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miércoles, 1 de abril de 2026

El Sol y la Luna en imágenes de la crucifixión

En muchas representaciones artísticas de la crucifixión aparecen las imágenes del Sol y de la Luna.  El testimonio más antiguo de esta práctica iconográfica se remonta al siglo VI. 

Vitral en la iglesia de Nuestra Señora del Valle (Buenos Aires) - Foto propia


Hay numerosas interpretaciones teológicas y simbólicas de esta iconografía. En esta nota recorreremos algunas de ellas, ilustrándolas con imágenes que pueden verse en la Argentina.


1)

Si el templo es entendido como representación de la ciudad celestial, entonces el ábside donde está Cristo entronizado (o el techo o la parte superior de los muros de la nave central,  decorados con estrellas doradas sobre fondo azul), serán una representación de la bóveda celeste y en ellos se ubicarán a menudo representaciones  de dichos astros. Se realiza así una clara conexión con la Jerusalén Celestial. Recordemos también que muchos templos desde la antigüedad están siempre orientados hacia el oriente geográfico: Cristo es el "Sol naciente"  que viene "para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte" (Lucas  1, 78-79); es también aquel a quien anunciaba Malaquías: "A los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas" (3, 19-20).

2)

Otra explicación es más bien estética: en las representaciones de la crucifixión, los lugares ocupados por la Virgen y San Juan, así como los de Longinos y el soldado que le ofrece a Cristo una esponja embebida en vinagre, presentan una clara simetría. Por ello,  para "llenar" el hueco libre que queda sobre los brazos de la cruz, se recurre a la representación iconográfica del Sol y la Luna.

Imagen de un misal antiguo,
en uso en la Argentina hasta los años 60 del siglo XX
(Foto propia)


3)

Una explicación hace referencia a la aparición de las tinieblas en el momento de la muerte de Cristo, como si la luna llena apareciera para eclipsar al Sol, a la manera en que lo profetizó Amós:

Aquel día –oráculo del Señor– yo haré que el sol se ponga al mediodía, y en pleno día cubriré la tierra de tinieblas (Amós 8,9)

Los sinópticos dan testimonio unánime de este fenómeno:

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región (Mt 27,45)

Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde (Mc 15,33)

Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde (Lc 23, 44). 


4)

El Sol y la Luna podrían simbolizar también las dos naturalezas, divina y humana, de Cristo.  Una dualidad que acompaña las otras (San Juan y la Virgen, Longinos y el soldado, la Iglesia y la Sinagoga). En definitiva, la propia cruz, con sus dos travesaños, es un símbolo dual.

Basílica de Nuestra Señora de la Merced (Buenos Aires - Foto propia)


5) 

Otra interpretación sugiere que el Sol y la Luna representan la armonía entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lo que el Antiguo Testamento mostraba como detrás de un velo, con la imprecisa claridad de la Luna, el Evangelio lo muestra ahora a la luz plena del Sol.

Basílica de San José de Flores (Buenos Aires)  - Foto propia


Ambos astros, además,  en su  sucesión ininterrumpida, dan idea de de eternidad (como lo  sugiere, por ejemplo, el salmo 89, 37-38:

«Su descendencia permanecerá para siempre y su trono, como el sol en mi presencia;  como la luna, que permanece para siempre, será firme su sede en las alturas».

 

6) 

También se ha dicho que la presencia del Sol y la Luna simbolizan la manifestación de sentimientos, principalmente los de  pesadumbre y dolor. En paralelo con la  Virgen y San Juan, que aparecen debajo, dos personajes que podemos identificar con  el Sol la Luna se llevan las manos a la cara para demostrar su dolor. 


7) 

Otra interpretación, de naturaleza "didáctica", señala que el  Sol y la Luna vendrían a sustituir el Alfa y el Omega que solían aparecer en las primitivas cruces y que no entendían los iletrados; de esta manera el mensaje de ser Dios el comienzo y el fin de todo el universo era captado por el vulgo a través de la presencia de los astros. 


Vitral en la Basílica del Espíritu Santo (Buenos Aires)


8)

Algunos señalan el influjo de cultos paganos al Sol y a la Luna, que el cristianismo habría resignificado.

Iglesia del Dulcísimo Nombre de Jesús (Buenos Aires) - Foto propia


En cuanto al modo de representar a los astros, encontramos varias:  las más naturales, las que dan un rostro al Sol y a la Luna, las que los reemplazan o acompañan con ángeles...

