Tercera entrega de la nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia (enero/marzo de 1976): "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre Rubén Boria de la Orden de Predicadores.
Hoy publicamos la cuarta y la quinta reflexión.
En la sección titulada "María y el dolor cristiano" compartimos imágenes de la iglesia Nuestra Señora de los Dolores.
Para la restante sección, "La Virgen del Cenáculo", elegimos fotografías tomadas en la Basílica del Espíritu Santo.
Todas las fotografías son propias. Ambos templos están ubicados en la ciudad de Buenos Aires.
4. MARÍA Y EL DOLOR CRISTIANO
“Junto a
la Cruz de Jesús, estaba de pie su Madre” (Jn 19,25).
Frente a nuestro
incontenible deseo de felicidad, se alza
inevitablemente, a lo largo de toda nuestra vida, el dolor.
Llorar
nos es connatural. Esta tierra es un valle de lágrimas y siempre nos acompañarán
los sufrimientos físicos y morales, las infamias, las calumnias, la enfermedad
y las penas. Combate y lucha: esto es la vida sobre la tierra. Y si miramos la
historia de la humanidad veremos que siempre que nace una filosofía,
invariablemente, sus principales problemas tendrán como eje al dolor.
Encontramos
tres grupos de respuestas al problema del dolor frente a una postura cristiana:
a) para
los fatalistas, el dolor es tan inexorable, que combatirlo sería del todo inútil.
Les respondemos que, sin embargo, la vida es acción y la pasividad en nada ayudaría
frente a la existencia de tal problema.
b) para
los estoicos de ayer y de hoy, el dolor es una materia y es del todo necesario
vencerlo con la propia sensibilidad. Esta es, sin duda, una actitud orgullosa y
soberbia que conduce a la anulación de la propia sensibilidad.
c) para
los materialistas de todos los tiempos, el mejor modo de derrotar al dolor es
sumergiéndonos en el placer. Secando sus fuentes es como ahogaremos todo dolor.
Sin
embargo, la experiencia nos enseña que los dolores íntimos, los tremendos sufrimientos
del corazón del hombre, no se curan a base de una terapia de placer.
Cristo
Jesús también ofrece una respuesta que, para los cristianos, es la respuesta.
Su Palabra ofrece una luz. Si no la tenemos en cuenta, nuevamente nos
absorberán las tinieblas y jamás encontraremos la clave para remediar el hecho
del dolor en nuestras vidas.
El
catolicismo nos enseña que el dolor entró al mundo después del pecado. Que, en
el principio, los hombres vivían en inocencia y alegría. Pecado y dolor están
unidos, desde entonces, a la humanidad. Para Santo Tomás de Aquino, toda pena
tiene una triple significación, y es por eso que podemos atribuir al dolor un
valor: a) expiatorio (toda violación de una ley pide una compensación). La
expiación es lo primero que explica el dolor. Al quebrantar la Ley del Señor,
sólo podemos compensarla con dolor; b) medicinal: antes de perder la vida,
voluntariamente somos capaces de amputar un miembro de nuestro cuerpo. Ocurre
lo mismo en el alma: es preciso someterse a medidas terapéuticas para reconquistar
la salud y la vida. El dolor, por tanto, puede tener un carácter medicinal
impuesto por Dios.
Esto es
claro. Sin embargo, no entendemos el dolor de un niño, de un inocente, de los buenos, de los
justos... Necesitaremos nuevas luces de la fe, capaces de iluminar a su modo
las oscuridades de nuestras respuestas. Por eso, la teología del dolor añade el
valor de c) satisfacción. Y es entonces cuando comprendemos el dolor en Jesús,
el Justo, y en María, la Virgen sin mancha. En las almas victimas que se
inmolan para lograr la salvación del mundo actualizando las exigencias de la
comunidad de amor que es el Cuerpo Místico, que es la Comunión de los Santos.
Nuestra
Señora supo del dolor al verse sin alberque en Belén.
