miércoles, 29 de abril de 2026

Catequesis de Juan Pablo II sobre los ángeles (nota 2 de 4)

"Creador de los ángeles, seres libres" fue el tema de la catequesis de San Juan Pablo II sobre los ángeles, el 23 de julio de 1986. Transcribimos a continuación el texto, ilustrado con fotos propias tomadas en templos de Buenos Aires.

 

1. Proseguimos hoy nuestra catequesis sobre los ángeles, cuya existencia, querida por un acto del amor eterno de Dios, profesamos con las palabras del Símbolo niceno-constantinopolitano: "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles".

En la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados desde el principio, en virtud de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien que conocen en la verdad de modo mucho más pleno y perfecto que cuanto es posible al hombre. Este amor es el acto de una voluntad libre, por lo cual también para los ángeles la libertad significa posibilidad de hacer una elección en favor o en contra del Bien que ellos conocen, esto es, Dios mismo. Hay que repetir aquí lo que ya hemos recordado a su debido tiempo a propósito del hombre: creando a los seres libres, Dios quiere que en el mundo se realice aquel amor verdadero que sólo es posible sobre la base de la libertad. Él quiso, pues, que la creatura, constituida a imagen y semejanza de su Creador, pudiera, de la forma más plena posible, volverse semejante a Él: Dios, que "es amor" (1 Jn 4, 16). Creando a los espíritus puros, como seres libres, Dios, en su Providencia, no podía no prever también la posibilidad del pecado de los ángeles. Pero precisamente porque la Providencia es eterna sabiduría que ama, Dios supo sacar de la historia de este pecado, incomparablemente más radical, en cuanto pecado de un espíritu puro, el definitivo bien de todo el cosmos creado.

Iglesia de San Miguel Arcángel
(San Miguel,  provincia de Buenos Aires)

2. De hecho, como dice claramente la Revelación, el mundo de los espíritus puros aparece dividido en buenos y malos. Pues bien, esta división no se obró por creación de Dios, sino en base a la propia libertad de la naturaleza espiritual de cada uno de ellos. Se realizó mediante la elección que para los seres puramente espirituales posee un carácter incomparablemente más radical que la del hombre y es irreversible, dado el grado de intuición y de penetración del bien, del que está dotada su inteligencia. A este respecto se debe decir también que los espíritus puros han sido sometidos a una prueba de carácter moral. Fue una opción decisiva, concerniente ante todo a Dios mismo, un Dios conocido de modo más esencial y directo que lo que es posible al hombre, un Dios que había hecho a estos seres espirituales el don, antes que al hombre, de participar en su naturaleza divina.

Iglesia de San Miguel
(sacristía)

3. En el caso de los espíritus puros la elección decisiva concernía ante todo a Dios mismo, primero y supremo Bien, aceptado y rechazado de un modo más esencial y directo del que pueda acontecer en el radio de acción de la libre voluntad del hombre. Los espíritus puros tienen un conocimiento de Dios incomparablemente más perfecto que el hombre, porque con el poder de su inteligencia, no condicionada ni limitada por la mediación del conocimiento sensible, ven hasta el fondo la grandeza del Ser infinito, de la primera Verdad, del sumo Bien. A esta sublime capacidad de conocimiento de los espíritus puros Dios ofreció el misterio de su divinidad, haciéndoles partícipes, mediante la gracia, de su infinita gloria. Precisamente en su condición de seres de naturaleza espiritual, había en su inteligencia la capacidad, el deseo de esta elevación sobrenatural a la que Dios le había llamado, para hacer de ellos, mucho antes que del hombre, "partícipes de la naturaleza divina" (cf. 2 Pe 1, 4), partícipes de la vida íntima de Aquel que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, de Aquel que, en la comunión de las tres Divinas Personas, "es Amor" (1 Jn 4, 16). Dios había admitido a todos los espíritus puros, antes y en mayor grado que al hombre, a la eterna comunión del Amor.