Iglesia de la Sagrada Familia (Buenos Aires) - Foto propia


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Hemos seguido en general el trabajo de Isabel María Labrador González y José María Medianero Hernández, "ICONOLOGÍA DEL SOL Y LA LUNA EN LAS REPRESENTACIONES DE CRISTO EN LA CRUZ


miércoles, 6 de agosto de 2025

El león en la Biblia y en la tradición de la Iglesia (3 de 3)

Obelisco de la Plaza de San Pedro
y detalle (abajo)

En esta tercera y última entrada de la serie dedicada al león en el simbolismo cristiano, nos ocuparemos —siguiendo sobre todo a Charbonneau-Lassay ¹— de tres aspectos (de entre otros también interesantes):  el león como emblema de la resurrección, de las dos naturalezas de Jesucristo, y del Verbo Divino.


Frente de la iglesia del Sagrado Corazón (Capuchinos) de Córdoba
Entre otros animales, puede verse un león
(foto propia)




1) En la Edad Media se creía que la leona paría leones que parecían nacidos muertos. Durante tres días, los cachorros no daban señales de vida, pero al tercer día volvía el león y les daba vida con su aliento. Referencias a ello  se dan en varios autores de la antigüedad, incluyendo varios Padres de la Iglesia. 

Era natural que a partir de esa (falsa) creencia el león, en el arte cristiano, se convirtiera en emblema de Jesucristo en cuanto Señor resucitado, y también en cuanto autor y principio de nuestra futura resurrección. La muerte aparente del pequeño león representaba la estancia de Jesucristo en el sepulcro, y su "renacimiento" era como una imagen de la resurrección.

Atis Bar (Perú 1024)
(foto propia)


2) Por otra parte, el león se tomó como emblema de las dos naturalezas de Jesucristo. Los antiguos estaban de acuerdo en afirmar que todas las cualidades activas del león están localizadas en su parte delantera (cabeza, cuello, pecho y zarpas anteriores), mientras que parte trasera tan sólo tenía función de sostén, de punto de apoyo terrestre. Esto coincide coincide con las concepciones alegóricas que se han atribuido a los centauros y los grifos.

Partiendo de este dato, hicieron de la parte delantera del león el emblema de la naturaleza divina de Cristo, y de la parte posterior del animal, la imagen de su humanidad: Anterioribus partibus coeletia refert, posterioribus terram. 

Representación de San Marcos en la Catedral de La Rioja
(foto propia)


3) Finalmente, algunos escritores místicos han visto en el rugido del león la imagen de la poderosa palabra de Cristo, del Verbo de Dios,  y de su incomparable fuerza de expansión. La formidable voz que resuena en las inmensas extensiones de los desiertos puede servir de imagen para representar la voz de Dios, que ha ido hasta los extremos infinitos de todos los espacios para ordenar el movimiento, el orden y la vida.

Oseas había predicho esa voz sin igual: «Ellos irán detrás del Señor; él rugirá como un león, y cuando se ponga a rugir, sus hijos vendrán temblando del Occidente» (Oseas 11, 10).  Joel, por su parte, afirma: «El Señor ruge desde Sión y desde Jerusalén hace oír su voz: ¡tiemblan el cielo y la tierra!» (Joel 4, 16).

Mas tarde, la liturgia latina de Adviento se servirá de los mismos términos al hablar del Salvador: «De Sion rugiet et de Ierusalem dabit vocem suam».

"Yo soy rey": Cristo con símbolos de realeza, entre ellos el león


Además, el león siempre se ha identificado con la luz. Entre los griegos, la melena del león, en las representaciones del sol con cara de león, era un emblema de la irradiación solar. Los simbolistas cristianos clasificaron el león solar junto con el águila, el cordero,  el propio Sol, el fuego, la lámpara, el cirio, para convertirlo también en imagen alegórica de la bendita palabra, fuente universal de la luz y la verdad.



Centro Cultural Manzana de la Rivera (Asunción)
(foto propia)




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¹ "El Bestairio de Cristo", volumen 1

miércoles, 23 de julio de 2025

El león en la Biblia y en la tradición de la Iglesia (2 de 3)

En la entrada anterior, que fue publicada hace quince días, nos referimos en general a la figura del león en la Biblia y en la tradición de la Iglesia. Fue la primera parte de una serie de tres entradas. Hoy compartimos, como segunda parte de esta serie, el artículo "El león heráldico", de Chesterton, ilustrado con imágenes de tres escudos cardenalicios vinculados con la Argentina, que tienen leones.




