miércoles, 22 de julio de 2026

"Siete homilías sobre la Virgen María" (nota 3 de 4)

Tercera entrega de la nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia (enero/marzo de 1976): "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre Rubén Boria de la Orden de Predicadores.

Hoy publicamos la cuarta y la quinta  reflexión. 

En la sección titulada "María y el dolor cristiano" compartimos imágenes de la iglesia Nuestra Señora de los Dolores.

Para la restante sección, "La Virgen del Cenáculo",  elegimos fotografías tomadas en la Basílica del Espíritu Santo.

Todas las fotografías son propias. Ambos templos están ubicados en la ciudad de Buenos Aires.

  

4. MARÍA Y EL DOLOR CRISTIANO

“Junto a la Cruz de Jesús, estaba de pie su Madre” (Jn 19,25).

 


Frente a nuestro incontenible deseo  de felicidad, se alza inevitablemente, a lo largo de toda nuestra vida, el dolor.

Llorar nos es connatural. Esta tierra es un valle de lágrimas y siempre nos acompañarán los sufrimientos físicos y morales, las infamias, las calumnias, la enfermedad y las penas. Combate y lucha: esto es la vida sobre la tierra. Y si miramos la historia de la humanidad veremos que siempre que nace una filosofía, invariablemente, sus principales problemas tendrán como eje al dolor.

Encontramos tres grupos de respuestas al problema del dolor frente a una postura cristiana:

a) para los fatalistas, el dolor es tan inexorable, que combatirlo sería del todo inútil. Les respondemos que, sin embargo, la vida es acción y la pasividad en nada ayudaría frente a la existencia de tal problema.

b) para los estoicos de ayer y de hoy, el dolor es una materia y es del todo necesario vencerlo con la propia sensibilidad. Esta es, sin duda, una actitud orgullosa y soberbia que conduce a la anulación de la propia sensibilidad.

c) para los materialistas de todos los tiempos, el mejor modo de derrotar al dolor es sumergiéndonos en el placer. Secando sus fuentes es como ahogaremos todo dolor.

Sin embargo, la experiencia nos enseña que los dolores íntimos, los tremendos sufrimientos del corazón del hombre, no se curan a base de una terapia de placer.

Cristo Jesús también ofrece una respuesta que, para los cristianos, es la respuesta. Su Palabra ofrece una luz. Si no la tenemos en cuenta, nuevamente nos absorberán las tinieblas y jamás encontraremos la clave para remediar el hecho del dolor en nuestras vidas.

El catolicismo nos enseña que el dolor entró al mundo después del pecado. Que, en el principio, los hombres vivían en inocencia y alegría. Pecado y dolor están unidos, desde entonces, a la humanidad. Para Santo Tomás de Aquino, toda pena tiene una triple significación, y es por eso que podemos atribuir al dolor un valor: a) expiatorio (toda violación de una ley pide una compensación). La expiación es lo primero que explica el dolor. Al quebrantar la Ley del Señor, sólo podemos compensarla con dolor; b) medicinal: antes de perder la vida, voluntariamente somos capaces de amputar un miembro de nuestro cuerpo. Ocurre lo mismo en el alma: es preciso someterse a medidas terapéuticas para reconquistar la salud y la vida. El dolor, por tanto, puede tener un carácter medicinal impuesto por Dios.

Esto es claro. Sin embargo, no entendemos el dolor de un niño,  de un inocente, de los buenos, de los justos... Necesitaremos nuevas luces de la fe, capaces de iluminar a su modo las oscuridades de nuestras respuestas. Por eso, la teología del dolor añade el valor de c) satisfacción. Y es entonces cuando comprendemos el dolor en Jesús, el Justo, y en María, la Virgen sin mancha. En las almas victimas que se inmolan para lograr la salvación del mundo actualizando las exigencias de la comunidad de amor que es el Cuerpo Místico, que es la Comunión de los Santos.

Nuestra Señora supo del dolor al verse sin alberque en Belén.

Nuestra Señora supo del dolor  cuando en el templo se le profetizó que una espada atravesaría su corazón purísimo, anticipándosele en ese momento, la Pasión de su Hijo, tan de cerca compartida por Ella.


Nuestra Señora supo del dolor ante la matanza de los santos inocentes, que obligó a la Sagrada Familia a huir a Egipto, a tierras extrañas como pobres emigrantes.



Nuestra Señora supo del dolor cuando muchos tildaban a su Hijo de loco y endemoniado.

Nuestra Señora supo del dolor cuando su Hijo fue enjuiciado y cuando subió al Gólgota para convertirse en mártir para el Padre.

Nuestra Señora, al pie de la Cruz, transformando con su fortaleza ese ámbito de suplicio, supo del  dolor.


Y supo del dolor cuando puso a Jesús en el sepulcro.

Cuando nos falte el valor para aceptar el dolor clavado en nuestras vidas, miremos a María, Madre Dolorosa.

Sólo después del dolor viene la gloria, la resurrección y la corona.

María, Reina de los mártires, ruega por nosotros.



5. LA VIRGEN DEL CENÁCULO

    Todos perseveraban unánimes en la oración con María, la Madre de Jesús"    (Hechos 1, 14). 

    Refieren los Hechos de los Apóstoles que entre la Ascensión y Pentecostés, los discípulos se congregaron en el Cenáculo con algunas mujeres, entre las que se encontraba María, la Madre del Señor. 

