miércoles, 16 de septiembre de 2026
jueves, 6 de agosto de 2026
De Infocatólica: "¿Qué encontrará León XIV en Argentina durante su próxima visita?"
¿Qué encontrará León XIV en Argentina durante su próxima visita?
El Papa viajará al país de su predecesor en noviembre. Se encontrará con un país muy distinto al que visitó Juan Pablo II, en el que la práctica religiosa y las vocaciones han caído drásticamente, pero han aumentado las divisiones, los obispos y las estructuras eclesiales.
La Santa Sede anunció hoy oficialmente que León XIV realizará un viaje apostólico a Uruguay, Argentina y Perú del 6 al 17 de noviembre de 2026. Será la primera visita de un pontífice a Argentina desde que San Juan Pablo II viajó allí en 1987 y también la primera de León XIV a Hispanoamérica como Papa.
¿Qué encontrará León XIV en Argentina? Los datos y el «efecto Francisco»
Durante el pontificado anterior, se habló mucho del «efecto Francisco», que supuestamente estaba haciendo que un gran número de alejados retornara a la Iglesia, encabezada por un Papa más humilde, misericordioso y dispuesto a dejar en segundo plano las rigideces morales, el pecado y otros temas desagradables. Los datos en el país natal del Papa Francisco, sin embargo, no muestran ese efecto positivo, a pesar de que basta pasearse por las calles de Buenos Aires para percatarse del merchandising turístico que usa su figura como un icono al lado de Maradona o Messi.
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Un informe del Pew Research Center publicado en enero de 2026 describe el preocupante declive del catolicismo en toda la región hispanoamericana. En el caso de Argentina en particular, se produjo una fuerte caída de trece puntos porcentuales del número de católicos durante el pontificado del Papa Francisco (un 71% de católicos en 2014 y solo un 58 % en 2024). Según los fríos datos, la figura del Papa «del fin del mundo» no supuso una mejora espiritual en la práctica religiosa católica de su propio país.
Un panorama muy distinto
Por supuesto, sería injusto considerar al Papa Francisco responsable de todos los males de su país, que deben inscribirse en unas tendencias generales negativas de la Iglesia en casi todo Occidente. En cualquier caso, lo indudable es que, desde las dos visitas a Argentina de Juan Pablo II en los ochenta, la situación ha cambiado drásticamente.
A primera vista, llama la atención que la estructura eclesiástica se haya incrementado muchísimo, a pesar de la disminución paralela de las cifras de católicos y de práctica religiosa. En cuatro décadas, han aumentado en 54 los obispos, se han instituido diez nuevas diócesis, el incremento de los diáconos es del dos mil por ciento y se ha producido un aumento de 720 parroquias y más de cinco mil centros pastorales.
Este engrosamiento quizá podría explicarse con el aumento de la población general, si no fuera porque contrasta con la realidad de descenso generalizado del catolicismo. En efecto se ha producido de forma simultánea una drástica caída del número de bautismos, comuniones, confirmaciones y seminaristas y las bodas por la Iglesia apenas llegan a una quinta parte de las que se celebraban en los ochenta.
Seminarios de S. Rafael y S. Luis: la destrucción de los brotes verdes
Al respecto de la formación sacerdotal en Argentina, conviene señalar dos casos concretos paradigmáticos. Los seminarios de San Rafael y San Luis, ubicados al oeste de la Argentina, en la región de Cuyo, eran los que más vocaciones cosechaban en las últimas cuatro décadas. No solo destacaban por el número de seminaristas, sino también por su buena formación doctrinal y litúrgica, de modo que gozaban de un prestigio similar al que hayan podido tener en España los seminarios de Madrid y Toledo. Sin embargo, en el año 2020, contra todo pronóstico, estos dos brotes verdes que podían haber señalado el camino a toda la Argentina fueron intencionadamente aplastados.
En el contexto de la pandemia, el entonces obispo de San Rafael, Mons. Eduardo María Taussig, considerado muy conservador, obligó por decreto a comulgar exclusivamente en la mano a fieles y seminaristas. La medida suscitó una enconada resistencia de buena parte del clero y de los seminaristas, además de una gran tensión entre feligreses. Por sorpresa y alegando «falta de obediencia», el obispo tomó la decisión sin precedentes de clausurar inmediatamente el seminario, una decisión que muchos consideran un intento infructuoso de congraciarse con el Papa Francisco.