EL LEÓN HERÁLDICO 


Sir Thomas Browne fue, como todos saben, un médico. Un tipo de médico algo extraño que en muchos aspectos contrasta singularmente con los doctores de hoy día. Por ejemplo, escribió una obra elocuente y detallada sobre el entierro en urnas, los cementerios y la muerte en general, tema que en la actualidad los médicos procuran eludir. Pero en nada es tan permanentemente interesante como en sus relaciones con la notable zoología de su tiempo. Su magnífica retórica religiosa y toda su dimensión literaria son evidentemente inmortales. Nunca se ha dicho sobre el alma nada mejor que esa frase de Browne que la define como lo que hay en el hombre «que no debe rendir homenaje al sol». Pero es necesaria una defensa más delicada de su ciencia original y, en verdad, de toda la ciencia medie val de la que tomó sus ideas. Sabemos que su teología era cierta. Sabemos que su zoología era incierta, pero no nos apresuremos a dar por supuesto que, en consecuencia, carecía de importancia. Esta vieja y fantástica ciencia ha sido por lo general mal comprendida. Ha hecho de cada criatura un símbolo más que un hecho, pero ha creído que todos los hechos materiales eran valiosos como símbolos de hechos espirituales. En realidad, no le importaba mucho si el león era un animal noble que no hacía daño a las vírgenes. Lo que deseaba dejar en claro era que si el león es un animal noble no puede hacer daño a las vírgenes. 

Escudo del cardenal argentino Jorge Mejía


Permítaseme citar este ejemplo de lo que quiero decir. Toda persona moderna inteligente puede ver fácilmente que el león heráldico es muy distinto del león real. Pero lo que nosotros, los modernos, no comprendemos bien es lo siguiente: el león heráldico es mucho más importante que el león real. No encuentro palabras para expresar la absoluta carencia de importancia del león real. El león real es una especie de gato grande y peludo que da la casualidad que vive (o más bien muere), en desiertos inútiles que nunca hemos visto ni deseamos ver, un animal que jamás nos ha hecho bien alguno y que, dadas nuestras circunstancias, tampoco nos puede hacer ningún mal; algo tan trivial para todos nuestros propósitos como los peces de lo más profundo del mar o los minerales de la luna. No hay razón terrenal alguna para suponer que posee ninguna de las esas cualidades leoninas tal y como nosotros solemos entenderlas. No hay motivo alguno para imaginarse que es generoso o heroico y ni siquiera orgulloso. Algunas personas que han luchado con él dicen que ni siquiera es valiente. No afecta a la vida humana en aspecto alguno. No se puede hacer de él un peón, como se puede hacer con el buey; no se puede hacer de él un deportista y un caballero, como se puede hacer con el perro. No puede compartir nuestras herramientas ni nuestros placeres; no se puede uncir un león a un arado ni cazar un elefante con una jauría de leones. No tiene nada que pueda interesar al hombre, y ni siquiera sirve para comérselo. Desde su melena sarnosa y sobreestimada hasta la punta de su cola (con la que, según tengo entendido, se golpea para sobreponerse a su cobardía natural), de la melena a la cola, iba diciendo, es una mole de nimiedad. Es, simplemente, un gato extraviado que ha crecido en exceso. Y es un gato extraviado que nunca aparece por nuestras calles. Vive su existencia trivial en regiones que ningún hombre blanco puede habitar sin enloquecer a causa del calor y la monotonía. Tenemos que ponerlo en nuestros museos y lugares semejantes como tenemos que poner trocitos minúsculos de piedra gris de modo que parezca que las podríamos recoger en la calle o exhibir escarabajos pardos de aspecto doméstico que no podría mirar dos veces ningún niño que se precie. 

Escudo del cardenal Silvio Oddi, Legado Pontificio al
Congreso Eucarístico Nacional de Salta (1974)


