miércoles, 2 de enero de 2019

Es urgente la misión

“¡Es urgente la misión!”

Comentario a “Las misiones católicas”, de José María Iraburu



Navegando por la Red, en un sitio español dimos con un artículo de Eleuterio Fernández Guzmán sobre el libro “Las misiones católicas” de José María Iraburu. Rehicimos totalmente dicho artículo y lo sintetizamos tratando de mantener lo sustancial y adaptarlo al lector medio argentino, teniendo en cuenta que el planteo es totalmente actual y verdadero, también entre nosotros. Todos los párrafos que están entre comillas comunes (“a”) son citas del libro del P. Iraburu. Las citas bíblicas y de documentos de la Iglesia se indican  con otro tipo de comillas («a» o ‘a’) según el contexto. Las citas de documentos de la Iglesia, además, están en rojo.



“Es urgente la misión”: el título del libro que da origen a esta nota sintetiza a la perfección el sentido del texto, que está relacionado con un aspecto fundamental de la evangelización: la misión que transmite la Buena Noticia de Jesús.

El estudio del P. Iraburu acerca de la situación actual por la que pasa la misión católica, señala exactamente el quid de la cuestión en relación con la salud de la Esposa de Cristo. Una y otra vez vuelve el tema preocupante del freno que se está imprimiendo a la misión con las nuevas formas de llevarla a cabo o simplemente con la intervención de determinadas líneas de pensamientos que se dan en algunos ambientes dentro de la Iglesia Católica.

Hay que partir, para comprender la importancia de la misión, de algo que es muy importante y sin lo cual nada de lo demás se entiende: “La Iglesia, para poder evangelizar el mundo, necesita estar fuerte en el Espíritu Santo”.

Ahora bien, se puede ser fiel al Espíritu Santo o bien no serlo. Y esto tiene sus consecuencias: “aquellas Iglesias locales que fallan en su fidelidad al Señor y en su docilidad al Espíritu Santo, aquellas en las que abundan los errores teológicos, así como los abusos morales, litúrgicos y disciplinares, quedan débiles y enfermas, sin vocaciones, sin fuerza para el apostolado y para las misiones”.

Así,  Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Missio dice que «la misión específica ad gentes parece que se va parando, no ciertamente en sintonía con las indicaciones del Concilio y del Magisterio posterior. Dificultades internas y externas han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo. En efecto, en la historia de la Iglesia, este impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad , así como su disminución es signo de una crisis de fe»  (Encíclica Redemptoris Missio, 2).

“Esta crisis de fe, que trae consigo la debilitación de las misiones, es hoy real en no pocas Iglesias, y como siempre, está causada principalmente por la difusión de errores contrarios a la fe”.



Un ejemplo a seguir

Si hay una persona que, a nivel evangelizador, se ha de tener en cuenta, es San Francisco Javier. “No obstante la breve duración de su acción evangelizadora, once años y medio, ha sido, sin duda, uno de los más grandes misioneros de la historia de la Iglesia”, dada “la parresía apostólica, la audaz fortaleza que mostró siempre, arriesgando en ello gravemente su vida, para afirmar la verdad y negar el error”. Conviene que consideremos atentamente, en consecuencia, si su espíritu sigue siendo el espíritu de la misión.

En principio, parecería que “el modo de misionero de Javier es hoy perfectamente válido y ejemplar”. Y esto es bueno, porque supone que, en efecto, sirve para evangelizar, y, además, que debería ser tenido como ejemplo de una forma verdaderamente evangélica de llevar la Palabra de Dios al mundo entero. Pero “actualmente, sin embargo, son muchos quienes estiman justamente lo contrario”.

“No pocos de los que estiman como un gran misionero a San Francisco Javier admiran su santidad y su gran coraje para predicar el Evangelio, pero consideran que sus planteamientos misioneros están hoy completamente superados”. Es decir que una cosa es la figura del santo misionero y otra, al parecer, muy distinta, que se pueda tener en cuenta lo que hizo para hoy día. Según quien así piensa, en realidad, Francisco Javier está algo pasado de moda, como si el Evangelio también lo estuviera.