Por otro lado, el caso del Seminario de San Luis también resulta sintomático. El Seminario San Miguel Arcángel, creado por el excelente obispo Mons. Laise en los años setenta, mantuvo un promedio de 40 seminaristas hasta la década de 2010-2020. A pesar de sus estupendos resultados, en 2020, el Papa Francisco forzó la sustitución del obispo diocesano, Mons. Pedro Martínez, por Mons. Gabriel Barba. Este último modificó radicalmente los planes de formación y trajo nuevos formadores más acordes con los nuevos tiempos. El resultado, después de cinco años, es que solo queda un seminarista formándose en un seminario vecino. De hecho, el edificio ha sido alquilado a una empresa privada para uso geriátrico. Aunque no se haya cerrado oficialmente como San Rafael, la realidad es que en los próximos seis años no habrá ordenaciones sacerdotales.
Las cifras de otros seminarios de todo el país, que nunca fueron buenas, han seguido empeorando. Wanderer, unos de los blogs más leídos en argentina, habla en un detallado artículo sobre la desoladora realidad de los seminarios y su vaciamiento. Aunque en Buenos Aires, por ejemplo, hay un número de seminaristas que puede parecer relativamente grande (36), lo cierto es que, con respecto a la gran población metropolitana, es una cifra casi insignificante. Se puede decir que el estado de las vocaciones en Argentina es alarmante, pero no parece que haya reacciones o autorreflexiones serias por parte de los pastores para revertir esta tendencia a la baja.
Las vocaciones religiosas, por los suelos
La situación de las órdenes y congregaciones religiosas no es mejor, aunque quizá con el triste consuelo de que la decadencia es similar, en líneas generales, en casi todo Occidente. En España, por ejemplo, el blog de la Cigüeña de la Torre lleva más de una década dándonos cuenta de la inexorable decadencia las órdenes religiosas.
De nuevo, el blog Wanderer ha dado cuenta en varios artículos del desplome de la vida religiosa en Argentina: los maristas han pasado de decenas de casas a solo cuatro, habitadas por ancianos, y ninguna vocación; los capuchinos solo cuentan con un novicio y dos postulantes; las esclavas del Corazón de Jesús, antaño tan numerosas, llevan años sin vocaciones y cerrando casas; la Compañía de María ha tenido que fusionar sus provincias y cerrar multitud de casas por la ausencia total de vocaciones. Y así un largo etcétera.
Lo más preocupante, sin embargo, no es la situación evidente de falta de vocaciones, sino la ausencia de soluciones para revertir la misma. En los artículos se relata cómo el presidente de la Confederación Argentina de Religiosas y Religiosos (CONFAR) se limita a sugerir a los superiores de las congregaciones religiosas la realización de estudios sociodemográficos. En cambio, en ningún momento se hace una reflexión seria para retornar al carisma y la vida deseada por sus fundadores y vivir en plenitud la espiritualidad católica que la Iglesia pide en su magisterio.
El Papa León XIV y los desafíos de la Iglesia en Argentina
El Papa actual lleva gobernando la Iglesia desde hace un año y no le es ajena la realidad decadente en la Iglesia argentina. Su estrecha colaboración con el Papa Francisco, su tiempo de gobierno pastoral en Perú y la cercanía con la conferencia latinoamericana le han permitido conocer bien la realidad del país que visitará el próximo noviembre.
No solamente León XIV deberá afrontar la realidad de caída acelerada del catolicismo, sino que para ello probablemente se vea obligado a hacer encaje de bolillos con los nombramientos episcopales. La estructura eclesiástica y pastoral argentina es compleja desde hace más de cuarenta años y especialmente tras la remodelación realizada en el pontificado anterior, que dejó un episcopado mediocre y gris, aparentemente incapaz de tomar medidas que devuelvan la vida al catolicismo argentino.
Un Papa centrado en la unidad de la Iglesia, como León XIV, sin duda estará preocupado por las disensiones de todo punto innecesarias que se han producido en los últimos años. Multitud de sacerdotes y laicos nada sospechosos de lefebvrismo o sedevacantismo han sufrido en silencio las acciones de sus propios pastores, que intentaban rehacer la Iglesia argentina con un molde «francisquista», lo quisieran o no los fieles. Baste recordar, por ejemplo, la polémica por el intento de Mons. Marcelo Colombo, presidente de la Conferencia Episcopal, de obligar a todos los fieles a comulgar en la mano y de pie contra las mismas normas de la Iglesia, que fue relatada con detalle en el blog Wanderer.
Por último, pero no menos importante, es de desear que el mensaje cristocéntrico de León XIV redunde en beneficio espiritual de la Iglesia argentina, cuya prioridad en los últimos decenios ha sido, a juicio de muchos comentaristas, protagonizar proyectos sociales más que proclamar el mensaje salvífico del Evangelio.
miércoles, 29 de julio de 2026
"Siete homilías sobre la Virgen María" (nota 4 de 4)
Cuarta y última entrega de la nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia (enero/marzo de 1976): "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre Rubén Boria de la Orden de Predicadores. Hoy publicamos la sexta y la séptima reflexión.