Pero el único león que tiene alguna importancia práctica terrenal es el león legendario. Es realmente útil tenerlo al alcance. Sostiene el escudo de Inglaterra, que de otro modo se caería a pesar de los esfuerzos bien intencionados del unicornio, cuyos cascos son deficientes en cuanto a su capacidad prensil. El león africano no le interesa a nadie, pero el león británico, aunque no exista, importa. Significa algo; es el único verdadero objeto existente que significa algo; y el león africano real nunca ha conseguido significar nada. El león legendario, el león hecho por el hombre y no por la naturaleza, es ciertamente el rey de los animales. Es una gran obra de arte, una gran creación del genio humano como la catedral de Ruán o la Ilíada. Conocemos su carácter a la perfección, como conocemos el carácter del señor Micawber o el de otras muchas personas que no se han tomado la molestia de existir de una manera meramente material. Sus virtudes son las virtudes de un gran caballero europeo; nada hay de africano en su ética. Posee el sentido de la santidad y la dignidad de la muerte que acompañan a tantos de nuestros antiguos ritos. No toca a los muertos. Tiene ese extraño culto de una castidad brillante y orgullosa que es el alma de nuestra Europa y se halla en Diana, en las Vírgenes Mártires o en Britomart, que dejó una blanca estrella solitaria en las tormentas sensuales del drama isabelino y hoy reconquista el mundo bajo su nueva forma: el culto de los niños. El león no hace daño a las vírgenes. En gran número de leyendas y poemas antiguos se encontrará la descripción de la negativa de algún león eminente a tocar a alguna joven dama eminente. Algunos dicen que ese sentido de la delicadeza es mutuo, y que esas mismas damas jóvenes también se niegan a tocar a los leones. Puede ser cierto, pero aun siendo así sólo tendría validez, probablemente, para el león inferior o real, para el simple león del África, animal despreciable al que ya hemos enviado a pasear por sus desiertos, desiertos tan inútiles que constituyen el basurero del universo. Hemos convenido en que el león valioso es una criatura creada enteramente por el hombre, lo mismo que el hipogrifo y la quimera, la sirena y el centauro, el gigante de cien ojos y el gigante de cien manos. El león que aparece a un lado del escudo real es tan fabuloso como el unicornio que aparece al otro lado. En la medida en que no es meramente fantástico e imposible, reúne todas las buenas cualidades de una especie de caballero rural supercelestial. Me temo que el león heráldico esté desapareciendo de nuestros escudos de armas. Sin embargo, todavía ondea valientemente en ciertos lugares de entretenimiento donde se han refugiado tantas de las tradiciones mejores de nuestra vieja civilización. Si veis al león rojo, que debería estar en el escudo de un caballero, pintado solamente en la muestra de una pomada, recordad todas las grandes verdades que habéis leído en este artículo; recordad que ese león heráldico de la muestra es el símbolo de todo lo que nuestra civilización cristiana ha elevado a la categoría de vida, energía y honor: la magnanimidad, el valor, el desdén por las victorias fáciles, el desprecio por todos los que desprecian a los débiles. 

Escudo del Cardenal Juan Bautista Re,
Legado Pontificio al Congreso Eucarístico Nacional de San Miguel de Tucumán (2016)


Quizá en este artículo nos hemos extendido demasiado hablando del león. Podrían citarse otros muchos ejemplos. El leopardo heráldico no deja de tener sus méritos. Los hombres de cabeza de perro del África son enormemente interesantes. Y tampoco debemos olvidar aquella memorable descripción del hipopótamo —«medio hombre y medio caballo»— debida a Jean de Mandeville. Esto es lo que podría llamarse un bosquejo impresionista o simbolista de un animal: evita los detalles enfadosos y ofrece a cambio una sensación de volumen y atmósfera. He visto con frecuencia al hipopótamo en su jaula de los Jardines Zoológicos y me he preguntado qué parte de su aspecto o fisonomía impresionó al incisivo Mandeville como propia de alguna persona humana conocida. ¿Había visto una clase de hipopótamos muy humana o se había mezclado con alguna clase de hombres hipopotámica? Pero las observaciones generales que he hecho acerca del león medieval, del león heráldico, tienen igualmente validez para todas esas otras monstruosidades o combinaciones medievales. Todas eran ficticias. Todas eran enteramente diferentes e independientes del animal vivo que teóricamente les había servido de modelo. Quienes escribieron sobre ellos, hablaron de ellos y discutieron con gravedad sus atributos físicos, mentales y morales, sentían en el fondo de sus corazones y sus mentes una absoluta indiferencia hacia si existían o no en realidad. La Edad Media rebosaba lógica. Y la lógica, en sus ejemplos y símbolos, es por naturaleza enteramente indiferente a la realidad. Es tan fácil ser lógico con respecto a las cosas que no existen como con respecto a las cosas que existen. Si dos veces tres son seis, es cierto que tres hombres con dos piernas cada uno tendrán seis piernas entre todos. Y si dos veces tres son seis, es igual mente cierto que tres hombres con dos cabezas cada uno tendrán seis cabezas entre todos. Que nunca haya habido tres hombres con dos cabezas cada uno no invalida la lógica lo más mínimo. Hace la deducción imposible, pero no la hace ilógica. Dos veces tres siguen siendo seis, ya se lo reconozca en los cerdos o en los dragones llameantes, ya se lo reconozca en las cosas humildes o en los castillos en el aire. Y el objeto de toda esa gran ciencia medieval y renacentista era sencillamente encontrar en todas partes, cualesquiera que fueran, ejemplos de su filosofía. Si el hipopótamo ilustraba la idea de justicia, enhorabuena; si no la ilustraba, tanto peor para el hipopótamo. Esos antiguos trataban de hacer de los animales sólo un símbolo del hombre. Algunos modernos tratan de hacer del hombre sólo un símbolo de los animales. Esos científicos antiguos sólo se interesaban por el lado humano de los animales. Algunos de los científicos modernos sólo se interesan por el lado animal de los hombres. En vez de hacer del mono y del tigre meros accesorios del hombre, hacen del hombre un mero accesorio, una mera idea tardía del mono y el tigre. En vez de emplear al hipopótamo para ilustrar su filosofía, emplean al hipopótamo para hacer su filosofía, y ruego a Dios que ni ustedes ni yo leamos nunca los grandes libros enjundiosos que escriba el hipopótamo.