Nuestra
Señora supo del dolor cuando en el
templo se le profetizó que una espada atravesaría su corazón purísimo,
anticipándosele en ese momento, la Pasión de su Hijo, tan de cerca compartida
por Ella.
Nuestra
Señora supo del dolor ante la matanza de los santos inocentes, que obligó a la
Sagrada Familia a huir a Egipto, a tierras extrañas como pobres emigrantes.
Nuestra
Señora supo del dolor cuando muchos tildaban a su Hijo de loco y endemoniado.
Nuestra
Señora supo del dolor cuando su Hijo fue enjuiciado y cuando subió al Gólgota
para convertirse en mártir para el Padre.
Nuestra
Señora, al pie de la Cruz, transformando con su fortaleza ese ámbito de suplicio,
supo del dolor.
Y supo
del dolor cuando puso a Jesús en el sepulcro.
Cuando
nos falte el valor para aceptar el dolor clavado en nuestras vidas, miremos a María,
Madre Dolorosa.
Sólo
después del dolor viene la gloria, la resurrección y la corona.
María, Reina de los mártires, ruega por nosotros.
5. LA VIRGEN DEL CENÁCULO
“Todos perseveraban unánimes en la oración con María, la Madre de Jesús" (Hechos 1, 14).
Refieren los Hechos de los Apóstoles que entre la Ascensión y Pentecostés, los discípulos se congregaron en el Cenáculo con algunas mujeres, entre las que se encontraba María, la Madre del Señor.
Fue con Ella que se dispusieron al cumplimiento de las promesas de Cristo, y María estaba en medio de ellos en la mañana del primer Pentecostés cristiano.
Jamás podríamos imaginar que Ella estaba allí por simple casualidad o como mera espectadora. Por el contrario, sabemos que jugó un papel decisivo. ¿Cuál? En la frase que sirve de base a esta reflexión, encontramos esta rica afirmación: "Todos perseveraban unánimes en la oración". Y esto tendría que asombrarnos. El Evangelio nos presenta a los discípulos separados a cada rato por rivalidades, disputando los primeros puestos y, frecuentemente, Jesús les reprocha su incapacidad para orar. Ahora, de un golpe, con un solo corazón, se muestran asiduos en la oración.
Fue, sin duda, la presencia maternal de María, su ejemplo único, su enseñanza discretísima, la que logró que se obrara esta transformación. Asiste con ellos a la elección de Matías. Estaría presente en esta verdadera ordenación realizada por los Apóstoles... y Ella seguiría cobijándolos en su corazón de Madre, ya que en la persona de Juan les habían sido confiados cuando escuchó de Cristo: "Mujer, he ahí a tu hijo".
La alegría de Pentecostés será en María el florecimiento mucho más profundo aún, del gozo anunciado por el Ángel en la Anunciación. Entonces, con su Amén, Ella había concebido a su Hijo asociándose a la obra del Espíritu Santo. Desde aquel día, jamás cesó de profundizar en la Palabra de Dios que meditaba continuamente en Su corazón, entrando de ese modo en una comunión cada vez más personal y más profunda con Aquel que había hablado a través de los Profetas.
Ahora, en Pentecostés, asistimos a un nuevo nacimiento: el de la Iglesia. Los discípulos eran once, mas de pronto se convierten en "uno", se transforman en una comunidad viva, en un "cuerpo". Los vemos uno con Jesús y uno entre ellos, en una misma fe y un idéntico amor. Desde ese instante integran, junto con Cristo-Cabeza, un cuerpo animado por un alma, el Espíritu. Es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Esa Iglesia que es Jesús prolongado y comunicado al mundo entero. Y es la presencia de María la que, como nadie, suplicó el cumplimiento de las promesas de Cristo en el Cenáculo.
Madre de Jesús, María es también Madre de la Iglesia. Su silencio es esencial en Pentecostés. Su presencia es de capital importancia. Esposa del Espíritu Santo, hija dócil de ese mismo Espíritu, la contemplamos en este misterio de Pentecostés también como a la Reina de los Apóstoles.
Virgen dócil al Espíritu, ruega por nosotros.
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