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miércoles, 1 de octubre de 2025

"Neolengua"


La ideología es aquella posición del espíritu humano que ha abandonado la búsqueda de la verdad para reemplazarla por la conquista del poder. 

El enemigo a vencer es la mismísima realidad; de allí que su meta principal sea transformarla de acuerdo a sus dictámenes. Y para ello nada mejor que crear una nueva lengua que vehiculice ese mundo construido por la ficción. 

Fue George Orwell quien inventó el vocablo  “neolengua” cuando describía al Estado totalitario ficticio.  

La neolengua, entonces, aparece cuando es preciso sustituir la finalidad principal del lenguaje (describir la realidad) por el objetivo opuesto (reafirmar el poder sobre ella). 

“Las frases que se expresan en neolengua parecen aserciones, pero su lógica subyacente es la propia de la magia. Conjura el triunfo de las palabras sobre las cosas, la futilidad del argumento racional, y advierte del peligro de la resistencia. Como consecuencia de ello, la neolengua desarrolla su peculiar sintaxis que, a pesar de estar estrechamente vinculada a la del lenguaje ordinario, rehúye celosamente el encuentro con la realidad y la lógica de la discusión racional”   (Roger Scruton).  

La intención de la neolengua es  “proteger a la ideología del malintencionado ataque de lo real”.

La visión totalitaria que transmite la neolengua actual, por ejemplo la propia de la ideología de género, se caracteriza por su intransigencia radical y su rechazo a todo diálogo. No se dialoga, se impone. No se educa, se formatea. Su divisa es perseguir a todos los díscolos que no se sometan a su ideal totalitario. Y resistir equivale a morir, al menos, por ahora, civilmente. 

¿Puede  una democracia convertirse en totalitaria? Es un proceso que ha comenzado en nuestros días. 

miércoles, 2 de julio de 2025

"Nada es sagrado": una civilización moribunda


El suicidio de una civilización

por Anthony Esolen
(fragmento)



Supongamos que se le hiciera la siguiente pregunta a un antropólogo, apartado del ruido y furia de la política actual: ¿cuáles serían los signos de una cultura moribunda, o de una cultura suicida? (...) 

    Tal cultura se preocuparía más por la muerte que por la vida; y esa preocupación se manifestaría en varios modos. Promovería el derecho a morir según la propia voluntad, pero no el derecho a vivir, sino tan sólo el permiso de vivir, mientras uno posea ciertas cualidades que la gente reconozca como útiles o aceptables en el redil; y cuáles sean esas cualidades y cómo deban ser reconocidas cambiaría con las exigencias políticas y los sentimientos. La vida no es un don, sino meramente una cosa, para ser tirada a voluntad, como la basura. Nada es sagrado: ni el cuerpo, ni el alma, ningún lugar, ningún objeto, ningún nombre, ninguna persona humana, no lo es la historia, ni las canciones, ni Dios.



    Aún así, esta voluntad de morir no es ni valiente ni generosa. El joven audaz que guarda su puesto en el campo de batalla está dispuesto a morir, no porque esté cansado de su vida sino porque está tan lleno de vida, y tan conmovido por sentimientos de camaradería por sus hermanos de armas que puede entregar su vida en la trinchera. Los soldados que quieren morir ya han perdido. Cuando un anciano o un enfermo dice “No va más” da su negativa, como decía Chesterton, a todo el universo. Generalmente, corre hacia la muerte porque tiene miedo al sufrimiento, que en una cultura moribunda, ha perdido su significado. Nada es sagrado. (...).

    En una cultura moribunda, los que no se suicidan, no ven mayor belleza en la vida humana, ni siquiera en lo que el poeta ciego Milton dijo que más extrañaba: “el divino rostro humano”. Un artículo reciente identificaba como una fotografía del siglo pasado, la foto de un pequeño bebe en el útero, de apenas dieciocho semanas, pero la autora se apresuró a asegurar a sus lectores que sería un error usar esa fotografía como un argumento contra los “derechos reproductivos” de las mujeres. Los eufemismos, el sentimentalismo calloso, y las abstracciones saludan a los portones de la muerte: Abtreibung Macht Frei (El aborto os hará libres). Que la fotografía mostrara un ser de sobrepujante y misteriosa belleza, un don, un objeto de asombro, incluso un ser hecho a imagen de Dios, no podía imaginarlo la autora, o le resulta inconfesable. Nada es sagrado.