Lo nuevo y lo malo de lo nuevo

Lo que pasa es que parece que existen “nuevos modos de misión”. Sin embargo, cuando rompen con lo que supone una “fidelidad perfecta a una misma verdad” que es la que el Espíritu Santo, guiando «hacia la verdad completa» (Jn 16, 13), ha ido mostrando a la Iglesia Católica, entonces se genera un grave problema. “Cuando los innovadores enseñan en la teología una ‘novedad’ que rompe la continuidad perfectiva de la tradición de la Iglesia, difunden un error o una herejía”. En efecto, a veces se difunden doctrinas que son inconciliables con ciertas verdades profesadas por la Iglesia siempre y en todo lugar.

¿Cómo evaluar los resultados de los “nuevos modos de misión”? Lo dejó dicho el Mesías y lo recoge el evangelista Mateo (Mt 7, 16): «por sus frutos los conoceréis». En efecto, “el árbol de la verdadera doctrina da buenos frutos, y el falso, malos”.

Por lo tanto no es difícil evaluar los “nuevos modos de misión”: “hemos de considerar negativamente los modos nuevos de misionar cuando comprobamos que, en abierto contraste con la pujanza misionera del comienzo de la Iglesia, o de la Edad Media, o del XVI en América y Oriente, o del siglo XIX y comienzos del XX, allí donde esos modos nuevos se han aplicado en los últimos decenios, se han mostrado absolutamente ineficaces”.


Pero ¿por qué pasa esto?

Pues porque “en realidad, estos modos nuevos de la misión –conviene decirlo abiertamente– son una inmensa falsificación de las misiones, y traen consigo, por supuesto, un fracaso desolador. Juan Pablo II, como veíamos, señala en la Redemptoris Missio que la fuerza activa de las misiones parece que se va parando, y ve en esta disminución de las misiones el signo de una crisis de fe”.

Entonces, lo que, en realidad, se está produciendo es, simplemente, que la misión se ha detenido y se ha ofuscado por los nuevos modos de entender la misión, los cuales han falsificado lo que, propiamente hablando, ha de ser la misión católica.



Veamos, pues cuáles son estos “nuevos modos de entender la misión”, porque de ellos se deducen muchas consecuencias negativas para la labor misional de la Iglesia:



1)    No luchar contra el pecado, sino contra sus consecuencias

“La misión de los misioneros es la misma que [Cristo] recibe del Padre cuando viene al mundo: ‘Como mi Padre me envió, así también yo os envío’ (Jn 20,21). Ahora bien, sabemos que el Hijo divino se hace hombre para ser ‘el Cordero que quita el pecado del mundo’ (Jn 1,29). Sabemos ciertamente –Él mismo lo ha dicho– que ha venido para ‘llamar a los pecadores a conversión’ (Lc 5,32); que entrega su sangre para obtenerles ‘el perdón de los pecados’(Mt 26,28), y que, por tanto, ‘en Él tenemos la redención, el perdón de los pecados’ (Col 1,14). En efecto, ‘Él se ha manifestado al final de la historia para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo’ (Hb 9,26)”.

Por lo tanto, el fundamento de la misión es, sobre todo, tratar de “vencer, con la gracia del Salvador, el pecado del mundo”.

Sin embargo, “los nuevos modos de misión combaten no tanto el pecado, sino las consecuencias del pecado, desfigurando y frenando así la misión de Cristo”. Así, “la misión secularizada yerra gravemente cuando se limita sobe todo a remediar las consecuencias del pecado. Trivializa de este modo la naturaleza de los males del mundo, ignora el pecado original, la esclavitud del Maligno y la necesidad de la gracia de Cristo”.



2)    Hacer el bien, pero no dar testimonio de la verdad

Es bien cierto que no se puede negar que los nuevos modos de la misión hagan el bien. Sin embargo, esto no basta porque lo que se hace, actuando como arriba se ha dicho, es provocar “la falsificación de la vocación misionera, según la cual la misión no estaría centrada por el mismo Cristo en la evangelización, es decir, en el testimonio de la verdad, sino en las actividades benéficas que en favor de los hombres puedan realizarse”. Como “el bien mayor y más urgente es sin duda ‘el testimonio de la verdad’”, actuar de otra forma es no hacerlo como, en verdad, corresponde a un misionero.

