miércoles, 29 de julio de 2026

"Siete homilías sobre la Virgen María" (nota 4 de 4)

Cuarta y última entrega de la nota publicada en el número 24 de la revista Liturgia (enero/marzo de 1976): "Siete homilías sobre la Virgen María", del padre Rubén Boria de la Orden de Predicadores. Hoy publicamos la sexta y la séptima reflexión. 

Compartimos imágenes de tres iglesias de Buenos Aires. Todas las fotografías son propias. 


6. MARÍA Y EL APOSTOLADO

 

“El modelo perfecto de espiritualidad apostólica es la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, la cual, mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares v de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador” (Vaticano II, Apostolicam actuositatem, 4).

Apenas reflexionamos unos instantes acerca de nuestro concepto habitual de "apostolado", inmediatamente percibimos un tremendo disloque entre lo que tal término nos propone y lo que efectivamente significa. Por un lado, todos los cristianos estamos compulsados a realizarlo. Todos debemos sentirnos, frente al Evangelio, responsables de entregar nuestras fuerzas y nuestra vida, a fin de que todos los hombres, nuestros hermanos, lleguen al conocimiento de la Verdad y se salven. Debemos ser los que, con nuestro ejemplo y nuestra palabra, susciten entre los hombres su adhesión a Dios, creyendo, esperando y amando. Debemos gastarnos para que los hombres crean en Dios y le crean a Dios. Para que los hombres esperen en Dios y lo esperen a Dios. Para que los hombres amen a Dios y aprendan a amar a los demás en Dios.

Y, sin embargo, al mismo tiempo, comprendemos que la fe, la esperanza y la caridad que compendian la adhesión a Dios, de ningún modo pueden ser obra nuestra. Que solamente Dios puede concederlas. Que tienen a Dios como su causa y a su meta.

Y nos sentimos como quienes están invitados a realizar lo imposible. Como quienes se sienten compelidos frente al absurdo.

Y es entonces cuando miramos a María, nuestra Hermana mayor. Cuando intentamos descubrir en Ella a la proclamada Reina de Apóstoles, la fiel discípula del Evangelio, para vislumbrar, de algún modo, su apostolado.

Y su respuesta es clara y segura. Nos dice simplemente con su vida, que el oficio de apóstol se sintetiza en concebir primero a Cristo, para solamente así poder ser capaces de entregarlo a los hombres. Que, así como Ella concibió y luego dio a Cristo al mundo, sólo poseyéndolo tendremos luego capacidad para hacerlo conocer a los hombres.

Iglesia de Nuestra Señora de Belén
(parroquia San Pedro Telmo)


Nos dice que un verdadero apóstol es aquel que puede vivir colgado entre el cielo y la tierra. Que, como Ella, Mediadora de todas las gracias, a nosotros nos corresponde ser simples puentes que unan el cielo con la tierra. Que, como Ella, debemos conocer los dolores, las miserias y las angustias de los hombres, para poder presentárselas continuamente al Dios de las misericordias. Y que debemos conocer a Dios, intimar con Él, para poder arrancarle las gracias que tanto necesitan los hombres.

 

Iglesia de San José de Calasanz

Amigo de Dios y amigo de los hombres, como Ella lo fue, podría ser nuestra definición de apóstoles

María, Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros.

 

 

7. MARIA SANTISIMA Y EL ROSARIO

“Cristo, siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre. Y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre” (Filip 2, 6-9).

El Papa Pablo VI, en su Exhortación Apostólica "Marialis Cultus", nos asegura que el texto precedente, primitivo anuncio de la fe: humillación, muerte, exaltación, se encuentra reflejado en el Rosario. En momentos en que por no comprender las riquezas inagotables de esta devoción nos sentimos tentados a abandonarla, intentemos reflexionar a fin de revalorizarla.

Cuando contemplamos nuestro itinerario espiritual, advertimos inmediatamente que no siempre hemos rezado el Rosario del mismo modo. Que también el esquema de Santo de Tomás aplicado a la caridad, según el cual en nuestra vida espiritual existen diversas etapas comparables a las de nuestro crecimiento material, nos recuerda que hubo momentos de principiantes, de adelantados y de perfectos, en nuestra devoción mariana.

Al principio se confundía simplemente con nuestra oración vocal. Repetíamos sin cansarnos (“El amor tiene una sola palabra, y diciéndola muchas veces, no la repite jamás”) las cosas más lindas que podíamos decirle a María. Eran requiebros, piropos que brotaban de nuestro corazón, con los que le decíamos que era la “llena de gracia”, que “el Señor estaba con Ella”, que era “bendita entre todas las mujeres”, que “Jesús era el  fruto bendito de su vientre”,  que es la “Madre de Dios”, que tiene como misión interceder siempre por nosotros, los pobres pecadores...

Basílica del Espíritu Santo
(Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe)


Pero gradualmente, fue creciendo nuestra admiración por María; y el Rosario, además de instrumento de oración, se fue transformando en escuela magnífica de contemplación. María decía orden necesario a Dios. Era toda relativa a Dios. No podíamos pensar en María sin pensar en Dios.

Y, lentamente, fuimos anexando su vida, su persona, a todo el misterio de Jesús. La contemplábamos inseparablemente unida a Dios. Era en verdad el trampolín que nos arrojaba en Dios. En la Encarnación, su vientre fue el tálamo nupcial en el que el Verbo se había desposado con la carne humana En la Visitación comprendíamos lo que Jesús significaría en la vida interior de María. En el Nacimiento la contemplábamos como el modelo acabado del apóstol, necesitado siempre de engendrar a Dios en sus entrañas para poder después anunciarlo y entregarlo. Junto a Jesús y jamás sin Él, la contemplábamos de pie en el Calvario. La veíamos como la primera beneficiada de la Resurrección, la que como nadie imploraba las promesas del envío del Espíritu sobre la primitiva Iglesia. Jamás sin Jesús. Comprendida siempre desde Jesús.

Después, el Rosario nos resultó la síntesis más acabada de toda la maravillosa Historia de la salvación. La historia que nos asociaba necesariamente al plan trazado por el Padre, realizado por Cristo y prolongado por el Paráclito. Ese Plan que podía sintetizarse diciendo que el Padre había prometido y enviado a su Hijo. Que el Hijo hecho carne había colgado nuestros pecados del madero de la Cruz resucitando al tercer día, y que el Espíritu Santo prolongaría la obra redentora de Cristo en su Iglesia, hasta la Parusía.

Los misterios de gozo nos unían al plan, al desarrollo y al cumplimiento de las promesas. Eran como el Adviento, la Navidad y la Epifanía que a lo largo del año nos entregaba la Iglesia.

Los misterios de dolor nos unían al que había entregado su vida por nosotros, y eran como la Cuaresma y la celebración cotidiana del misterio pascual de Cristo.

Los misterios de gloria nos unían al Espíritu prometido y enviado a fin de hacernos comprender todas las cosas. Eran Pentecostés y la presencia siempre actuante del Espíritu hasta el nuevo anuncio de la nueva venida.

Y si finalmente María aparecía como el personaje central de los dos últimos misterios, la contemplábamos como Aquella que como nadie había cooperado a nuestra obra de salvación.

Basílica del Espíritu Santo
(Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe)


De este modo, el Rosario, de escuela de oración se fue transformando lentamente en escuela de contemplación del misterio cristiano. Y de ese modo, nos sigue envolviendo con su sombra protectora.

Reina del Santísimo Rosario, ruega por Reina nosotros.

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