Compartimos imágenes de tres iglesias de Buenos Aires. Todas las fotografías son propias.
6. MARÍA Y EL APOSTOLADO
“El
modelo perfecto de espiritualidad apostólica es la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, la cual, mientras vivió en este mundo una vida igual a
la de los demás, llena de preocupaciones familiares v de trabajos, estaba
constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del
Salvador” (Vaticano II, Apostolicam actuositatem, 4).
Apenas reflexionamos unos
instantes acerca de nuestro concepto habitual de "apostolado",
inmediatamente percibimos un tremendo disloque entre lo que tal término nos
propone y lo que efectivamente significa. Por un lado, todos los cristianos
estamos compulsados a realizarlo. Todos debemos sentirnos, frente al Evangelio,
responsables de entregar nuestras fuerzas y nuestra vida, a fin de que todos
los hombres, nuestros hermanos, lleguen al conocimiento de la Verdad y se
salven. Debemos ser los que, con nuestro ejemplo y nuestra palabra, susciten entre
los hombres su adhesión a Dios, creyendo, esperando y amando. Debemos gastarnos
para que los hombres crean en Dios y le crean a Dios. Para que los hombres esperen
en Dios y lo esperen a Dios. Para que los hombres amen a Dios y aprendan a amar
a los demás en Dios.
Y, sin embargo, al mismo tiempo,
comprendemos que la fe, la esperanza y la caridad que compendian la adhesión a
Dios, de ningún modo pueden ser obra nuestra. Que solamente Dios puede
concederlas. Que tienen a Dios como su causa y a su meta.
Y nos sentimos como quienes están
invitados a realizar lo imposible. Como quienes se sienten compelidos frente al
absurdo.
Y es entonces cuando miramos a
María, nuestra Hermana mayor. Cuando intentamos descubrir en Ella a la
proclamada Reina de Apóstoles, la fiel discípula del Evangelio, para
vislumbrar, de algún modo, su apostolado.
Y su respuesta es clara y segura.
Nos dice simplemente con su vida, que el oficio de apóstol se sintetiza en
concebir primero a Cristo, para solamente así poder ser capaces de entregarlo a
los hombres. Que, así como Ella concibió y luego dio a Cristo al mundo, sólo
poseyéndolo tendremos luego capacidad para hacerlo conocer a los hombres.
| Iglesia de Nuestra Señora de Belén (parroquia San Pedro Telmo) |
Nos dice que un verdadero apóstol
es aquel que puede vivir colgado entre el cielo y la tierra. Que, como Ella,
Mediadora de todas las gracias, a nosotros nos corresponde ser simples puentes
que unan el cielo con la tierra. Que, como Ella, debemos conocer los dolores,
las miserias y las angustias de los hombres, para poder presentárselas continuamente
al Dios de las misericordias. Y que debemos conocer a Dios, intimar con Él, para
poder arrancarle las gracias que tanto necesitan los hombres.
| Iglesia de San José de Calasanz |
Amigo de Dios y amigo de los
hombres, como Ella lo fue, podría ser nuestra definición de apóstoles
María, Reina de los Apóstoles,
ruega por nosotros.
7. MARIA SANTISIMA Y EL ROSARIO
“Cristo,
siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que
se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los
hombres y apareciendo en su porte como hombre. Y se humilló a sí mismo
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le
otorgó el Nombre que está sobre todo nombre” (Filip 2, 6-9).
El Papa Pablo VI, en su
Exhortación Apostólica "Marialis Cultus", nos asegura que el texto
precedente, primitivo anuncio de la fe: humillación, muerte, exaltación, se encuentra
reflejado en el Rosario. En momentos en que por no comprender las riquezas
inagotables de esta devoción nos sentimos tentados a abandonarla, intentemos
reflexionar a fin de revalorizarla.
Cuando contemplamos nuestro itinerario
espiritual, advertimos inmediatamente que no siempre hemos rezado el Rosario
del mismo modo. Que también el esquema de Santo de Tomás aplicado a la caridad,
según el cual en nuestra vida espiritual existen diversas etapas comparables a
las de nuestro crecimiento material, nos recuerda que hubo momentos de principiantes,
de adelantados y de perfectos, en nuestra devoción mariana.
