Hace muchos siglos, en un planeta muy, muy lejano, había un país llamado Tiresio.
El país era bonito y fecundo, pero sus habitantes -un poco haraganes, un poco individualistas y un poco rudimentarios- no lograban la bonanza que deseaban y nunca alcanzaban el bienestar que pretendían.
Los tiresios se miraron desconcertados, pero tras la sorpresa inicial tomó la palabra el líder de los tiresios: “Emperador, es atrayente tu oferta, pero ¿qué nos pedirás a cambio?”.
“Nada importante —respondió el Emperador—: sólo deseo que me entreguéis vuestras instituciones, que me hagáis dueño absoluto de vuestros tribunales y que me consagréis árbitro de vuestras leyes”.
Los tiresios decidieron reunirse en asamblea y debatir qué hacer ante tal propuesta. “Hace años que tenemos instituciones y leyes; algunas funcionan mejor y otras peor —afirmó uno de ellos en la reunión—, pero, digamos la verdad: no nos han dado bonanza económica. ¿Para qué las queremos?”. Todos los presentes asintieron, y al día siguiente el líder de Tiresio comunicó al Emperador que aceptaban su propuesta.
“Muy bien —sonrió el Emperador—; desde hoy tendréis bonanza económica y bienestar asegurado. Dejaré a mi gente a cargo de todas vuestras instituciones. Ahora me voy y volveré el año entrante a visitaros”.
Desde ese momento los tiresios vivieron como siempre lo habían soñado. Y hasta los más remisos se dieron cuenta de que había sido acertada la decisión de poner en manos del Emperador aquellas inútiles instituciones y leyes que nunca habían conseguido darles lo que en realidad ellos querían. Es cierto que los delegados del Emperador, dueños de los tribunales y árbitros de las normas, muchas veces los trataban con rudeza, pero ¿qué importaba eso comparado con el bienestar que ahora poseían?
Pasó un año entero, y volvió a aparecer la nave en el cielo del ahora afortunado país. Esta vez los tiresios salieron de sus casas alborozados y felices por volver a ver al autor de su dicha. Jóvenes y adultos aclamaban al Emperador mientras este salía de su nave. Después de pedir silencio con un gesto, dijo: “Veo que estáis felices gracias al bienestar que os he proporcionado. Pero si queréis que esto continúe, debo pediros algo más”.
“¡Lo que tú desees, glorioso Emperador!” —dijeron los tiresios a coro, entre risas y abrazos.
“Será menester —continuó el Emperador— que desde hoy me pertenezcan todos vuestros periódicos, todas vuestras radios y vuestras emisoras de televisión; en fin, todos los medios de comunicación que poseéis”.
Nuevamente se reunieron los habitantes de Tiresio. Uno de ellos tomó la palabra y dijo: “¿Para qué querríamos esos medios de comunicación? No son ellos los que nos proporcionarán más bienestar. Pongamos nuestras radios, nuestras emisoras de televisión, nuestras publicaciones escritas o de cualquier otro tipo en manos del Emperador, y sigamos gozando como hasta ahora”. Pero un ciudadano no estuvo de acuerdo: “Si todos los medios de comunicación están en sus manos, ¿cómo sabremos si es verdad lo que nos dice?”. “¡No seas imbécil! —le contestaron—: ¿Acaso la verdad pondrá comida en tu boca, vestido en tu cuerpo y dinero en tus bolsillos? ¿Para qué necesitamos saber la verdad?”.
Y entonces decidieron darle al Emperador lo que pedía. Satisfecho, el monarca se despidió como la primera vez, y los tiresios continuaron disfrutando de su anhelado bienestar. Es cierto que -como todo el mundo sabía- los delegados del Emperador robaban de las arcas públicas, pero ¿qué importaba eso comparado con el bienestar que los tiresios ahora poseían?
Un año después se presentó nuevamente el Emperador. “Habéis de saber, amados tiresios —dijo al descender de su nave— que cada año me es más costoso otorgaros el bienestar de que estáis gozando. Pero como no deseo privaros de las ventajas que yo mismo os he concedido, debo pediros algo más a cambio”. “¡Lo que gustes, maravilloso Emperador!”, respondieron los felices tiresios. “Queridos míos —añadió entonces el Emperador—: debéis entregarme a vuestros hijos, a vuestros niños y jóvenes. Sus mentes y sus voluntades deben ser mías. Para poder seguir dándoos los gustos como hasta ahora, necesito que me hagáis ese favor”.
Los tiresios se reunieron a debatir: “En verdad es duro lo que nos pide ahora nuestro benefactor. Pero si nos negamos, ¿podrán nuestros niños y jóvenes gozar en el futuro de los bienes de que ahora disfrutamos? ¡Por el bien de nuestros hijos e hijas, hagamos lo que el Emperador nos pide!”.
Y así sucedió. También los hijos e hijas de los tiresios fueron entregados al poder del Emperador, que se despidió hasta el año entrante dejando a cargo, como siempre, a sus fieles delegados. Los tiresios continuaron su vida de placer y de bonanza. Es verdad que los delegados del Emperador se comportaban de un modo prepotente y abusivo con esos niños y jóvenes, pero ¿qué importaba eso comparado con el bienestar que los tiresios ahora poseían?
Puntualmente, al año siguiente, volvió la nave imperial al dichoso país. “Salud, amados tiresios —dijo el Emperador—. Sabed que sigue siéndome cada vez más arduo proporcionaros tanto bienestar como el que por mi condescendencia poseéis. Debo pediros algo más…”.
Entonces, para sorpresa de todos, un anciano tiresio se adelantó entre la multitud y tomó la palabra interrumpiendo al Emperador. “Majestad —dijo con voz trémula—, le estamos eternamente agradecidos por lo que nos ha concedido, pero algunos de nosotros juzgamos que ya ha sido suficiente sacrificio”.
El rostro del Emperador se transformó. Furioso, exclamó: “¿Acaso ponéis en duda mis benévolas intenciones? Está bien, desagradecidos: desde ahora no tendréis más bonanza económica, malditos tiresios”. Y dándose vuelta, retornó a su nave y se marchó.
Los tiresios se quedaron repentinamente sin el bienestar que el Emperador les proveía. Es difícil describir la tristeza y la angustia que conquistaron el corazón de todos los habitantes del país al verse desposeídos de tantos bienes.
Pero mucho peor fue la decepción que sufrieron cuando advirtieron que también se habían quedado sin instituciones, sin leyes, sin tribunales, sin moral, sin medios de comunicación, sin la mente y el corazón de sus niños y sus jóvens, y, sobre todo, sin la verdad.
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