Iglesia de Nuestra Señora
de Nueva Pompeya
4. La opción realizada sobre la base de la verdad de Dios, conocida de forma superior dada la lucidez de sus inteligencias, ha dividido también el mundo de los espíritus puros en buenos y malos. Los buenos han elegido a Dios como Bien supremo y definitivo, conocido a la luz de la inteligencia iluminada por la Revelación. Haber escogido a Dios significa que se han vuelto a Él con toda la fuerza interior de su libertad, fuerza que es amor. Dios se ha convertido en el objetivo total y definitivo de su existencia espiritual. Los otros, en cambio, han vuelto la espalda a Dios contra la verdad del conocimiento que señalaba en Él el Bien total y definitivo. Han hecho una elección contra la revelación del misterio de Dios, contra su gracia, que los hacía partícipes de la Trinidad y de la eterna amistad con Dios, en la comunión con Él mediante el amor. Basándose en su libertad creada, han realizado una opción radical e irreversible, al igual que la de los ángeles buenos, pero diametralmente opuesta: en lugar de una aceptación de Dios, plena de amor, le han opuesto un rechazo inspirado por un falso sentido de autosuficiencia, de aversión y hasta de odio, que se ha convertido en rebelión.

5. ¿Cómo comprender esta oposición y rebelión a Dios en seres dotados de una inteligencia tan viva y enriquecidos con tanta luz? ¿Cuál puede ser el motivo de esta radical e irreversible opción contra Dios, de un odio tan profundo que puede aparecer como fruto de la locura? Los Padres de la Iglesia y los teólogos no dudan en hablar de "ceguera", producida por la supervaloración de la perfección del propio ser, impulsada hasta el punto de velar la supremacía de Dios que exigía, en cambio, un acto de dócil y obediente sumisión. Todo esto parece expresado de modo conciso en las palabras "¡No te serviré!" (Jer 2, 20), que manifiestan el radical e irreversible rechazo de tomar parte en la edificación del reino de Dios en el mundo creado. "Satanás", el espíritu rebelde, quiere su propio reino, no el de Dios, y se yergue como el primer "adversario" del Creador, como opositor de la Providencia, como antagonista de la amorosa sabiduría de Dios. De la rebelión y del pecado de Satanás, como también del pecado del hombre, debemos concluir acogiendo la sabia experiencia de la Escritura, que afirma: "En el orgullo está la perdición" (Tob 4, 14).

miércoles, 22 de abril de 2026

Catequesis de Juan Pablo II sobre los ángeles (nota 1 de 4)

En varias de sus catequesis pronunciadas en julio y agosto de 1986, el papa San Juan Pablo II se refirió a la naturaleza y ministerio de los ángeles. 

Transcribiremos en varias entradas consecutivas dichas enseñanzas, ilustradas con fotos propias tomadas en templos de la ciudad de Buenos Aires.


En el marco de las catequesis sobre el tema de la Creación,  el papa se refirió, en la audiencia general del 9 de julio de 1986, a Dios como "Creador de las cosas visibles e invisibles":

1. Nuestras catequesis sobre Dios, Creador del mundo, no podían concluirse sin dedicar una atención adecuada a un contenido concreto de la revelación divina: la creación de los seres puramente espirituales, que la Sagrada Escritura llama "ángeles". Tal creación aparece claramente en los Símbolos de la Fe, especialmente en el Símbolo niceno-constantinopolitano: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas (esto es, entes o seres) "visibles e invisibles". Sabemos que el hombre goza, dentro de la creación, de una posición singular: gracias a su cuerpo pertenece al mundo visible, mientras que, por el alma espiritual, que vivifica el cuerpo, se halla casi en el confín entre la creación visible y la invisible. A esta última, según el Credo que la Iglesia profesa a la luz de la Revelación, pertenecen otros seres, puramente espirituales, por consiguiente no propios del mundo visible, aunque estén presentes y actuantes en él. Ellos constituyen un mundo específico.