Al principio se confundía
simplemente con nuestra oración vocal. Repetíamos sin cansarnos (“El amor tiene
una sola palabra, y diciéndola muchas veces, no la repite jamás”) las cosas más
lindas que podíamos decirle a María. Eran requiebros, piropos que brotaban de
nuestro corazón, con los que le decíamos que era la “llena de gracia”, que “el
Señor estaba con Ella”, que era “bendita entre todas las mujeres”, que “Jesús
era el fruto bendito de su vientre”, que es la “Madre de Dios”, que tiene como
misión interceder siempre por nosotros, los pobres pecadores...
| Basílica del Espíritu Santo (Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe) |
Pero gradualmente, fue creciendo
nuestra admiración por María; y el Rosario, además de instrumento de oración,
se fue transformando en escuela magnífica de contemplación. María decía orden
necesario a Dios. Era toda relativa a Dios. No podíamos pensar en María sin
pensar en Dios.
Y, lentamente, fuimos anexando su
vida, su persona, a todo el misterio de Jesús. La contemplábamos
inseparablemente unida a Dios. Era en verdad el trampolín que nos arrojaba en
Dios. En la Encarnación, su vientre fue el tálamo nupcial en el que el Verbo se
había desposado con la carne humana En la Visitación comprendíamos lo que Jesús
significaría en la vida interior de María. En el Nacimiento la contemplábamos
como el modelo acabado del apóstol, necesitado siempre de engendrar a Dios en
sus entrañas para poder después anunciarlo y entregarlo. Junto a Jesús y jamás
sin Él, la contemplábamos de pie en el Calvario. La veíamos como la primera
beneficiada de la Resurrección, la que como nadie imploraba las promesas del envío
del Espíritu sobre la primitiva Iglesia. Jamás sin Jesús. Comprendida siempre
desde Jesús.
Después, el Rosario nos resultó
la síntesis más acabada de toda la maravillosa Historia de la salvación. La
historia que nos asociaba necesariamente al plan trazado por el Padre,
realizado por Cristo y prolongado por el Paráclito. Ese Plan que podía sintetizarse
diciendo que el Padre había prometido y enviado a su Hijo. Que el Hijo hecho
carne había colgado nuestros pecados del madero de la Cruz resucitando al
tercer día, y que el Espíritu Santo prolongaría la obra redentora de Cristo en
su Iglesia, hasta la Parusía.
Los misterios de gozo nos unían
al plan, al desarrollo y al cumplimiento de las promesas. Eran como el
Adviento, la Navidad y la Epifanía que a lo largo del año nos entregaba la
Iglesia.
Los misterios de dolor nos unían
al que había entregado su vida por nosotros, y eran como la Cuaresma y la
celebración cotidiana del misterio pascual de Cristo.
Los misterios de gloria nos unían
al Espíritu prometido y enviado a fin de hacernos comprender todas las cosas.
Eran Pentecostés y la presencia siempre actuante del Espíritu hasta el nuevo
anuncio de la nueva venida.
Y si finalmente María aparecía
como el personaje central de los dos últimos misterios, la contemplábamos como Aquella
que como nadie había cooperado a nuestra obra de salvación.
| Basílica del Espíritu Santo (Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe) |
De este modo, el Rosario, de
escuela de oración se fue transformando lentamente en escuela de contemplación
del misterio cristiano. Y de ese modo, nos sigue envolviendo con su sombra
protectora.
Reina del Santísimo Rosario, ruega por Reina nosotros.
miércoles, 22 de julio de 2026
"Siete homilías sobre la Virgen María" (nota 3 de 4)
Tercera entrega de la nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia (enero/marzo de 1976): "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre Rubén Boria de la Orden de Predicadores.
Hoy publicamos la cuarta y la quinta reflexión.
En la sección titulada "María y el dolor cristiano" compartimos imágenes de la iglesia Nuestra Señora de los Dolores.
Para la restante sección, "La Virgen del Cenáculo", elegimos fotografías tomadas en la Basílica del Espíritu Santo.
Todas las fotografías son propias. Ambos templos están ubicados en la ciudad de Buenos Aires.
4. MARÍA Y EL DOLOR CRISTIANO
“Junto a
la Cruz de Jesús, estaba de pie su Madre” (Jn 19,25).
Frente a nuestro
incontenible deseo de felicidad, se alza
inevitablemente, a lo largo de toda nuestra vida, el dolor.
Llorar
nos es connatural. Esta tierra es un valle de lágrimas y siempre nos acompañarán
los sufrimientos físicos y morales, las infamias, las calumnias, la enfermedad
y las penas. Combate y lucha: esto es la vida sobre la tierra. Y si miramos la
historia de la humanidad veremos que siempre que nace una filosofía,
invariablemente, sus principales problemas tendrán como eje al dolor.