Fue con Ella que se dispusieron al cumplimiento de las promesas de Cristo, y María estaba en medio de ellos en la mañana del primer Pentecostés cristiano. 

Jamás podríamos imaginar que Ella estaba allí por simple casualidad o como mera espectadora. Por el contrario, sabemos que jugó un papel decisivo. ¿Cuál? En la frase que sirve de base a esta reflexión, encontramos esta rica afirmación: "Todos perseveraban unánimes en la oración". Y esto tendría que asombrarnos. El Evangelio nos presenta a los discípulos separados a cada rato por rivalidades, disputando los primeros puestos y, frecuentemente, Jesús les reprocha su incapacidad para orar. Ahora, de un golpe, con un solo corazón, se muestran asiduos en la oración. 

Fue, sin duda, la presencia maternal de María, su ejemplo único, su enseñanza discretísima, la que logró que se obrara esta transformación. Asiste con ellos a la elección de Matías. Estaría presente en esta verdadera ordenación realizada por los Apóstoles... y Ella seguiría cobijándolos en su corazón de Madre, ya que en la persona de Juan les habían sido confiados cuando escuchó de Cristo: "Mujer, he ahí a tu hijo". 

La alegría de Pentecostés será en María el florecimiento mucho más profundo aún, del gozo anunciado por el Ángel en la Anunciación. Entonces, con su Amén, Ella había concebido a su Hijo asociándose a la obra del Espíritu Santo. Desde aquel día, jamás cesó de profundizar en la Palabra de Dios que meditaba continuamente en Su corazón, entrando de ese modo en una comunión cada vez más personal y más profunda con Aquel que había hablado a través de los Profetas. 

Ahora, en Pentecostés, asistimos a un nuevo nacimiento: el de la Iglesia. Los discípulos eran once, mas de pronto se convierten en "uno", se transforman en una comunidad viva, en un "cuerpo". Los vemos uno con Jesús y uno entre ellos, en una misma fe y un idéntico amor. Desde ese instante integran, junto con Cristo-Cabeza, un cuerpo animado por un alma, el Espíritu. Es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Esa Iglesia que es Jesús prolongado y comunicado al mundo entero. Y es la presencia de María la que, como nadie, suplicó el cumplimiento de las promesas de Cristo en el Cenáculo. 

Madre de Jesús, María es también Madre de la Iglesia. Su silencio es esencial en Pentecostés. Su presencia es de capital importancia. Esposa del Espíritu Santo, hija dócil de ese mismo Espíritu, la contemplamos en este misterio de Pentecostés también como a la Reina de los Apóstoles. 

Virgen dócil al Espíritu, ruega por nosotros.


miércoles, 15 de julio de 2026

"Siete homilías sobre la Virgen María" (nota 2 de 4)

Seguimos compartiendo una nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia, edición que correspondió a los meses de enero/marzo de 1976: "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre dominico Rubén Boria. Hoy publicamos la segunda y la tercera reflexión. La primera imagen  de la Virgen con el Niño se venera en la iglesia de Corpus Domini; tomamos la foto en abril de 2023. La segunda imagen, el icono de la Madre de Dios, corresponde a la iglesia ortodoxa San Jorge, del Patriarcado de Antioquía, y la foto es de mayo de 2025. Ambos templos están ubicados en la ciudad de Buenos Aires.

 



2. MARÍA. MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES

“...los demás privilegios y prerrogativas de María están basados en el fundamento de su maternidad divina: 'Por ser la Virgen María Madre de Dios, dice san Buenaventura, es Madre de todas las creaturas', Madre de los pueblos, Madre de los sagrados Pastores y fieles, Madre de la Iglesia...” (Pablo VI).

Cristo al ascender al cielo, dejó establecida en la tierra a su Iglesia, asignándole una doble misión: recordar siempre a los hombres las maravillas obradas por Dios, y el realizarlas, actualizándolas siempre, en favor suyo.

La Iglesia cumple su misión de actualizar el sacerdocio redentor de Cristo, de un modo particularísimo, a través de la santa Liturgia, y sigue recordando de mil modos lo que Dios obrara en favor nuestro: la predicación, la enseñanza, la catequesis, todo esto se nos presenta como los órganos normales de esa tradición. Sin embargo, existen otros medios gracias a los cuales llega a los fieles, de modo más próximo y sensible, todo lo que la Iglesia quiera enseñarles.

Reflexionemos un instante sobre el mensaje que nos transmiten desde los primeros años las imágenes de María. De un modo particular, las más antiguas, las más clásicas, las que nos muestran a Jesús inseparablemente unido a Ella. Imágenes de piedra de madera y de yeso, que pueblan nuestras iglesias y ocupan un lugar de privilegio en nuestros hogares. ¿Qué es lo que nos muestran? En primer lugar, a María con Jesús en sus brazos. Actitud que nos define a María.

María vista no con nuestros ojos de carne, sino con los ojos de Dios. María en el plan de Dios. María que, por sobre todas las cosas, es la Madre de Dios. María que siempre dice orden a Dios. María que es la obra maestra de Dios. Y cuando queremos comprender de algún modo la razón fundamental, el nudo esencial que explique y justifique todos los privilegios de María, debemos ir necesariamente a su maternidad divina, a la necesidad de dignidad que exigía la vocación de María.

María siempre es toda relativa a Dios. Todo lo que de Ella digamos, redunda necesariamente en alabanza a Dios. Careciendo de luz propia, refleja como nadie la luz, la santidad de Dios.

María es María por ser Madre de Dios.