Iglesia Santa Lucía (Barracas)


2. Hoy, igual que en tiempos pasados, se discute con mayor o menor sabiduría acerca de estos seres espirituales. Es preciso reconocer que, a veces, la confusión es grande, con el consiguiente riesgo de hacer pasar como fe de la Iglesia respecto a los ángeles cosas que no pertenecen a la fe o, viceversa, de dejar de lado algún aspecto importante de la verdad revelada. La existencia de los seres espirituales que la Sagrada Escritura, habitualmente, llama "ángeles", era negada ya en tiempos de Cristo por los saduceos (cf. Hech 23, 8). La niegan también los materialistas y racionalistas de todos los tiempos. Y sin embargo, como agudamente observa un teólogo moderno, "si quisiéramos desembarazarnos de los ángeles, se debería revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y con ella toda la historia de la salvación" ¹. Toda la Tradición es unánime sobre esta cuestión. El Credo de la Iglesia, en el fondo, es un eco de cuanto Pablo escribe a los Colosenses: "Porque en Él (Cristo) fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades; todo fue creado por Él y para Él" (Col 1, 16). O sea, Cristo que, como Hijo-Verbo eterno y consubstancial al Padre, es "primogénito de toda criatura" (Col 1, 15), está en el centro del universo como razón y quicio de toda la creación, como ya hemos visto en las catequesis precedentes y como todavía veremos cuando hablemos más directamente de Él.

Iglesia Santa Felicitas


3. La referencia al "primado" de Cristo nos ayuda a comprender que la verdad acerca de la existencia y a la acción de los ángeles (buenos y malos) no constituye el contenido central de la Palabra de Dios. En la Revelación, Dios habla en primer lugar "a los hombres... y pasa con ellos el tiempo para invitarlos y admitirlos a la comunión con Él", según leemos en la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II (Dei Verbum 2). De este modo "la profunda verdad, tanto de Dios como de la salvación de los hombres", es el contenido central de la Revelación que "resplandece" más plenamente en la persona de Cristo (cf. Dei Verbum 2). La verdad sobre los ángeles es, en cierto sentido, "colateral", y, no obstante, inseparable de la Revelación central que es la existencia, la majestad y la gloria del Creador que brillan en toda la creación ("visible" e "invisible") y en la acción salvífica de Dios en la historia del hombre. Los ángeles no son, creaturas de primer plano en la realidad de la Revelación, y, sin embargo, pertenecen a ella plenamente, tanto que en algunos momentos les vemos cumplir misiones fundamentales en nombre del mismo Dios.

Basílica del Espíritu Santo


4. Todo esto que pertenece a la creación entra, según la Revelación, en el misterio de la Providencia Divina. Lo afirma de modo ejemplarmente conciso el Vaticano I, que hemos citado ya muchas veces: "Todo lo creado Dios lo conserva y lo dirige con su Providencia 'extendiéndose de un confín al otro con fuerza y gobernando con bondad todas las cosas' (cf. Sab 8, 1). 'Todas las cosas están desnudas y manifiestas a sus ojos' (cf. Heb 4, 13), 'hasta aquello que tendrá lugar por libre iniciativa de las criaturas' " (DS 3.003). La Providencia abraza, por tanto, también el mundo de los espíritus puros, que aun más plenamente que los hombres son seres racionales y libres. En la Sagrada Escritura encontramos preciosas indicaciones que les conciernen. Hay la revelación de un drama misterioso, pero real, que afectó a estas creaturas angélicas, sin que nada escapase a la eterna Sabiduría, la cual con fuerza (fortiter) y al mismo tiempo con bondad (suaviter) todo lo lleva al cumplimiento en el reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Basílica del Santísimo Sacramento


5. Reconozcamos ante todo que la Providencia, como amorosa Sabiduría de Dios, se ha manifestado precisamente al crear seres puramente espirituales, por los cuales se expresa mejor la semejanza de Dios en ellos, que supera en mucho todo lo que ha sido creado en el mundo visible junto con el hombre, también él, imborrable imagen de Dios. Dios, que es Espíritu absolutamente perfecto, se refleja sobre todo en los seres espirituales que, por naturaleza, esto es, a causa de su espiritualidad, están mucho más cerca de Él que las creaturas materiales y que constituyen casi el "ambiente" más cercano al Creador. La Sagrada Escritura ofrece un testimonio bastante explícito de esta máxima cercanía a Dios de los ángeles, de los cuales habla, con lenguaje figurado, como del "trono" de Dios, de sus "ejércitos", de su "cielo". Ella ha inspirado la poesía y el arte de los siglos cristianos que nos presentan a los ángeles como la "corte de Dios".