    Semejante gente, podríamos esperar, olvidaría el alma y estaría obsesionada con el cuerpo, pero no el cuerpo como poseedor algún significado intrínseco. Trabajarán el cuerpo, lo golpearán, lo agujerearán, lo plastificarán, garabatearán grafitis sobre el cuerpo, y en general lo reducirán a una herramienta del hedonismo o a un pobre intento de auto expresión en un mundo en el que no habrá nada importante que expresar. Nada es sagrado. Su arte no habitará amorosamente en el rostro humano o en la natural gracia y expresividad de las posturas humanas. Será carne por la carne misma y rostro por la carne misma. Hablarán del cuerpo como de una máquina y se referirán con escasa sinceridad a su “rendimiento”.

    En materia sexual no habrá asombro, ningún sentido de lo que son los sexos, ninguna gratitud del hombre hacia la mujer ni de la mujer hacia el hombre. La ingratitud, la impaciencia y la renuencia a soportar los defectos del sexo opuesto se manifestará en la esterilidad voluntaria, asumiendo tres formas. Primero, un odio o temor por la propia fertilidad, que llevará a la esterilización voluntaria, porque la esterilidad es, antropológicamente, vecina de la muerte. Segundo, un rechazo al matrimonio, o una completa falta de interés por él, sea el matrimonio ordinario del hombre y la mujer o el matrimonio espiritual que se abraza como religioso; la fiesta de bodas a la que Jesús compara el reino de Dios ya no tiene atractivo. Nada es sagrado. Tercero, una adhesión a un falso matrimonio por medio de una falsa unión sexual; la deliberada y sacrílega perversión de las propias aptitudes sexuales, tal como arrojar la semilla de la vida a una cloaca, el lugar de los residuos y la decadencia.

    Ellos que aplastarían, desmembrarían, o freirían en sal a ese niño asombrosamente bello en el útero de su madre, seguramente no tendrán escrúpulos en invadir el refugio de la bendita inocencia de un niño, durante el tiempo en que sus deseos sexuales están dormidos o latentes, ese largo tiempo en que los chicos necesitan aprender quienes son y qué son, destinados a crecer para ser maridos y padres, esposas y madres confidentes. Jesús tiene palabras duras para referirse a aquellos que escandalicen a los pequeños, pero, puesto que nada es sagrado, la gente de esta cultura moribunda estará ansiosa para unir a los niños a su corrupción y hedonismo sin sentido adornado como siempre con eufemismos, como lápiz labial y pelucas en una calavera. Una horrenda drag queen instruyendo a pequeños niños sobre cómo plegar sus testículos dentro de sus cuerpos y anudarlos allí - la muerte jactándose de la muerte.

    La gente de una cultura moribunda no produce ningún arte digno de ese nombre. El aburrimiento se entroniza pesadamente en el alma. Nada es sagrado. Los poetas románticos del siglo diecinueve, a menudo residualmente cristianos a lo sumo, creían que el impulso para el gran arte, la música y la poesía debía ser divino. ¿Qué los inspira? Aquellos que pierden lo divino pierden también lo humano. Es como dice Jesús, que a aquéllos que buscan el reino de Dios, les serán dados todos los bienes de la tierra. La inversa es también verdad: a aquéllos que tienen poco, a aquéllos que buscan sólo los bienes terrenos, incluso lo poco que tengan les será quitado. El arte de la cultura moribunda no sólo pierde su excelencia. Desaparecen variedades enteras de artes; a nadie le importan ya; a nadie le interesa aprender con gran paciencia y muchos errores, o apreciar, lo que también requiere paciencia, o preservar. Muchas de las habilidades que el verdadero artesano requería, a menudo habilidades sin nombre, conocidas por su mano, su ojo o su oído, se han olvidado. Los artistas y arquitectos se vuelcan a lo horrible, lo brutal e inhumano.

    El pueblo de una cultura moribunda no sólo ahoga su futuro en el vientre. Asesina también a sus ancestros. Mira con envidia a los grandes hombres de su pasado, hombres que, como todos los hombres, fueron imperfectos, pero que construyeron no sólo para sí mismos sino para su posteridad. Se burla de esos grandes hombres y disfruta “desenmascarando” sus leyendas. Nada es sagrado. Caen las estatuas en las plazas públicas, porque ya han caído en los corazones de los hombres. Y no es un hombre en particular el que debe ser pisoteado en el polvo. Todo el pasado del pueblo debe pisotearse; tal vez incluso, todo el pasado de la humanidad, no recibido como un don sino borrado como una carga. Abundan los esquemas utópicos, incluso aunque el decadente arte de la época no ve más que vastas redes de miseria humana por venir. Porque las torres utópicas están cimentadas en el odio por lo que es.