Pero al contemplar a Jesús en brazos de su Madre. debemos sentirnos también muy junto al corazón de María.

Al engendrar físicamente a la Cabeza del Cuerpo Místico, de la Iglesia, engendra espiritualmente a todos los miembros unidos vitalmente a esa Cabeza. Al dar a luz a Jesús, también María dará a luz espiritualmente a todos los hombres injertados a Cristo.

Por ser Madre de Dios, es también Madre nuestra. Y es por eso que es necesariamente la Madre de la Iglesia.

Madre de Dios y Madre de los hombres, a un mismo tiempo, se constituye como necesariamente en la Mediadora de todas las gracias. En la intercesora entre Su Hijo y sus hijos. En la que conociendo como nadie las angustias, los dolores, los sufrimientos y las esperanzas de los hombres, los presenta ante su Hijo cumpliendo su oficio de mediadora frente al único Mediador que tenemos frente al Padre, y siendo Madre de Jesucristo, obtiene las gracias que los hombres necesitan.

María, con Jesús en sus brazos. Madre de Dios. Por eso, Madre de los hombres. Por eso, Mediadora entre el cielo y la tierra.

La Iglesia, añadiendo su súplica al anuncio del Ángel, nos enseña a decirle: Ruega por nosotros, pecadores. Ahora. A lo largo de toda nuestra existencia. Y de un modo particular, en la hora suprema de nuestra muerte. Para que, después de este destierro sea también Ella, la que nos muestre para siempre a Jesús, el fruto bendito de su vientre.

María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros.



3. MARÍA Y NUESTRA ADOPCION DIVINA.

 “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley para que recibiéramos la adopción” (Gál. 4, 4-6).

San Pablo, en esta carta a los cristianos de Galacia, es el primero cronológicamente en descubrir en el Nuevo Testamento el misterio de María. Invita a los cristianos de aquella comunidad a comparar y enfrentar el régimen de la Ley judía con el de la cristiana. Este es de libertad y es el Espíritu el que lo atestigua en sus corazones. De esclavos que eran bajo la Ley en otro tiempo, se han convertido por Cristo, en hijos de Dios por adopción. Y todo esto, les asegura, se lo deben a una “mujer”.

Si atendemos a la lógica del pensamiento paulino. advertimos inmediatamente que de ningún modo exigía la inclusión de esta 'mujer". Bastaba con que hubiese desarrollado su pensamiento de este modo: Jesús pudo otorgar la adopción divina a los que vivían sometidos a la Ley judía, ya que Él mismo había nacido bajo el régimen de esa Ley.

Al mencionar a la "mujer" va más allá de lo que podríamos esperar de su carta y logra mostrar claramente no sólo la conexión jurídica que Cristo tenía con el pueblo que estaba sujeto a la Ley, sino más aún: la conexión carnal. Que es como si nos dijese: si Jesús es verdadero hombre, si se ha hecho verdaderamente 'carne', es necesariamente nuestro Hermano en humanidad. Si es miembro del pueblo elegido y, en fin, si es hombre como nosotros, todo esto se lo debemos a María. Es Ella quien lo sumerge en la humanidad. Y todo lo que en Él admiramos de humano, toda su humanidad, instrumento sacramental de la Redención,  su fragilidad, sus fronteras, sus limitaciones, su cansancio, su miedo, su ternura, su amor, su soledad, su dolor, todo eso se lo debemos a esa "mujer", a María.

Jesús, silencioso y oculto, hasta aprenderá de María el lenguaje de hombre con que se servirá para hablarnos de Dios.

Esta conexión con la "mujer" lo hará el heredero acabado de todas las antiguas promesas. Y es por esa "mujer" por la que Cristo nace bajo la Ley. Y porque Jesús ha sido -a través de María- súbdito de la Ley, ha podido transformarla desde su interior por la fuerza de la gracia. Esa gracia que tendrá como efecto la adopción divina.

De esa manera, según el rigor lógico de Pablo, le somos deudores a María del ingreso de Jesús en el mundo del hombre, dentro del tiempo de las promesas y las profecías, y también de nuestro ingreso en la familia divina. Gracias al acto libre de María, a su Fiat redentor, es que Jesús se hace hombre sometido a la Ley y por quien nosotros nos convertimos en hijos de Dios, hijos en el Hijo, y por eso, liberados verdaderamente de toda esclavitud.

María, mujer causa de nuestra adopción divina, ruega por nosotros.

miércoles, 8 de julio de 2026

"Siete homilías sobre la Virgen María" (nota 1 de 4)

En varias entradas consecutivas compartiremos una nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia, edición que correspondió a los meses de enero/marzo de 1976.

Se titulaba "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre Rubén Boria op.

Hoy publicamos la primera reflexión: "María y la Palabra". La imagen pertenece a un vitral en la iglesia porteña de la Natividad de María; tomamos la foto en mayo de 2024.




 

1. MARÍA Y LA PALABRA

“María y José no comprendieron la respuesta que Jesús les dio. Bajó con ellos v vino a Nazaret v vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 50-51).