Basílica de San José de Flores


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¹  A. Winklhofer, Die Welt der Engel, Ettal 1961, pág. 144, nota 2; en Mysterium salutis, II, 2, pág. 726

miércoles, 15 de abril de 2026

No les tenemos miedo

[Publicado en 2010 en La Buhardilla de Jerónimo]


Teólogos que a través del uso de un lenguaje llano y popular confunden a los más sencillos con todo tipo de errores doctrinales.

Escrituristas que avalados por un título académico se presentan como maestros, pero con sus enseñanzas tienden a destruir la fe de los creyentes en aras de una fe “más madura y fundamentada”.

Sacerdotes y obispos que escriben libros con contenido opuesto al Magisterio de la Iglesia.

Maestros de Espiritualidad inficionados de psicologismo, orientalismo y new age.

Grupos que se autodenominan católicos pro-choice.

Religiosas y religiosos que se alzan contra la autoridad y la enseñanza papal.

Obispos que frenan las iniciativas del Papa, los que dicen no cuando el Santo Padre dice sí, y dicen sí cuando él dice no.

Sacerdotes que predican doctrinas extrañas, que reniegan de la dignidad y el cometido de su ministerio, y los que lo han convertido en una mera defensoría de los derechos humanos.

Liturgistas que promueven la creatividad litúrgica intentando vaciar la Misa de su verdadero sentido.

Desacralizadores crónicos que procuran extraerle a la Iglesia toda señal de sobrenaturalidad.

Sedicentes católicos que viven acusando a la Iglesia de ser demasiado exigente y poco acomodada a los “tiempos actuales”.

Educadores “católicos” que trabajan en nuestras escuelas y universidades impartiendo orondos enseñanzas que están en las antípodas del pensar y el sentir de la Iglesia.

Charlatanes infatuados, de todos los estados de vida, que pululan en los medios de comunicación transmitiendo sandeces en relación a la vida de la Iglesia y a sus enseñanzas morales.

“Opinadores” crónicos que no hacen otra cosa que asumir lo que han dado en llamar una “postura crítica” en pro de una Iglesia más conforme a sus distorsionadas ideas o a sus envenenadas intenciones.

Ecumenistas a todo trance, capaces de negociar hasta lo impensado en pos de una supuesta unidad.

Editoriales y librerías “católicas” que publican y difunden cuanta basura pueda tener repercusión, desacreditar al Papa, herir a la Iglesia, y aumentar sus ventas.

Todos, todos deben saber que no les tenemos miedo.

miércoles, 1 de abril de 2026

El Sol y la Luna en imágenes de la crucifixión

En muchas representaciones artísticas de la crucifixión aparecen las imágenes del Sol y de la Luna.  El testimonio más antiguo de esta práctica iconográfica se remonta al siglo VI. 

Vitral en la iglesia de Nuestra Señora del Valle (Buenos Aires) - Foto propia


Hay numerosas interpretaciones teológicas y simbólicas de esta iconografía. En esta nota recorreremos algunas de ellas, ilustrándolas con imágenes que pueden verse en la Argentina.


1)

Si el templo es entendido como representación de la ciudad celestial, entonces el ábside donde está Cristo entronizado (o el techo o la parte superior de los muros de la nave central,  decorados con estrellas doradas sobre fondo azul), serán una representación de la bóveda celeste y en ellos se ubicarán a menudo representaciones  de dichos astros. Se realiza así una clara conexión con la Jerusalén Celestial. Recordemos también que muchos templos desde la antigüedad están siempre orientados hacia el oriente geográfico: Cristo es el "Sol naciente"  que viene "para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte" (Lucas  1, 78-79); es también aquel a quien anunciaba Malaquías: "A los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas" (3, 19-20).