    Todo el humor de la cultura moribunda es gris. La acedia es su pecado dominante, manifestada en la inacción espiritual y en el trabajo incesante por el trabajo mismo, o el trabajo por fines bajos. No hay alegría en su humor. La trivialidad es su nota característica, la risa de los aburridos, lo sobre sofisticado, lo mundano y lo  cansino. Los niños no llenan las calles con sus alegres juegos y risas. Las iglesias están vacías. Las instituciones básicas de la sociedad son débiles, especialmente la familia. La confianza social ha desaparecido. La tradición, que es una forma de confianza social, la unión entre generaciones, es vituperada u olvidada. Nada es sagrado.

    Dante con perspicacia identifica el carácter del infierno como la pérdida de la esperanza, esa virtud teologal que confía en las promesas de Dios. La cultura moribunda podrá usar la palabra “esperanza”, pero nadie cree ya en ella, como lo demuestra espantosamente su fracaso en reemplazarse a sí mismo con los hijos. Nada es sagrado. El optimismo, sonriente y con dentadura de oro, hace su entrada para ocupar el lugar de la esperanza, no apoyando el perdón, la redención y el renacer, sino un juicio inmisericorde contra el pasado, y disertando sobre el cambio, vago y sin dirección definida; sobre algún cambio, cualquier cambio, como el cambio que busca una persona enferma en su cama sacudiéndose y girando tratando de encontrar un alivio que no llega. Los impacientes y enfermos están secretamente asustados de la esperanza, como lo están de la fe y del amor.  Así están preparados para comprar cualquier confianza que se les quiera vender: seremos salvados por la tecnología o por cualquier novedosa maquinaria política. Dennos libertad para alimentarnos y aburrirnos y llenar nuestras horas vacías como queramos, pero quítennos toda libertad que nos requiera exigencias, la verdadera libertad de un alma humana luchando en gracia para acercarse a Dios. 



¿Quién puede insuflar  la vida en semejante estado a fin de que pueda volverse un alma viviente? Sólo Dios puede, pero el pueblo prefiere creer en mentiras, que no hay nada sagrado, en vez de asumir los abundantes deberes y dones de la vida. Quiera Dios insuflar vida en nosotros, lo queramos o no.

(Traducción: Beltrán María Fos)

Leído originalmente en Wanderer

miércoles, 3 de julio de 2024

"Queremos al amo viejo o a ninguno"


Hay frases de nuestra historia argentina que, desde que las aprendí, allá por Cuarto Grado (¡gloria eterna a a aquellas maestras!), han quedado marcadas en forma indeleble en mi memoria. 

Desde la queja de Cisneros (“Ya que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran”) hasta la inolvidable expresión de abnegación de las Damas Mendocinas al donar sus joyas  (“Los diamantes y las perlas sentarían mal  (…) si por desgracia volviésemos a arrastrar las cadenas de un nuevo vasallaje”), pasando por las palabras póstumas del sargento Cabral (“Muero contento, hemos batido al enemigo”), el consejo eterno de San Martín (“Serás lo que debas ser o si no, no serás nada”) o el desafío de Sarmiento (“Las ideas no se matan”).

Hoy quiero referirme a la frase del título. Un militar británico, preso después de las Invasiones Inglesas, le sugiere a Belgrano las ventajas que les traería a estas provincias romper lazos con la “opresora” España para someterse al gobierno “liberal y generoso” (hoy diríamos progresista) de Gran Bretaña. Belgrano, más lúcido en esto que muchos de sus contemporáneos, responde lapidariamente: “Queremos al amo viejo o a ninguno”.

Las cosas son muy distintas en la actualidad.  Hay otras “opresiones” y otros amos. Pero algo sigue igual: también hoy, como ayer, quienes quieren ser amos ocultan su voluntad opresora y la disfrazan de “generosa liberación”.



Con el Amo Viejo podíamos hacer chistes.  Todos nos reíamos de buena gana y nadie se ofendía por ellos.

El Amo Nuevo, en cambio,  nos quiere convencer de que esos chistes eran intolerantes y reproducían prototipos estereotipados, de manera que nos indica que debemos liberarnos de ellos; y no sólo nos lo indica, sino que nos prohíbe hacer esas bromas, y nos multa o arresta (en nombre de la libertad y la tolerancia) si las hacemos.

Con el Amo Nuevo parecemos más libres, 
pero estamos más tristes.


Con el Amo Viejo estábamos obligados a venerar a las madres; incluso  la palabra “mamá” era sagrada.  

