, excepto en la ubicación de los Principados
y las Virtudes. Dionisio pone a los Principados en el lugar en que San
Gregorio pone a las Virtudes, y viceversa.
Santo Tomás resta importancia al asunto. "Los nombres propios de
cada coro —afirma— , designan sus correspondientes propiedades. Pero
para saber cuál es la propiedad indicada hay que considerar si es
adecuada y proporcionada a su naturaleza". Ocurre que estas propiedades
están presentes en todos los Coros, aunque de un modo más
excelso en los grados superiores, por su proximidad con las perfecciones
divinas. Por otra parte, las jerarquías inferiores participan de las
propiedades de las jerarquías superiores, y como "lo supremo de un
grado inferior siempre es afín a lo ínfimo del grado inmediato superior",
las diferencias entre los distintos coros no son del todo claras.
Por lo tanto ambas posturas tienen validez y ambas se apoyan en
las Sagradas Escrituras.
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| Basílica de San José de Flores (Buenos Aires) |
En la Colación XXI y XXII de su Hexaemeron considera San Buenaventura las procesiones que se dan en el seno de la Santísima Trinidad, y de ellas va deduciendo, por analogía, las distintas propiedades de los coros angélicos.
Si se relaciona a cada Persona Divina con las otras dos y se considera a cada una en sí misma, se obtienen nueve apropiaciones posibles.
Las iluminaciones divinas, trascendiendo el ámbito intratrinitario, pasan a través de los distintos Coros y llegan incluso hasta las creaturas compuestas.
San Buenaventura considera también el orden jerárquico de la Iglesia y dice que cada grado eclesiástico se corresponde con un coro angélico.
De modo semejante se refiere al alma, en su camino hacia la perfección, comparando sus movimientos espirituales con los diversos Coros de los ángeles, como si se tratara del ascenso por una escala de nueve peldaños.
IV. DEVOCION A LOS ANGELES
Desde el Génesis hasta el Apocalipsis vemos cómo los ángeles
participan en el plan divino.
Sería tedioso citar todos los textos que señalan su presencia. Podemos
verlos custodiando el Paraíso (cf. Gén. 3, 24), ilustrando a Moisés
(cf. Ex. 3, 2), o protegiendo al pueblo de Israel (cf. Ex. 23, 20; cf. también
Jos. 5, 13 ss.). También los encontramos sirviendo al Altísimo
(cf. Mt. 4, 6. 11; Lc. 22, 43; I Cor. 4, 9; Ap. 5, 11; 7, 11), mediando entre
los santos y Dios (cf. Lc. 16, 22; Ap. 8, 4), haciendo justicia (cf. Mt. 13,
39.49; Ap. 11, 15; 16, 17), custodiando a personas o pueblos (cf. Mt.
18, 20; Ap. 2, 1 ss.), luchando contra el demonio (cf. 2 Pe. 2, 4; Judas
9; Ap. 12, 7 ss.; 19, 17), etc.
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| Iglesia de Nuestra Señora del Carmen (Buenos Aires) |
Como es lógico suponer, tan activa participación fue despertando
una profunda devoción en los primeros cristianos, la que se fue transmitiendo
o incrementando con el correr del tiempo.
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| Iglesia de San Agustín (Buenos Aires) |
Es cierto que esta veneración, si se desordena, no carece de peligrosidad.
Así lo advierte el propio San Pablo (cf. Col. 2, 18), cuando
dice que los ángeles pueden llegar a ser considerados como deidades
menores, semejantes a los eones de Valentino, apreciación tan típica
entre los gnósticos de los primeros siglos.
No obstante ninguna devoción es mala en sí misma. Una recta
y sincera devoción a los ángeles eleva el espíritu y acerca a Dios.
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3 Cf. Cael Hier., c. 7 ss.
4 Cf. In Evang., Hom. 34.