Encontramos
tres grupos de respuestas al problema del dolor frente a una postura cristiana:
a) para
los fatalistas, el dolor es tan inexorable, que combatirlo sería del todo inútil.
Les respondemos que, sin embargo, la vida es acción y la pasividad en nada ayudaría
frente a la existencia de tal problema.
b) para
los estoicos de ayer y de hoy, el dolor es una materia y es del todo necesario
vencerlo con la propia sensibilidad. Esta es, sin duda, una actitud orgullosa y
soberbia que conduce a la anulación de la propia sensibilidad.
c) para
los materialistas de todos los tiempos, el mejor modo de derrotar al dolor es
sumergiéndonos en el placer. Secando sus fuentes es como ahogaremos todo dolor.
Sin
embargo, la experiencia nos enseña que los dolores íntimos, los tremendos sufrimientos
del corazón del hombre, no se curan a base de una terapia de placer.
Cristo
Jesús también ofrece una respuesta que, para los cristianos, es la respuesta.
Su Palabra ofrece una luz. Si no la tenemos en cuenta, nuevamente nos
absorberán las tinieblas y jamás encontraremos la clave para remediar el hecho
del dolor en nuestras vidas.
El
catolicismo nos enseña que el dolor entró al mundo después del pecado. Que, en
el principio, los hombres vivían en inocencia y alegría. Pecado y dolor están
unidos, desde entonces, a la humanidad. Para Santo Tomás de Aquino, toda pena
tiene una triple significación, y es por eso que podemos atribuir al dolor un
valor: a) expiatorio (toda violación de una ley pide una compensación). La
expiación es lo primero que explica el dolor. Al quebrantar la Ley del Señor,
sólo podemos compensarla con dolor; b) medicinal: antes de perder la vida,
voluntariamente somos capaces de amputar un miembro de nuestro cuerpo. Ocurre
lo mismo en el alma: es preciso someterse a medidas terapéuticas para reconquistar
la salud y la vida. El dolor, por tanto, puede tener un carácter medicinal
impuesto por Dios.
Esto es
claro. Sin embargo, no entendemos el dolor de un niño, de un inocente, de los buenos, de los
justos... Necesitaremos nuevas luces de la fe, capaces de iluminar a su modo
las oscuridades de nuestras respuestas. Por eso, la teología del dolor añade el
valor de c) satisfacción. Y es entonces cuando comprendemos el dolor en Jesús,
el Justo, y en María, la Virgen sin mancha. En las almas victimas que se
inmolan para lograr la salvación del mundo actualizando las exigencias de la
comunidad de amor que es el Cuerpo Místico, que es la Comunión de los Santos.
Nuestra
Señora supo del dolor al verse sin alberque en Belén.
Nuestra
Señora supo del dolor cuando en el
templo se le profetizó que una espada atravesaría su corazón purísimo,
anticipándosele en ese momento, la Pasión de su Hijo, tan de cerca compartida
por Ella.
Nuestra
Señora supo del dolor ante la matanza de los santos inocentes, que obligó a la
Sagrada Familia a huir a Egipto, a tierras extrañas como pobres emigrantes.
Nuestra
Señora supo del dolor cuando muchos tildaban a su Hijo de loco y endemoniado.
Nuestra
Señora supo del dolor cuando su Hijo fue enjuiciado y cuando subió al Gólgota
para convertirse en mártir para el Padre.
Nuestra
Señora, al pie de la Cruz, transformando con su fortaleza ese ámbito de suplicio,
supo del dolor.
Y supo
del dolor cuando puso a Jesús en el sepulcro.
Cuando
nos falte el valor para aceptar el dolor clavado en nuestras vidas, miremos a María,
Madre Dolorosa.
Sólo
después del dolor viene la gloria, la resurrección y la corona.
María, Reina de los mártires, ruega por nosotros.
5. LA VIRGEN DEL CENÁCULO
“Todos perseveraban unánimes en la oración con María, la Madre de Jesús" (Hechos 1, 14).
Refieren los Hechos de los Apóstoles que entre la Ascensión y Pentecostés, los discípulos se congregaron en el Cenáculo con algunas mujeres, entre las que se encontraba María, la Madre del Señor.
Fue con Ella que se dispusieron al cumplimiento de las promesas de Cristo, y María estaba en medio de ellos en la mañana del primer Pentecostés cristiano.
Jamás podríamos imaginar que Ella estaba allí por simple casualidad o como mera espectadora. Por el contrario, sabemos que jugó un papel decisivo. ¿Cuál? En la frase que sirve de base a esta reflexión, encontramos esta rica afirmación: "Todos perseveraban unánimes en la oración". Y esto tendría que asombrarnos. El Evangelio nos presenta a los discípulos separados a cada rato por rivalidades, disputando los primeros puestos y, frecuentemente, Jesús les reprocha su incapacidad para orar. Ahora, de un golpe, con un solo corazón, se muestran asiduos en la oración.