Gracias a la catequesis continua de la Iglesia, ofrecida de modo particular en los últimos años. una nueva devoción ha brotado en el corazón de los católicos: la devoción por la Palabra de Dios. Debido a los avances de los estudios escriturísticos y patrísticos y, en particular, de los documentos del Concilio y de las catequesis del Papa reinante, los católicos hemos redescubierto el manantial de vida que, junto con los sacramentos, nos viene de la Biblia. Palabra contenida en la Escritura a la que nos acercamos no sólo para leerla, sino primordialmente para escucharla

Su Santidad el Papa Pablo VI dedicó una de sus catequesis semanales para hablarnos de la presencia viva de Cristo en nuestra Iglesia, y nos habló de presencias reales distintas de la única presencia real a la que estaban acostumbrados nuestros oídos y nuestro corazón.

Parafraseando al Concilio, nos recordó que Cristo también está presente en la Escritura como misterio, como sacramento gracias al cual cada uno de los hombres en cada una de las épocas, puede escuchar la Voz viva de Dios que lo sigue interpelando personalmente.

San Francisco de Asís entró un día a la pequeña iglesia de San Damián, y cuando el diácono proclamaba el evangelio de la pobreza, supo que Dios quería desposarlo con ella. Santo Domingo, en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, entendió para qué lo quería Dios en su Iglesia y concibió como pocos la idea de la vida apostólica. Santa Teresa del Niño Jesús, reflexionando sobre las exigencias del evangelio comprendió su espiritual itinerario. Y en nuestros días, Sor Isabel de la Trinidad, atenta a las cartas de san Pablo, ofreció toda su vida para "alabanza de Su gloria".

Del mismo modo que Jesús se da a muchos en la Eucaristía y, sin embargo, se entrega a cada uno como si no se diese a otro al mismo tiempo, así Jesús continúa hablando hoy a cada uno, como si no hablase a otros al mismo tiempo.

Sin embargo, su Palabra es, muchas veces, difícil. Sus exigencias se nos presentan conflictuantes. Sus Voces no encuentran el eco favorable en nuestra alma. Como Marla después del encuentro del Niño en el Templo, tenemos que reconocer que no comprendemos sus palabras. Que no podemos interpretar sus respuestas.

Pero, a pesar de ello, nos dice san Lucas que María intentó comprenderlas. Quiso entenderlas meditándolas en su corazón, a pesar de las tinieblas.

María, conocedora como era de la revelación mesiánica, comprendió inmediatamente, al anuncio del Ángel, las exigencias de Dios y los riesgos que entrañaba su entrega. Mas cuando Jesús tenía doce años, no alcanzó a comprender sus palabras.

Su actitud es la que conviene imitar cuando también para nosotros la Palabra no sea clara. Cuando lo que nos dice Dios nos parezca confuso. Cuando lo que nos pida el Señor nos disguste: meditar en nuestro Corazón esa Palabra oída. Repetir en nuestro espíritu la Palabra escuchada...

Y entonces, como ocurrió a María, sentiremos un eco cada vez más claro, una interpelación cada más elocuente, y el Espíritu, que tiene como misión hacernos comprender todas las cosas, nos iluminará y nos enseñará el sentido pleno, la exigencia escondida y la respuesta única que espera esa Palabra. Como Nuestra Señora, podremos decir:

    ─¡Hágase en mí según tu Palabra!

        Nuestra Señora, atenta a la Palabra, ruega por nosotros.

miércoles, 27 de mayo de 2026

El Tiempo Ordinario

 



El tiempo ordinario
 
El Tiempo Ordinario se puede decir que es una novedad de la reforma posconciliar. Antes había una serie de "domingos después de Epifanía" y otra de "domingos después de Pentecostés". Ahora es una única serie con una cierta unidad a lo largo del año
(…)
Un elemento que le da unidad: el Leccionario. El de los domingos, dividido en tres ciclos (con "el evangelista del año", este año  Mateo) y el de los días feriales, en dos. Esta lectura semicontinuada de la Biblia convierte al Tiempo Ordinario en la mejor escuela de la fe para la comunidad cristiana. 
El nombre de Tiempo Ordinaria es muy feliz: también se le llama 'tiempo durante el año", en latín "tempus per annum". 
(…) 
El Tiempo Ordinario tiene su gracia particular y presenta valores que no se pueden olvidar:  
• nos ayuda a ir viviendo el misterio de Cristo, no en un aspecto particular, sino en su totalidad o plenitud … 
• nos acompaña en la tarea de crecimiento y maduración  de lo que hemos celebrado en la Navidad y en la Pascua …
• pone en evidencia la primacía del domingo cristiano, el día del Señor Resucitado …
• invita a potenciar la reunión comunitaria para la Eucaristía cada domingo (o cada día) …
• nos ofrece la escuela permanente de la Palabra bíblica  …
• nos hace descubrir la gracia de lo ordinario: la vida normal, cotidiana …


miércoles, 13 de mayo de 2026

Catequesis de Juan Pablo II sobre los ángeles (nota 4 de 4)

"La participación de los ángeles en la historia de la salvación" fue el tema de la catequesis de San  Juan Pablo II en la audiencia del 6 de agosto de 1986.


1. En las últimas catequesis hemos visto cómo la Iglesia, iluminada por la luz que proviene de la Sagrada Escritura, ha profesado a lo largo de los siglos la verdad sobre la existencia de los ángeles como seres puramente espirituales, creados por Dios. Lo ha hecho desde el comienzo con el Símbolo niceno-constantinopolitano y lo ha confirmado en el Concilio Lateranense IV (1215), cuya formulación ha tomado el Concilio Vaticano I en el contexto de la doctrina sobre la creación: Dios "creó de la nada juntamente al principio del tiempo, ambas clases de criaturas: las espirituales y las corporales, es decir, el mundo angélico y el mundo terrestre; y después, la criatura humana que, compuesta de espíritu y cuerpo, los abraza, en cierto modo, a los dos" (Const. De Fide Cath., DS 3002). O sea: Dios creó desde el principio ambas realidades: la espiritual y la corporal, el mundo terreno y el angélico. Todo lo que Él creó juntamente ("simul") en orden a la creación del hombre, constituido de espíritu y de materia y colocado según la narración bíblica en el cuadro de un mundo ya establecido según sus leyes y ya medido por el tiempo ("deinde").