2)

Otra explicación es más bien estética: en las representaciones de la crucifixión, los lugares ocupados por la Virgen y San Juan, así como los de Longinos y el soldado que le ofrece a Cristo una esponja embebida en vinagre, presentan una clara simetría. Por ello,  para "llenar" el hueco libre que queda sobre los brazos de la cruz, se recurre a la representación iconográfica del Sol y la Luna.

Imagen de un misal antiguo,
en uso en la Argentina hasta los años 60 del siglo XX
(Foto propia)


3)

Una explicación hace referencia a la aparición de las tinieblas en el momento de la muerte de Cristo, como si la luna llena apareciera para eclipsar al Sol, a la manera en que lo profetizó Amós:

Aquel día –oráculo del Señor– yo haré que el sol se ponga al mediodía, y en pleno día cubriré la tierra de tinieblas (Amós 8,9)

Los sinópticos dan testimonio unánime de este fenómeno:

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región (Mt 27,45)

Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde (Mc 15,33)

Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde (Lc 23, 44). 


4)

El Sol y la Luna podrían simbolizar también las dos naturalezas, divina y humana, de Cristo.  Una dualidad que acompaña las otras (San Juan y la Virgen, Longinos y el soldado, la Iglesia y la Sinagoga). En definitiva, la propia cruz, con sus dos travesaños, es un símbolo dual.

Basílica de Nuestra Señora de la Merced (Buenos Aires - Foto propia)


5) 

Otra interpretación sugiere que el Sol y la Luna representan la armonía entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lo que el Antiguo Testamento mostraba como detrás de un velo, con la imprecisa claridad de la Luna, el Evangelio lo muestra ahora a la luz plena del Sol.

Basílica de San José de Flores (Buenos Aires)  - Foto propia


Ambos astros, además,  en su  sucesión ininterrumpida, dan idea de de eternidad (como lo  sugiere, por ejemplo, el salmo 89, 37-38:

«Su descendencia permanecerá para siempre y su trono, como el sol en mi presencia;  como la luna, que permanece para siempre, será firme su sede en las alturas».

 

6) 

También se ha dicho que la presencia del Sol y la Luna simbolizan la manifestación de sentimientos, principalmente los de  pesadumbre y dolor. En paralelo con la  Virgen y San Juan, que aparecen debajo, dos personajes que podemos identificar con  el Sol la Luna se llevan las manos a la cara para demostrar su dolor. 


7) 

Otra interpretación, de naturaleza "didáctica", señala que el  Sol y la Luna vendrían a sustituir el Alfa y el Omega que solían aparecer en las primitivas cruces y que no entendían los iletrados; de esta manera el mensaje de ser Dios el comienzo y el fin de todo el universo era captado por el vulgo a través de la presencia de los astros. 


Vitral en la Basílica del Espíritu Santo (Buenos Aires)


8)

Algunos señalan el influjo de cultos paganos al Sol y a la Luna, que el cristianismo habría resignificado.

Iglesia del Dulcísimo Nombre de Jesús (Buenos Aires) - Foto propia


En cuanto al modo de representar a los astros, encontramos varias:  las más naturales, las que dan un rostro al Sol y a la Luna, las que los reemplazan o acompañan con ángeles...

Iglesia de la Sagrada Familia (Buenos Aires) - Foto propia


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Hemos seguido en general el trabajo de Isabel María Labrador González y José María Medianero Hernández, "ICONOLOGÍA DEL SOL Y LA LUNA EN LAS REPRESENTACIONES DE CRISTO EN LA CRUZ


miércoles, 25 de marzo de 2026

El sacerdote, templo sagrado

EL SACERDOTE, TEMPLO SAGRADO

 

El pasado 28 de enero, Memoria de Santo Tomás de Aquino, el Papa León XIV envió una carta personal a los sacerdotes de Madrid. En ella hizo una analogía entre la figura del sacerdote y una catedral. Aquí transcribimos la parte esencial del mensaje, ilustrando el texto con imágenes de la Catedral de Buenos Aires. Todas las fotos son propias.

(…)



Queridos hijos, permitidme que hoy os hable del sacerdocio sirviéndome de una imagen que conocéis bien: vuestra catedral. No para describir un edificio, sino para aprender de él. Porque las catedrales como cualquier lugar sagrado existen, como el sacerdocio, para conducir al encuentro con Dios y la reconciliación con nuestros hermanos, y sus elementos encierran una lección para nuestra vida y ministerio.