Fue, sin duda, la presencia maternal de María, su ejemplo único, su enseñanza discretísima, la que logró que se obrara esta transformación. Asiste con ellos a la elección de Matías. Estaría presente en esta verdadera ordenación realizada por los Apóstoles... y Ella seguiría cobijándolos en su corazón de Madre, ya que en la persona de Juan les habían sido confiados cuando escuchó de Cristo: "Mujer, he ahí a tu hijo".
La alegría de Pentecostés será en María el florecimiento mucho más profundo aún, del gozo anunciado por el Ángel en la Anunciación. Entonces, con su Amén, Ella había concebido a su Hijo asociándose a la obra del Espíritu Santo. Desde aquel día, jamás cesó de profundizar en la Palabra de Dios que meditaba continuamente en Su corazón, entrando de ese modo en una comunión cada vez más personal y más profunda con Aquel que había hablado a través de los Profetas.
Ahora, en Pentecostés, asistimos a un nuevo nacimiento: el de la Iglesia. Los discípulos eran once, mas de pronto se convierten en "uno", se transforman en una comunidad viva, en un "cuerpo". Los vemos uno con Jesús y uno entre ellos, en una misma fe y un idéntico amor. Desde ese instante integran, junto con Cristo-Cabeza, un cuerpo animado por un alma, el Espíritu. Es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Esa Iglesia que es Jesús prolongado y comunicado al mundo entero. Y es la presencia de María la que, como nadie, suplicó el cumplimiento de las promesas de Cristo en el Cenáculo.
Madre de Jesús, María es también Madre de la Iglesia. Su silencio es esencial en Pentecostés. Su presencia es de capital importancia. Esposa del Espíritu Santo, hija dócil de ese mismo Espíritu, la contemplamos en este misterio de Pentecostés también como a la Reina de los Apóstoles.
Virgen dócil al Espíritu, ruega por nosotros.
miércoles, 15 de julio de 2026
"Siete homilías sobre la Virgen María" (nota 2 de 4)
Seguimos compartiendo una nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia, edición que correspondió a los meses de enero/marzo de 1976: "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre dominico Rubén Boria. Hoy publicamos la segunda y la tercera reflexión. La primera imagen de la Virgen con el Niño se venera en la iglesia de Corpus Domini; tomamos la foto en abril de 2023. La segunda imagen, el icono de la Madre de Dios, corresponde a la iglesia ortodoxa San Jorge, del Patriarcado de Antioquía, y la foto es de mayo de 2025. Ambos templos están ubicados en la ciudad de Buenos Aires.
2. MARÍA. MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES
“...los demás privilegios y prerrogativas de María están basados en el fundamento de su maternidad divina: 'Por ser la Virgen María Madre de Dios, dice san Buenaventura, es Madre de todas las creaturas', Madre de los pueblos, Madre de los sagrados Pastores y fieles, Madre de la Iglesia...” (Pablo VI).
Cristo al
ascender al cielo, dejó establecida en la tierra a su Iglesia, asignándole una
doble misión: recordar siempre a los hombres las maravillas obradas por Dios, y
el realizarlas, actualizándolas siempre, en favor suyo.
La
Iglesia cumple su misión de actualizar el sacerdocio redentor de Cristo, de un
modo particularísimo, a través de la santa Liturgia, y sigue recordando de mil
modos lo que Dios obrara en favor nuestro: la predicación, la enseñanza, la
catequesis, todo esto se nos presenta como los órganos normales de esa
tradición. Sin embargo, existen otros medios gracias a los cuales llega a los
fieles, de modo más próximo y sensible, todo lo que la Iglesia quiera
enseñarles.
Reflexionemos
un instante sobre el mensaje que nos transmiten desde los primeros años las
imágenes de María. De un modo particular, las más antiguas, las más clásicas,
las que nos muestran a Jesús inseparablemente unido a Ella. Imágenes de piedra
de madera y de yeso, que pueblan nuestras iglesias y ocupan un lugar de
privilegio en nuestros hogares. ¿Qué es lo que nos muestran? En primer lugar, a
María con Jesús en sus brazos. Actitud que nos define a María.
María
vista no con nuestros ojos de carne, sino con los ojos de Dios. María en el
plan de Dios. María que, por sobre todas las cosas, es la Madre de Dios. María que
siempre dice orden a Dios. María que es la obra maestra de Dios. Y cuando
queremos comprender de algún modo la razón fundamental, el nudo esencial que
explique y justifique todos los privilegios de María, debemos ir necesariamente
a su maternidad divina, a la necesidad de dignidad que exigía la vocación de María.