2. Juntamente con la existencia, la fe de la Iglesia reconoce ciertos rasgos distintivos de la naturaleza de los ángeles. Su ser puramente espiritual implica ante todo su no materialidad y su inmortalidad. Los ángeles no tienen "cuerpo" (si bien en determinadas circunstancias se manifiestan bajo formas visibles a causa de su misión en favor de los hombres), y por tanto no están sometidos a la ley de la corruptibilidad que une todo el mundo material. Jesús mismo, refiriéndose a la condición angélica, dirá que en la vida futura los resucitados "(no) pueden morir y son semejantes a los ángeles" (Lc 20, 36).

Catedral de Catamarca

3. En cuanto criaturas de naturaleza espiritual los ángeles están dotados de inteligencia y de libre voluntad, como el hombre pero en grado superior a él, si bien siempre finito, por el límite que es inherente a todas las criaturas. Los ángeles son pues seres personales y, en cuanto tales, son también ellos, "imagen y semejanza" de Dios. La Sagrada Escritura se refiere a los ángeles utilizando también apelativos no sólo personales (como los nombres propios de Rafael, Gabriel, Miguel), sino también "colectivos" (como las calificaciones de: Serafines, Querubines, Tronos, Potestades, Dominaciones, Principados), así como realiza una distinción entre Ángeles y Arcángeles. Aun teniendo en cuenta el lenguaje analógico y representativo del texto sacro, podemos deducir que estos seres-personas, casi agrupados en sociedad, se subdividen en órdenes y grados, correspondientes a la medida de su perfección y a las tareas que se les confía. Los autores antiguos y la misma liturgia hablan también de los coros angélicos (nueve, según Dionisio el Areopagita). La teología, especialmente la patrística y medieval, no ha rechazado estas representaciones tratando en cambio de darles una explicación doctrinal y mística, pero sin atribuirles un valor absoluto. Santo Tomás ha preferido profundizar las investigaciones sobre la condición ontológica, sobre la actividad cognoscitiva y volitiva y sobre la elevación espiritual de estas criaturas puramente espirituales, tanto por su dignidad en la escala de los seres, como porque en ellos podía profundizar mejor las capacidades y actividades propias del espíritu en el estado puro, sacando de ello no poca luz para iluminar los problemas de fondo que desde siempre agitan y estimulan el pensamiento humano: el conocimiento, el amor, la libertad, la docilidad a Dios, la consecución de su reino.

4. El tema a que hemos aludido podrá parecer "lejano" o "menos vital" a la mentalidad del hombre moderno. Y sin embargo la Iglesia, proponiendo con franqueza toda la verdad sobre Dios creador incluso de los ángeles, cree prestar un gran servicio al hombre. El hombre tiene la convicción de que en Cristo, Hombre-Dios, es Él (y no los ángeles) quien se halla en el centro de la Divina Revelación. Pues bien, el encuentro religioso con el mundo de los seres puramente espirituales se convierte en preciosa revelación de su ser no sólo cuerpo, sino también espíritu, y de su pertenencia a un proyecto de salvación verdaderamente grande y eficaz dentro de una comunidad de seres personales que para el hombre y con el hombre sirven al designio providencial de Dios.


5. Notamos que la Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino. Ellos están unidos a Dios mediante el amor consumado que brota de la visión beatificante, cara a cara, de la Santísima Trinidad. Lo dice Jesús mismo: "Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos" (Mt 18, 10). 

Basílica del Espíritu Santo


Ese "ver de continuo la faz del Padre" es la manifestación más alta de la adoración de Dios. Se puede decir que constituye esa "liturgia celeste", realizada en nombre de todo el universo, a la cual se asocia incesantemente la liturgia terrena de la Iglesia, especialmente en sus momentos culminantes. Baste recordar aquí el acto con el que la Iglesia, cada día y cada hora, en el mundo entero, antes de dar comienzo a la plegaria eucarística en el corazón de la Santa Misa, se apela "a los Ángeles y a los Arcángeles" para cantar la gloria de Dios tres veces santo, uniéndose así a aquellos primeros adoradores de Dios, en el culto y en el amoroso conocimiento del misterio inefable de su santidad.

Basílica del Espíritu Santo


6. También según la Revelación, los ángeles, que participan en la vida de la Trinidad en la luz de la gloria, están también llamados a tener su parte en la historia de la salvación de los hombres, en los momentos establecidos por el designio de la Providencia Divina. "¿No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salud?", pregunta el autor de la Carta a los Hebreos (1, 14). Y esto cree y enseña la Iglesia, basándose en la Sagrada Escritura por la cual sabemos que la tarea de los ángeles buenos es la protección de los hombres y la solicitud por su salvación.

