En varias entradas consecutivas compartiremos una nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia, edición que correspondió a los meses de enero/marzo de 1976.
Se titulaba "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre Rubén Boria op.
Hoy publicamos la primera reflexión: "María y la Palabra". La imagen pertenece a un vitral en la iglesia porteña de la Natividad de María; tomamos la foto en mayo de 2024.
1. MARÍA Y LA PALABRA
“María y José no comprendieron la respuesta que Jesús les dio. Bajó con ellos v vino a Nazaret v vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 50-51).
Gracias a
la catequesis continua de la Iglesia, ofrecida de modo particular en los
últimos años. una nueva devoción ha brotado en el corazón de los católicos: la
devoción por la Palabra de Dios. Debido a los avances de los estudios escriturísticos
y patrísticos y, en particular, de los documentos del Concilio y de las
catequesis del Papa reinante, los católicos hemos redescubierto el manantial de
vida que, junto con los sacramentos, nos viene de la Biblia. Palabra contenida
en la Escritura a la que nos acercamos no sólo para leerla, sino primordialmente
para escucharla
Su
Santidad el Papa Pablo VI dedicó una de sus catequesis semanales para hablarnos
de la presencia viva de Cristo en nuestra Iglesia, y nos habló de presencias
reales distintas de la única presencia real a la que estaban acostumbrados
nuestros oídos y nuestro corazón.
Parafraseando
al Concilio, nos recordó que Cristo también está presente en la Escritura como
misterio, como sacramento gracias al cual cada uno de los hombres en cada una
de las épocas, puede escuchar la Voz viva de Dios que lo sigue interpelando
personalmente.
San
Francisco de Asís entró un día a la pequeña iglesia de San Damián, y cuando el
diácono proclamaba el evangelio de la pobreza, supo que Dios quería desposarlo
con ella. Santo Domingo, en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, entendió
para qué lo quería Dios en su Iglesia y concibió como pocos la idea de la vida
apostólica. Santa Teresa del Niño Jesús, reflexionando sobre las exigencias del
evangelio comprendió su espiritual itinerario. Y en nuestros días, Sor Isabel
de la Trinidad, atenta a las cartas de san Pablo, ofreció toda su vida para
"alabanza de Su gloria".
Del mismo
modo que Jesús se da a muchos en la Eucaristía y, sin embargo, se entrega a
cada uno como si no se diese a otro al mismo tiempo, así Jesús continúa hablando
hoy a cada uno, como si no hablase a otros al mismo tiempo.
Sin
embargo, su Palabra es, muchas veces, difícil. Sus exigencias se nos presentan
conflictuantes. Sus Voces no encuentran el eco favorable en nuestra alma. Como
Marla después del encuentro del Niño en el Templo, tenemos que reconocer que no
comprendemos sus palabras. Que no podemos interpretar sus respuestas.
Pero, a
pesar de ello, nos dice san Lucas que María intentó comprenderlas. Quiso entenderlas
meditándolas en su corazón, a pesar de las tinieblas.
María, conocedora como era de la revelación mesiánica, comprendió inmediatamente, al anuncio del Ángel, las exigencias de Dios y los riesgos que entrañaba su entrega. Mas cuando Jesús tenía doce años, no alcanzó a comprender sus palabras.
Su
actitud es la que conviene imitar cuando también para nosotros la Palabra no
sea clara. Cuando lo que nos dice Dios nos parezca confuso. Cuando lo que nos
pida el Señor nos disguste: meditar en nuestro Corazón esa Palabra oída.
Repetir en nuestro espíritu la Palabra escuchada...
Y
entonces, como ocurrió a María, sentiremos un eco cada vez más claro, una interpelación
cada más elocuente, y el Espíritu, que tiene como misión hacernos comprender
todas las cosas, nos iluminará y nos enseñará el sentido pleno, la exigencia escondida
y la respuesta única que espera esa Palabra. Como Nuestra Señora, podremos decir:
─¡Hágase en mí según tu Palabra!
Nuestra Señora, atenta a la Palabra, ruega por nosotros.
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