María
siempre es toda relativa a Dios. Todo lo que de Ella digamos, redunda necesariamente
en alabanza a Dios. Careciendo de luz propia, refleja como nadie la luz, la santidad
de Dios.
María es
María por ser Madre de Dios.
Pero al
contemplar a Jesús en brazos de su Madre. debemos sentirnos también muy junto
al corazón de María.
Al
engendrar físicamente a la Cabeza del Cuerpo Místico, de la Iglesia, engendra
espiritualmente a todos los miembros unidos vitalmente a esa Cabeza. Al dar a
luz a Jesús, también María dará a luz espiritualmente a todos los hombres injertados
a Cristo.
Por ser
Madre de Dios, es también Madre nuestra. Y es por eso que es necesariamente la
Madre de la Iglesia.
Madre de
Dios y Madre de los hombres, a un mismo tiempo, se constituye como necesariamente
en la Mediadora de todas las gracias. En la intercesora entre Su Hijo y sus
hijos. En la que conociendo como nadie las angustias, los dolores, los sufrimientos
y las esperanzas de los hombres, los presenta ante su Hijo cumpliendo su oficio
de mediadora frente al único Mediador que tenemos frente al Padre, y siendo
Madre de Jesucristo, obtiene las gracias que los hombres necesitan.
María,
con Jesús en sus brazos. Madre de Dios. Por eso, Madre de los hombres. Por eso,
Mediadora entre el cielo y la tierra.
La Iglesia,
añadiendo su súplica al anuncio del Ángel, nos enseña a decirle: Ruega por
nosotros, pecadores. Ahora. A lo largo de toda nuestra existencia. Y de un modo
particular, en la hora suprema de nuestra muerte. Para que, después de este
destierro sea también Ella, la que nos muestre para siempre a Jesús, el fruto
bendito de su vientre.
María, Madre
de la Iglesia, ruega por nosotros.
3. MARÍA Y NUESTRA ADOPCION DIVINA.
“Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley para que recibiéramos la adopción” (Gál. 4, 4-6).
San
Pablo, en esta carta a los cristianos de Galacia, es el primero cronológicamente
en descubrir en el Nuevo Testamento el misterio de María. Invita a los
cristianos de aquella comunidad a comparar y enfrentar el régimen de la Ley
judía con el de la cristiana. Este es de libertad y es el Espíritu el que lo
atestigua en sus corazones. De esclavos que eran bajo la Ley en otro tiempo, se
han convertido por Cristo, en hijos de Dios por adopción. Y todo esto, les asegura,
se lo deben a una “mujer”.
Si
atendemos a la lógica del pensamiento paulino. advertimos inmediatamente que de
ningún modo exigía la inclusión de esta
'mujer". Bastaba con que hubiese desarrollado su pensamiento de este modo:
Jesús pudo otorgar la adopción divina a los que vivían sometidos a la Ley judía,
ya que Él mismo había nacido bajo el régimen de esa Ley.
Al
mencionar a la "mujer" va más allá de lo que podríamos esperar de su
carta y logra mostrar claramente no sólo la conexión jurídica que Cristo tenía
con el pueblo que estaba sujeto a la Ley, sino más aún: la conexión carnal. Que
es como si nos dijese: si Jesús es verdadero hombre, si se ha hecho
verdaderamente 'carne', es necesariamente nuestro Hermano en humanidad. Si es
miembro del pueblo elegido y, en fin, si es hombre como nosotros, todo esto se
lo debemos a María. Es Ella quien lo sumerge en la humanidad. Y todo lo que en Él
admiramos de humano, toda su humanidad, instrumento sacramental de la Redención, su fragilidad, sus fronteras, sus
limitaciones, su cansancio, su miedo, su ternura, su amor, su soledad, su dolor,
todo eso se lo debemos a esa "mujer", a María.
Jesús,
silencioso y oculto, hasta aprenderá de María el lenguaje de hombre con que se
servirá para hablarnos de Dios.
Esta
conexión con la "mujer" lo hará el heredero acabado de todas las antiguas
promesas. Y es por esa "mujer" por la que Cristo nace bajo la Ley. Y
porque Jesús ha sido -a través de María- súbdito de la Ley, ha podido
transformarla desde su interior por la fuerza de la gracia. Esa gracia que tendrá
como efecto la adopción divina.