Tampoco hay que olvidar que “actualmente las misiones católicas han de dirigirse igualmente a los países pobres y a los países ricos, muchos de éstos de antigua filiación cristiana, y hoy en su mayoría apóstatas”.

Entonces, en atención a las necesidades espirituales, “la mayor caridad que se puede tener con los ricos y con los pobres es decirles la verdad: que en esta vida, según sea buena o mala, se están jugando la vida eterna”. Ocultar tal verdad es, ciertamente, un gravísimo error.



3)    Dialogar sí, pero predicar no. Y dialogar… tampoco

Nadie puede negar que el diálogo resulte fundamental para que la misión evangelizadora se lleve a cabo de forma adecuada. Sin embargo, según recoge la declaración Dominus Iesus, aunque el diálogo forme parte de la misión evangelizadora«constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su misión ad gentes. La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo —que es el mismo Dios hecho hombre— comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad, debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo.«Para el pensamiento relativista, diálogo significa poner en el mismo plano la propia posición o la propia fe y las convicciones de los demás, de tal manera que todo se reduce a un intercambio de posiciones de tesis fundamentalmente iguales y, en consecuencia, relativas entre sí, con la finalidad superior de lograr el máximo de colaboración y de integración entre las diversas concepciones religiosas» (Declaración Dominus Iesus, 22).

Para que la misión se lleve a cabo de forma conveniente, “diálogo y predicación han de ir juntos en la acción misionera” y el “diálogo misional debe pretender la conversión de los hombres, y no debe prolongarse indefinidamente”.



4)    Enseñar “valores” en vez de predicar a Cristo Salvador

Encierra un grave peligro el pretender no predicar al Mesías como Salvador sino limitarse a dar a conocer unos “valores” que, aunque sean importantes, no pueden ser el objeto de la misión. “Ésta es otra variante de la secularización del apostolado y de la misión: predicar valores sin predicar a Jesús, el Salvador. Es puro pelagianismo proponer valores morales enseñados por Cristo –verdad, libertad, justicia, amor al prójimo, unidad, paz–, y hacerlo, de un lado, en el mismo sentido en que el mundo los entiende, y de otro, sin afirmar a Cristo como único Salvador que hace posible vivir por su Espíritu esos y todos los demás valores”. Por eso tuvo que decir Pablo VI que un humanismo, sin Cristo, no existe. Y rogó para que los hombres de nuestro tiempo se ahorraran la experiencia fatal de un humanismo sin Cristo.

Claro que “si solamente luchamos contra las consecuencias del pecado, pero no contra el pecado, los cristianos tendremos la aprobación del mundo”…   Lamentablemente, esto ocurrirá, entre otras cosas, porque ya no seremos cristianos…


5)   No pretender la conversión de los hombres

Esto, dicho así, es muy grave porque la Iglesia Católica tiene la misión fundamental de convertir a los hombres a Cristo. Sin esto la Iglesia misma no tiene sentido alguno.

Pues bien, “los ‘nuevos’ misioneros no pretenden la conversión de los hombres. Buscan principalmente solidarizarse con su condición concreta de vida presente y mejorarla en lo posible. Y así lo declaran algunos abiertamente, orgullosos de su actitud: ‘no pretendemos convertir a nadie’. Resulta muy penoso oírles, y comprobar que ‘alardeando de sabios, se hicieron necios’ (Rom 1, 22)”.

A este respecto, es muy triste “que pueda haber párrocos y misioneros que, sin haber quizá convertido a nadie en toda su vida, estiman ‘superados’ los modos pastorales del Cura de Ars y los modos misioneros de Francisco Javier. Resulta patético: estos ministros del Salvador, que no intentan convertir a nadie, permanecen tranquilos en su convicción, y ciertamente consiguen su objetivo con pleno éxito”, pero, eso sí, a cambio de haber traicionado su original función y especial misión.



6)   Testimoniar con la vida, pero no con la palabra

El clima de desorientación que los nuevos modos misioneros están sembrando en el mundo se ve también en el hecho de pretender “ser misioneros sin predicar el Evangelio”. Esto es, sobre todo, absurdo (pues no entra en cabeza católica que tal cosa pueda producirse). Es cierto que en Ad Gentes se reconoce que «en ocasiones, se dan tales circunstancias que no permiten, por algún tiempo, proponer directa e inmediatamente el mensaje del Evangelio; entonces las misiones pueden y deben dar testimonio al menos de la caridad y bondad de Cristo con paciencia, prudencia y mucha confianza, preparando así los caminos del Señor y hacerlo presente de algún modo» (Decreto Ad Gentes, 6) . Pero tales situaciones son circunstanciales; no se puede hacer extensivo el criterio a todas las situaciones que puedan presentarse a los misioneros.