El Amo Nuevo nos quiere convencer de que “mamá” es casi una mala palabra y de que hay que suplantarla por “sujeto gestante”. El Amo Nuevo nos dice también que prescindir de las mamás es un avance, una conquista, una liberación. Las mamás son innecesarias, son superfluas; es más, son un estorbo. 

Con el Amo Nuevo parecemos más libres, 
pero estamos más solos.


Con el Amo Viejo estábamos obligados a cederles el asiento a las damas,  a dejarlas pasar primero, a ejercer con ellas aquellas formas especiales de cortesía que se llamaban “caballerosidad”. 

El Amo Nuevo nos quiere convencer de que esos son gestos caducos de un machismo retrógrado, por lo que ordena, por ahora, que seamos increpados públicamente (y en poco tiempo ordenará que seamos multados) en caso de que se nos ocurra ser amables con una mujer por el solo hecho de serlo. 

Con el Amo Nuevo parecemos más libres, 
pero somos más burdos.


Con el Amo Viejo estábamos obligados a respetar a los maestros y en general a la escuela. 

El Amo Nuevo nos quiere convencer de que ese respeto era alienante y de que  lo liberador es tomar colegios, insultar a los docentes, apelar a la justicia si te pusieron un 1, hacer una sentada si suspendieron a un compañero por escupirle a una maestra... La escuela, reproductora caduca de modelos obsoletos, es nuestra enemiga. 

Con el Amo Nuevo parecemos más libres, 
pero estamos menos educados.


Con el Amo Viejo estábamos obligados a no decir groserías en público, o ante una dama, o en la televisión; estábamos obligados a no exhibir delante de niños aquellas situaciones, palabras o imágenes que pudieran ser perturbadoras para su inocencia. 

El Amo Nuevo grita ¡Censura!  y no sólo permite, sino que fomenta y difunde, a toda hora y por todos los medios, toda clase de exabruptos, procacidades, improperios, ordinarieces e impertinencias. A todo eso, el Amo Nuevo lo llama “libertad de expresión”. 

Con el Amo Nuevo parecemos más libres, 
pero somos más brutos.


Con el Amo Viejo estábamos obligados a  pensar y a decir que “lo primero es la familia”. La fidelidad matrimonial, el respeto por los mayores, el desvelo por las embarazadas y por los niños que ellas llevaban en su vientre, el respeto por el pudor, la reunión alrededor de la misma mesa, eran valores que a todos obligaban. 

El Amo Nuevo nos quiere convencer de que la familia es una organización opresora,  y por eso la ataca de todos los modos posibles, se burla de los valores que encarna, la cuestiona con sorna.  

Con el Amo Nuevo parecemos más libres, 
pero estamos más angustiados. 


Con el Amo Viejo estábamos obligados a afirmar que “el fin no justifica los medios”.   Ningún objetivo o propósito que nos trazáramos, ni siquiera el más noble, podía justificar la adopción de medios malos.  

El Amo Nuevo, con mucha sutileza, nos quiere convencer de que esa máxima de la moral de todos los siglos impide nuestra libertad; por ello nos enseña que para el logro de nuestro fines, cualquier medio es válido. La “liberación” que nos propone el Amo Nuevo no se detiene ante minucias como los derechos de las demás, sin importar si se trata del derecho a transitar, o de la vida de los no nacidos. Da lo mismo. Tu fin justifica tus medios. 

Con el Amo Nuevo parecemos más libres, 
pero somos más malvados.


El Amo Viejo nos hacía pensar más o menos de la misma manera a todos. 

El Amo Nuevo hace lo mismo, sólo que tiene el cinismo de decir que lo hace en nombre de la liberación que generosamente nos concede. No tolera, en nombre de esa libertad, ninguna opinión que se oponga al pensamiento “políticamente correcto”: tiene que gustarnos lo que a él le gusta, tenemos que decir lo que él quiere que digamos. Y si no lo hacemos, nos acusa de discriminación. 

Con el Amo Nuevo parecemos más libres, 
pero somos menos pensantes.



El Amo Viejo nos obligaba a muchas cosas. ¡Eran pesadas sus cadenas!

Pero el Amo Nuevo… ¡ay, el Amo Nuevo!  Nos habla de “apertura”, pero es terriblemente cerrado; nos habla de “tolerancia”, pero es visceralmente intolerante; nos habla de libertad, pero su gobierno apenas se distingue de una dictadura; nos habla de “progreso”, pero nos hace progresivamente cada vez más infelices, más débiles, más tristes, más  susceptibles, más violentos, más brutos, más burdos, más malos.

Queremos al Amo Viejo, o a ninguno.