miércoles, 8 de julio de 2026

"Siete homilías sobre la Virgen María" (nota 1 de 4)

En varias entradas consecutivas compartiremos una nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia, edición que correspondió a los meses de enero/marzo de 1976.

Se titulaba "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre Rubén Boria op.

Hoy publicamos la primera reflexión: "María y la Palabra". La imagen pertenece a un vitral en la iglesia porteña de la Natividad de María; tomamos la foto en mayo de 2024.




 

1. MARÍA Y LA PALABRA

“María y José no comprendieron la respuesta que Jesús les dio. Bajó con ellos v vino a Nazaret v vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 50-51).

Gracias a la catequesis continua de la Iglesia, ofrecida de modo particular en los últimos años. una nueva devoción ha brotado en el corazón de los católicos: la devoción por la Palabra de Dios. Debido a los avances de los estudios escriturísticos y patrísticos y, en particular, de los documentos del Concilio y de las catequesis del Papa reinante, los católicos hemos redescubierto el manantial de vida que, junto con los sacramentos, nos viene de la Biblia. Palabra contenida en la Escritura a la que nos acercamos no sólo para leerla, sino primordialmente para escucharla

Su Santidad el Papa Pablo VI dedicó una de sus catequesis semanales para hablarnos de la presencia viva de Cristo en nuestra Iglesia, y nos habló de presencias reales distintas de la única presencia real a la que estaban acostumbrados nuestros oídos y nuestro corazón.

Parafraseando al Concilio, nos recordó que Cristo también está presente en la Escritura como misterio, como sacramento gracias al cual cada uno de los hombres en cada una de las épocas, puede escuchar la Voz viva de Dios que lo sigue interpelando personalmente.

San Francisco de Asís entró un día a la pequeña iglesia de San Damián, y cuando el diácono proclamaba el evangelio de la pobreza, supo que Dios quería desposarlo con ella. Santo Domingo, en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, entendió para qué lo quería Dios en su Iglesia y concibió como pocos la idea de la vida apostólica. Santa Teresa del Niño Jesús, reflexionando sobre las exigencias del evangelio comprendió su espiritual itinerario. Y en nuestros días, Sor Isabel de la Trinidad, atenta a las cartas de san Pablo, ofreció toda su vida para "alabanza de Su gloria".

Del mismo modo que Jesús se da a muchos en la Eucaristía y, sin embargo, se entrega a cada uno como si no se diese a otro al mismo tiempo, así Jesús continúa hablando hoy a cada uno, como si no hablase a otros al mismo tiempo.

Sin embargo, su Palabra es, muchas veces, difícil. Sus exigencias se nos presentan conflictuantes. Sus Voces no encuentran el eco favorable en nuestra alma. Como Marla después del encuentro del Niño en el Templo, tenemos que reconocer que no comprendemos sus palabras. Que no podemos interpretar sus respuestas.

Pero, a pesar de ello, nos dice san Lucas que María intentó comprenderlas. Quiso entenderlas meditándolas en su corazón, a pesar de las tinieblas.

María, conocedora como era de la revelación mesiánica, comprendió inmediatamente, al anuncio del Ángel, las exigencias de Dios y los riesgos que entrañaba su entrega. Mas cuando Jesús tenía doce años, no alcanzó a comprender sus palabras.

Su actitud es la que conviene imitar cuando también para nosotros la Palabra no sea clara. Cuando lo que nos dice Dios nos parezca confuso. Cuando lo que nos pida el Señor nos disguste: meditar en nuestro Corazón esa Palabra oída. Repetir en nuestro espíritu la Palabra escuchada...

Y entonces, como ocurrió a María, sentiremos un eco cada vez más claro, una interpelación cada más elocuente, y el Espíritu, que tiene como misión hacernos comprender todas las cosas, nos iluminará y nos enseñará el sentido pleno, la exigencia escondida y la respuesta única que espera esa Palabra. Como Nuestra Señora, podremos decir:

    ─¡Hágase en mí según tu Palabra!

        Nuestra Señora, atenta a la Palabra, ruega por nosotros.

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