De esa
manera, según el rigor lógico de Pablo, le somos deudores a María del ingreso
de Jesús en el mundo del hombre, dentro del tiempo de las promesas y las profecías,
y también de nuestro ingreso en la familia divina. Gracias al acto libre de María,
a su Fiat redentor, es que Jesús se hace hombre sometido a la Ley y por quien
nosotros nos convertimos en hijos de Dios, hijos en el Hijo, y por eso,
liberados verdaderamente de toda esclavitud.
María, mujer causa de nuestra adopción divina, ruega por nosotros.
miércoles, 8 de julio de 2026
"Siete homilías sobre la Virgen María" (nota 1 de 4)
En varias entradas consecutivas compartiremos una nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia, edición que correspondió a los meses de enero/marzo de 1976.
Se titulaba "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre Rubén Boria op.
Hoy publicamos la primera reflexión: "María y la Palabra". La imagen pertenece a un vitral en la iglesia porteña de la Natividad de María; tomamos la foto en mayo de 2024.
1. MARÍA Y LA PALABRA
“María y José no comprendieron la respuesta que Jesús les dio. Bajó con ellos v vino a Nazaret v vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 50-51).
Gracias a
la catequesis continua de la Iglesia, ofrecida de modo particular en los
últimos años. una nueva devoción ha brotado en el corazón de los católicos: la
devoción por la Palabra de Dios. Debido a los avances de los estudios escriturísticos
y patrísticos y, en particular, de los documentos del Concilio y de las
catequesis del Papa reinante, los católicos hemos redescubierto el manantial de
vida que, junto con los sacramentos, nos viene de la Biblia. Palabra contenida
en la Escritura a la que nos acercamos no sólo para leerla, sino primordialmente
para escucharla
Su
Santidad el Papa Pablo VI dedicó una de sus catequesis semanales para hablarnos
de la presencia viva de Cristo en nuestra Iglesia, y nos habló de presencias
reales distintas de la única presencia real a la que estaban acostumbrados
nuestros oídos y nuestro corazón.
Parafraseando
al Concilio, nos recordó que Cristo también está presente en la Escritura como
misterio, como sacramento gracias al cual cada uno de los hombres en cada una
de las épocas, puede escuchar la Voz viva de Dios que lo sigue interpelando
personalmente.
San
Francisco de Asís entró un día a la pequeña iglesia de San Damián, y cuando el
diácono proclamaba el evangelio de la pobreza, supo que Dios quería desposarlo
con ella. Santo Domingo, en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, entendió
para qué lo quería Dios en su Iglesia y concibió como pocos la idea de la vida
apostólica. Santa Teresa del Niño Jesús, reflexionando sobre las exigencias del
evangelio comprendió su espiritual itinerario. Y en nuestros días, Sor Isabel
de la Trinidad, atenta a las cartas de san Pablo, ofreció toda su vida para
"alabanza de Su gloria".
Del mismo
modo que Jesús se da a muchos en la Eucaristía y, sin embargo, se entrega a
cada uno como si no se diese a otro al mismo tiempo, así Jesús continúa hablando
hoy a cada uno, como si no hablase a otros al mismo tiempo.
Sin
embargo, su Palabra es, muchas veces, difícil. Sus exigencias se nos presentan
conflictuantes. Sus Voces no encuentran el eco favorable en nuestra alma. Como
Marla después del encuentro del Niño en el Templo, tenemos que reconocer que no
comprendemos sus palabras. Que no podemos interpretar sus respuestas.
Pero, a
pesar de ello, nos dice san Lucas que María intentó comprenderlas. Quiso entenderlas
meditándolas en su corazón, a pesar de las tinieblas.
María, conocedora como era de la revelación mesiánica, comprendió inmediatamente, al anuncio del Ángel, las exigencias de Dios y los riesgos que entrañaba su entrega. Mas cuando Jesús tenía doce años, no alcanzó a comprender sus palabras.
Su
actitud es la que conviene imitar cuando también para nosotros la Palabra no
sea clara. Cuando lo que nos dice Dios nos parezca confuso. Cuando lo que nos
pida el Señor nos disguste: meditar en nuestro Corazón esa Palabra oída.
Repetir en nuestro espíritu la Palabra escuchada...
Y
entonces, como ocurrió a María, sentiremos un eco cada vez más claro, una interpelación
cada más elocuente, y el Espíritu, que tiene como misión hacernos comprender
todas las cosas, nos iluminará y nos enseñará el sentido pleno, la exigencia escondida
y la respuesta única que espera esa Palabra. Como Nuestra Señora, podremos decir:
─¡Hágase en mí según tu Palabra!
Nuestra Señora, atenta a la Palabra, ruega por nosotros.
miércoles, 27 de mayo de 2026
El Tiempo Ordinario


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