Iglesia de San Ignacio


Hallamos estas expresiones en diversos pasajes de la Sagrada Escritura, como por ejemplo en el Salmo 90/91, citado ya repetidas veces: "Pues te encomendará a sus ángeles para que te guarde en todos tus caminos, y ellos te levantarán en sus palmas para que tus pies no tropiecen en las piedras" (Sal 90/91, 11-12). Jesús mismo, hablando de los niños y amonestando a no escandalizarlos, se apela a "sus ángeles" (Mt 18, 10). Además, atribuye a los ángeles la función de testigos en el supremo juicio divino sobre la suerte de quien ha reconocido o renegado a Cristo: "A quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios. El que me negare delante de los hombres, será negado ante los ángeles de Dios" (Lc 12, 8-9; cf. Ap. 3, 5). Estas palabras son significativas porque si los ángeles toman parte en el juicio de Dios, están interesados en la vida del hombre. Interés y participación que parecen recibir una acentuación en el discurso escatológico, en el que Jesús hace intervenir a los ángeles en la parusía, o sea, en la venida definitiva de Cristo al final de la historia (Cfr. Mt 24, 31; 25, 31. 41).

Basílica de Nuestra Señora de los Buenos Aires


7. Entre los libros del Nuevo Testamento, los Hechos de los Apóstoles nos hacen conocer especialmente algunos episodios que testimonian la solicitud de los ángeles por el hombre y su salvación. Así, cuando el ángel de Dios libera a los Apóstoles de la prisión (cf. Act 5, 18-20), y ante todo a Pedro, que estaba amenazado de muerte por la mano de Herodes (cf. Act 12, 5-10). O cuando guía la actividad de Pedro respecto al centurión Cornelio, el primer pagano convertido (Act 10, 3-8; 11, 12-13), y análogamente la actividad del diácono Felipe en el camino de Jerusalén a Gaza (Act 8, 26-29).

Catedral de Buenos Aires


De estos pocos hechos citados a título de ejemplo, se comprende cómo en la conciencia de la Iglesia se ha podido formar la persuasión sobre el ministerio confiado a los ángeles en favor de los hombres. Por ello, la Iglesia confiesa su fe en los ángeles custodios, venerándolos en la liturgia con una fiesta especial, y recomendando el recurso a su protección con una oración frecuente, como en la invocación del "Ángel de Dios". Esta oración parece atesorar las bellas palabras de San Basilio: "Todo fiel tiene junto a sí un ángel como tutor y pastor, para llevarlo a la vida" ¹.


8. Finalmente es oportuno notar que la Iglesia honra con culto litúrgico a tres figuras de ángeles, que en la Sagrada Escritura se les llama con un nombre. 

Basílica del Santísimo Rosario


El primero es Miguel Arcángel (cf. Dan 10, 13.20; Ap 12, 7; Jdt. 9). Su nombre expresa sintéticamente la actitud esencial de los espíritus buenos: "Mica-El" significa, en efecto: "¿Quién como Dios?". En este nombre se halla expresada, pues, la elección salvífica gracias a la cual los ángeles "ven la faz del Padre" que está en los cielos. 

Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores



El segundo es Gabriel: figura vinculada sobre todo al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios (cf. Lc 1, 19. 26). Su nombre significa: "Mi poder es Dios" o "Poder de Dios", como para decir que en el culmen de la creación, la Encarnación es el signo supremo del Padre omnipotente. 

Basílica de Nuestra Señora del Socorro


Finalmente el tercer arcángel se llama Rafael. "Rafa-El" significa: "Dios cura". Él se ha hecho conocer por la historia de Tobías en el antiguo Testamento (cf. Tob 12, 15. 20, etc.), tan significativa en el hecho de confiar a los ángeles los pequeños hijos de Dios, siempre necesitados de custodia, cuidado y protección.

Iglesia de San Cristóbal



Reflexionando bien se ve que cada una de estas tres figuras: Mica-El, Gabri-El, Rafa-El reflejan de modo particular la verdad contenida en la pregunta planteada por el autor de la Carta a los Hebreos: "¿No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salud?" (Heb 1, 14).

Iglesia de Santa María



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¹  cf. San Basilio, Adv. Eunomium, III, 1; véase también Santo Tomás, S.Th. I, q. 11, a.3

miércoles, 6 de mayo de 2026

Catequesis de Juan Pablo II sobre los ángeles (nota 3 de 4)

En esta tercera nota, publicamos la catequesis de Juan Pablo II del 30 de julio de 1986, ilustrada, como venimos haciéndolo, con fotos propias tomadas en templos de Buenos Aires y en la Basílica de Luján.


1. En la catequesis anterior nos hemos detenido en el artículo del Credo con el cual proclamamos y confesamos a Dios creador no sólo de todo el mundo creado, sino también de las "cosas invisibles", y nos hemos detenido en el tema de la existencia de los ángeles llamados a declararse en favor de Dios o contra Dios mediante un acto radical e irreversible de adhesión o de rechazo de su voluntad de salvación.

Según la Sagrada Escritura, los ángeles, en cuanto criaturas puramente espirituales, se presentan a la reflexión de nuestra mente como una especial realización de la "imagen de Dios", Espíritu perfectísimo, como Jesús recuerda a la mujer samaritana con las palabras; "Dios es espíritu" (Jn 4, 24). Los ángeles son, desde este punto de vista, las criaturas más cercanas al modelo divino. El nombre que la Sagrada Escritura les atribuye indica que lo que más cuenta en la Revelación es la verdad sobre las tareas de los ángeles respecto a los hombres: ángel (angelus) quiere decir, en efecto, "mensajero". El término hebreo "malak", usado en el Antiguo Testamento, significa más propiamente "delegado" o "embajador". Los ángeles, criaturas espirituales, tienen función de mediación y de ministerio en las relaciones entre Dios y los hombres. Bajo este aspecto la Carta a los Hebreos dirá que a Cristo se le ha dado un "nombre", y por tanto un ministerio de mediación, muy superior al de los ángeles (cf. Heb 1, 4).