Por cierto, “la Iglesia no-evangelizadora es una Iglesia no-martirial, pues no da en el mundo testimonio de la verdad de Cristo”, lo que va, exactamente, en contra de lo que debe ser.



Desde la teología… falsa

Los “nuevos modos de misión” parten de teologías falsas, que son, por serlo, las que tergiversan el sentido preciso de la misión. ¿Cuáles son sus puntos de apoyo? Estos:

-“Profesan algún modo de agnosticismo filosófico y religioso: no hay una verdad, hay muchas”

-“Niegan la Revelación cristiana, en cuanto verdad divina plena y definitiva, pues creen imposible una revelación del Absoluto infinito en la realidad finita del ser humano, histórica y continuamente evolutiva”

-“Consideran a Cristo como un Maestro espiritual más entre otros Maestros suscitados por Dios en la historia”

-“Confunden el orden natural y el sobrenatural”

-“Afirman que, en cierta manera, todos los hombres, aunque ellos mismos no lo sepan o incluso no lo quieran, estando elevados al orden de la gracia, son de hecho cristianos anónimos, tengan una u otra vía religiosa, o aunque no sigan ninguna”

-“Negando el pecado original, niegan a los hombres una salvación por gracia, por don gratuito que libremente han de recibir de Dios por Cristo”

-“Reconocen, en coherencia s sus principios, ‘otras Revelaciones’ divinas, y estiman las religiones paganas como ‘vías ordinarias de salvación’, complementarias al cristianismo, y no necesariamente inferiores a él”

Y así, no es de extrañar que tengan una visión tan distinta de la misión, y un ejercicio tan distinto y distante del que, por su naturaleza, deberían tener.

Algunos teólogos, con sus posiciones equivocadas acerca de la misma doctrina católica, se muestran favorecedores de los “nuevos modos misioneros” que, según hemos visto, tanto daño están haciendo a la misión. De entre los citados por el autor del libro sólo mencionemos tres, los más conocidos: el P. Karl Rahner sj y su teoría de los “cristianos anónimos”, el P. Leonardo Boff ofm -no sólo antes de secularizarse sino, sobre todo, después-, y el P. Anthony De Mellosj (con “ambigüedades y dificultades notables sobre puntos doctrinales de relevante importancia que pueden conducir al lector a opiniones erróneas y peligrosas”). Lamentablemente, hay muchos más.

Entonces, ¿qué es lo que conviene a la evangelización?

“Lo primero en las misiones católicas ha de ser la evangelización”; esto es lo que mandó Jesús con aquel «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).

“Esta primacía absoluta del ministerio de la evangelización es reiterada en el Vaticano II cuando trata de los Obispos (Christus Dominus 12), de los presbíteros (Presbyterorum Ordinis 4), de los misioneros (Ad Gentes 5)”.

Resulta de una vital importancia “suscitar entre los hombres (…) la fe en Cristo, la conversión de los pecados, la filiación divina, la bienaventuranza inmensa de la vida en la Iglesia”.

Así, además de indicar qué es lo que, en verdad, debe ser el objeto de la misión, hay que mencionar qué es conveniente para que las misiones católicas se renueven: “La nueva evangelización exige, evidentemente, recuperar la fe en la verdad de los Evangelios y en las grandes certezas de la doctrina católica”. Y todo ello en el marco de una consideración fundamental que no deberían olvidar los sujetos activos de las misiones católicas: “Hoy el Evangelio es y será predicado, como siempre, en el Espíritu Santo, el único que puede renovar la faz de la tierra, en la Palabra divina tal como viene expresada en el Nuevo Testamento, en la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica, es decir, en el espíritu y en las palabras del Bautista y de nuestro Señor Jesucristo, de Esteban y de Santiago, de Pedro y Pablo, en el espíritu y en las palabras de San Francisco Javier, Patrono de las misiones católicas”.

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