Al contemplar su fachada aprendemos ya algo esencial. Es lo primero que se ve, y, sin embargo, no lo dice todo: indica, sugiere, invita. Así también el sacerdote no vive para exhibirse, pero tampoco para esconderse. Su vida está llamada a ser visible, coherente y reconocible, aun cuando no siempre sea comprendida. La fachada no existe para sí misma: conduce al interior. Del mismo modo, el sacerdote no es nunca fin en sí mismo. Toda su vida está llamada a remitir a Dios y a acompañar el paso hacia el misterio, sin usurpar su lugar.




Al llegar al umbral comprendemos que no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado. El umbral marca un paso, una separación necesaria. Antes de entrar, algo queda fuera. También el sacerdocio se vive así: estando en el mundo, pero sin ser del mundo (cf. In 17, 14). En este cruce se sitúan el celibato, la pobreza y la obediencia; no como negación de la vida, sino como la forma concreta que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios sin dejar de caminar entre los hombres.





La catedral es también un hogar común, donde todos tienen lugar. Así está llamada a ser la Iglesia, especialmente para con sus sacerdotes: una casa que acoge, que protege y que no abandona. Y así ha de vivirse la fraternidad presbiteral; como la experiencia concreta de saberse en casa, responsables unos de otros, atentos a la vida del hermano y dispuestos a sostenernos mutuamente. Hijos míos, nadie debería sentirse expuesto o solo en el ejercicio del ministerio: ¡resistid juntos al individualismo que empobrece el corazón y debilita la misión!



Al recorrer el templo, advertimos que todo descansa sobre las columnas que sostienen el conjunto. La Iglesia ha visto en ellas la imagen de los Apóstoles (cf. Ef 2, 20). Tampoco la vida sacerdotal se sostiene por sí misma, sino en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la Tradición viva de la Iglesia, y custodiado por el Magisterio (cf. 1 Co 11, 2; 2 Tm 1, 13-14). Cuando el sacerdote permanece anclado en este fundamento, evita edificar sobre al arena de interpretaciones parciales o acentos circunstanciales, y se apoya en la roca firme que lo precede y lo supera (cf. Mt 7, 24-27).





Antes de llegar al presbiterio, la catedral nos muestra lugares discretos pero fundamentales: en la pila bautismal nace el Pueblo de Dios; en el confesionario es continuamente regenerado. En los sacramentos, la gracia se revela como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal. Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis.





Junto al espacio central se abren capillas diversas. Cada una tiene su historia, su advocación. A pesar de ser distintas en arte y composición, todas comparten una misma orientación; ninguna está girada hacia sí misma, ninguna rompe la armonía del conjunto. Así sucede también en la Iglesia con los distintos carismas y espiritualidades mediante los cuales el Señor enriquece y sostiene vuestra vocación. Cada uno recibe una forma particular de expresar la fe y de nutrir al interioridad, pero todos permanecen orientados hacia el mismo centro.



Miremos el centro de todo, hijos míos: aquí se revela qué da sentido a lo que hacéis cada día y de dónde brota vuestro ministerio. En el altar, por vuestras manos, se actualiza el sacrificio de Cristo en la más alta acción confiada a manos humanas; en el sagrario, permanece Aquel que habéis ofrecido, confiado de nuevo a vuestro cuidado. Sed adoradores, hombres de profunda oración y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo.



Al término de este recorrido, para ser los sacerdotes que la Iglesia necesita hoy, os dejo el mismo consejo de (...)  San Juan de Ávila: «Sed vosotros todo suyo» (Sermón 57). ¡Sed santos! (...).




miércoles, 18 de marzo de 2026

La luz de la belleza es la luz de la verdad







De "Universitas", la revista de la Universidad Católica Argentina. Sin otras referencias. Probablemente de los años 80 del siglo XX.
 

miércoles, 11 de marzo de 2026

"El infierno"

 De la revista "Actualidad Pastoral". Sin referencias de fecha.