2. El Antiguo Testamento subraya sobre todo la especial participación de los ángeles en la celebración de la gloria que el Creador recibe como tributo de alabanza por parte del mundo creado. Los Salmos de modo especial se hacen intérpretes de esa voz cuando proclaman, por ejemplo: "Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto. Alabadlo, todos sus ángeles..." (Sal 148, 1-2).De modo semejante en el Salmo 102 (103): "Bendecid a Yavé vosotros sus ángeles, que sois poderosos y cumplís sus órdenes, prontos a la voz de su palabra" (Sal 102/103, 20). Este último versículo del Salmo 102 indica que los ángeles toman parte, a su manera, en el gobierno de Dios sobre la creación, como "poderosos ejecutores de sus órdenes" según el plan establecido por la Divina Providencia. A los ángeles está confiado en particular un cuidado y solicitud especiales para con los hombres, en favor de los cuales presentan a Dios sus peticiones y oraciones, como nos recuerda, por ejemplo, el Libro de Tobías (cf. especialmente Tob 3, 17 y 12, 12), mientras el Salmo 90 proclama: "a sus ángeles ha dado órdenes... te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra" (cf. Sal 90, 1-12). Siguiendo el libro de Daniel, se puede afirmar que las funciones de los ángeles como embajadores del Dios vivo se extienden no sólo a cada uno de los hombres y a aquellos que tienen funciones especiales, sino también a enteras naciones (Dan 10, 13-21).


3. El Nuevo Testamento puso de relieve las tareas de los ángeles respecto a la misión de Cristo como Mesías y, ante todo, con relación al misterio de la encarnación del Hijo de Dios, como constatamos en la narración de la anunciación del nacimiento de Juan el Bautista (cf. Lc 1, 11), de Cristo mismo (cf. Lc 1, 26), en las explicaciones y disposiciones dadas a María y José (cf. Lc 1, 30-37; Mt 1, 20-21), en las indicaciones dadas a los pastores la noche del nacimiento del Señor (cf. Lc 2, 9-15), en la protección del recién nacido ante el peligro de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13).

Iglesia de la Natividad de María


Más adelante los Evangelios hablan de la presencia de los ángeles durante el ayuno de Jesús en el desierto a lo largo de 40 días (cf. Mt 4, 11) y durante la oración en Getsemaní (cf. Lc 22, 43). 

Basílica Nacional de Nuestra Señora de Luján
(Luján, provincia de Buenos Aires)


Después de la resurrección de Cristo será también un ángel, que se apareció en forma de un joven, quien dirá a las mujeres que habían acudido al sepulcro y estaban sorprendidas por el hecho de encontrarlo vacío: "No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí... Pero id a decir a sus discípulos..." (Mc 16, 6-7). 

Iglesia Presbiteriana San Andrés


María Magdalena, que se ve privilegiada por una aparición personal de Jesús, ve también a dos ángeles (Jn 20, 12-17; cf. también Lc 24, 4). Los ángeles "se presentan" a los Apóstoles después de la desaparición de Cristo para decirles: "Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo?. Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo, vendrá como le habéis visto ir al cielo" (Act 1, 11). Son los ángeles de la vida, de la pasión y de la gloria de Cristo. Los ángeles de Aquel que, como escribe San Pedro, "está a la diestra de Dios, después de haber ido al cielo, una vez sometidos a Él ángeles, potestades y poderes" (1 Pe 3, 22).

Iglesia Ortodoxa Rusa de la Santísima Trinidad


4. Si pasamos a la nueva venida de Cristo, es decir, a la "parusía", hallamos que todos los sinópticos hacen notar que "el Hijo del hombre... vendrá en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (así Mc 8, 38, Mt 16, 27 y Mt 25, 31, en la descripción del juicio final; y Lc 9, 26; cf. también San Pablo, 2 Tes 1, 7). Se puede, por tanto, decir que los ángeles, como espíritus puros, no sólo participan en el modo que les es propio de la santidad del mismo Dios, sino que en los momentos clave, rodean a Cristo y lo acompañan en el cumplimiento de su misión salvífica respecto a los hombres. De igual modo también toda la Tradición y el Magisterio ordinario de la Iglesia ha atribuido a lo largo de los siglos a los ángeles este carácter particular y esta función de ministerio mesiánico.

Basílica del Espíritu Santo

miércoles, 29 de abril de 2026

Catequesis de Juan Pablo II sobre los ángeles (nota 2 de 4)

"Creador de los ángeles, seres libres" fue el tema de la catequesis de San Juan Pablo II sobre los ángeles, el 23 de julio de 1986. Transcribimos a continuación el texto, ilustrado con fotos propias tomadas en templos de Buenos Aires.

 

1. Proseguimos hoy nuestra catequesis sobre los ángeles, cuya existencia, querida por un acto del amor eterno de Dios, profesamos con las palabras del Símbolo niceno-constantinopolitano: "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles".

En la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados desde el principio, en virtud de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien que conocen en la verdad de modo mucho más pleno y perfecto que cuanto es posible al hombre. Este amor es el acto de una voluntad libre, por lo cual también para los ángeles la libertad significa posibilidad de hacer una elección en favor o en contra del Bien que ellos conocen, esto es, Dios mismo. Hay que repetir aquí lo que ya hemos recordado a su debido tiempo a propósito del hombre: creando a los seres libres, Dios quiere que en el mundo se realice aquel amor verdadero que sólo es posible sobre la base de la libertad. Él quiso, pues, que la creatura, constituida a imagen y semejanza de su Creador, pudiera, de la forma más plena posible, volverse semejante a Él: Dios, que "es amor" (1 Jn 4, 16). Creando a los espíritus puros, como seres libres, Dios, en su Providencia, no podía no prever también la posibilidad del pecado de los ángeles. Pero precisamente porque la Providencia es eterna sabiduría que ama, Dios supo sacar de la historia de este pecado, incomparablemente más radical, en cuanto pecado de un espíritu puro, el definitivo bien de todo el cosmos creado.

Iglesia de San Miguel Arcángel
(San Miguel,  provincia de Buenos Aires)

2. De hecho, como dice claramente la Revelación, el mundo de los espíritus puros aparece dividido en buenos y malos. Pues bien, esta división no se obró por creación de Dios, sino en base a la propia libertad de la naturaleza espiritual de cada uno de ellos. Se realizó mediante la elección que para los seres puramente espirituales posee un carácter incomparablemente más radical que la del hombre y es irreversible, dado el grado de intuición y de penetración del bien, del que está dotada su inteligencia. A este respecto se debe decir también que los espíritus puros han sido sometidos a una prueba de carácter moral. Fue una opción decisiva, concerniente ante todo a Dios mismo, un Dios conocido de modo más esencial y directo que lo que es posible al hombre, un Dios que había hecho a estos seres espirituales el don, antes que al hombre, de participar en su naturaleza divina.

Iglesia de San Miguel (Buenos Aires)
(sacristía)

3. En el caso de los espíritus puros la elección decisiva concernía ante todo a Dios mismo, primero y supremo Bien, aceptado y rechazado de un modo más esencial y directo del que pueda acontecer en el radio de acción de la libre voluntad del hombre. Los espíritus puros tienen un conocimiento de Dios incomparablemente más perfecto que el hombre, porque con el poder de su inteligencia, no condicionada ni limitada por la mediación del conocimiento sensible, ven hasta el fondo la grandeza del Ser infinito, de la primera Verdad, del sumo Bien. A esta sublime capacidad de conocimiento de los espíritus puros Dios ofreció el misterio de su divinidad, haciéndoles partícipes, mediante la gracia, de su infinita gloria. Precisamente en su condición de seres de naturaleza espiritual, había en su inteligencia la capacidad, el deseo de esta elevación sobrenatural a la que Dios le había llamado, para hacer de ellos, mucho antes que del hombre, "partícipes de la naturaleza divina" (cf. 2 Pe 1, 4), partícipes de la vida íntima de Aquel que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, de Aquel que, en la comunión de las tres Divinas Personas, "es Amor" (1 Jn 4, 16). Dios había admitido a todos los espíritus puros, antes y en mayor grado que al hombre, a la eterna comunión del Amor.

Iglesia de Nuestra Señora
de Nueva Pompeya
4. La opción realizada sobre la base de la verdad de Dios, conocida de forma superior dada la lucidez de sus inteligencias, ha dividido también el mundo de los espíritus puros en buenos y malos. Los buenos han elegido a Dios como Bien supremo y definitivo, conocido a la luz de la inteligencia iluminada por la Revelación. Haber escogido a Dios significa que se han vuelto a Él con toda la fuerza interior de su libertad, fuerza que es amor. Dios se ha convertido en el objetivo total y definitivo de su existencia espiritual. Los otros, en cambio, han vuelto la espalda a Dios contra la verdad del conocimiento que señalaba en Él el Bien total y definitivo. Han hecho una elección contra la revelación del misterio de Dios, contra su gracia, que los hacía partícipes de la Trinidad y de la eterna amistad con Dios, en la comunión con Él mediante el amor. Basándose en su libertad creada, han realizado una opción radical e irreversible, al igual que la de los ángeles buenos, pero diametralmente opuesta: en lugar de una aceptación de Dios, plena de amor, le han opuesto un rechazo inspirado por un falso sentido de autosuficiencia, de aversión y hasta de odio, que se ha convertido en rebelión.

5. ¿Cómo comprender esta oposición y rebelión a Dios en seres dotados de una inteligencia tan viva y enriquecidos con tanta luz? ¿Cuál puede ser el motivo de esta radical e irreversible opción contra Dios, de un odio tan profundo que puede aparecer como fruto de la locura? Los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de "ceguera", producida por la supervaloración de la perfección del propio ser, impulsada hasta el punto de velar la supremacía de Dios que exigía, en cambio, un acto de dócil y obediente sumisión. Todo esto parece expresado de modo conciso en las palabras "¡No te serviré!" (Jer 2, 20), que manifiestan el radical e irreversible rechazo de tomar parte en la edificación del reino de Dios en el mundo creado. "Satanás", el espíritu rebelde, quiere su propio reino, no el de Dios, y se yergue como el primer "adversario" del Creador, como opositor de la Providencia, como antagonista de la amorosa sabiduría de Dios. De la rebelión y del pecado de Satanás, como también del pecado del hombre, debemos concluir acogiendo la sabia experiencia de la Escritura, que afirma: "En el orgullo está la perdición" (Tob 4, 14).