miércoles, 9 de julio de 2025

El león en la Biblia y en la tradición de la Iglesia (1 de 3)

Hace casi un año, dedicamos tres entradas a las figuras del cuervo y de la paloma en la Biblia y en la tradición de la Iglesia.  Había allí una referencia al papa Francisco I, ya que en la Argentina a los seguidores del club de fútbol San Lorenzo se los llama popularmente "cuervos", y el pontífice porteño era uno de ellos. 

Casa de Isaac Fernández Blanco (Bs. Aires)
(foto propia)

En mayo fue elegido un nuevo papa, que ha elegido llamarse León. Se trata de un nombre muy repetido entre los obispos de Roma: trece pontífices antes que él lo han llevado, entre ellos algunos muy famosos, como San León I Magno (que enfrentó a Atila), León III (que coronó a Carlomagno) y León XIII (autor de la encíclica Rerum Novarum).  

San León Magno en la iglesia Nuestra Señora del Consuelo
(Bs. Aires)
(foto propia)

El nombre del nuevo pontífice nos mueve a dedicar una entrada al animal al que alude, también muy presente en las Escrituras  así como en la literatura profana.

Entre los pueblos paganos de Europa, de África y de Asia, el león fue sido adoptado para representar los distintos atributos de la divinidad, tal como ellos la imaginaban. Así se daba, por ejemplo,  entre los egipcios, los sirios, los tibetanos, como también entre los griegos (Cibeles conduce un carro tirado por leones) y los persas (en los cultos de Mitra).

León persa realizado con cerámicos babilonios en la plaza República de Irán
(Bs. Aires)
(foto propia)


El león no sólo era símbolo de fuerza y de valor: también era emblema de la justicia, ya que se creía que «sólo ataca a su presa cuando se ve impelido por una necesidad acuciante de comida y que, incluso en tal caso, nunca se arroja sobre el adversario caído al suelo antes del combate. Contaban también que el león sabía mostrarse agradecido por los favores recibidos, hasta el punto de que los humanos podían recibir de él útiles lecciones de gratitud justa". Cabe recordar aquí la fábula del león y el ratón, que muestra a la fiera agradecida, o también la menos conocida que vemos en esta imagen de la revista Anteojito (de mi colección personal):



En el mismo sentido de símbolos de la justicia se interpretaba la presencia de leones en el trono de Salomón, descripto en el Primer Libro de los Reyes (10, 18-20) (cfr. 2 Crón 9, 17-19):

El rey hizo, además, un gran trono de marfil, al que recubrió de oro fino. El trono tenía seis gradas, unas cabezas de toros en la parte posterior, y brazos a ambos lados del asiento; junto a los brazos había dos leones de pie, y otros doce leones de pie sobre las seis gradas, a uno y otro lado. En ningún reino se había hecho nada igual.
 

De hecho, como símbolos de justicia, en muchas iglesias medievales románicas aparecen leones en la fachada (ver). Allí, "inter leones et coram populo", tenían lugar los juicios.

En el Antiguo Testamento, el león aparece muchas veces. Es célebre el pasaje en que el profeta Daniel está en el foso en medio de  leones. 

Daniel con un león a sus pies
Vitral en la Basílica de San Nicolás de Bari (Bs. Aires)
(foto propia)


También es muy conocido el episodio protagonizado por el joven Sansón (Jueces 14, 5-9):

Sansón bajó a Timná, y al llegar a las viñas de Timná, un cachorro de león le salió al paso rugiendo. El espíritu del Señor se apoderó de él, y Sansón, sin tener nada en la mano, despedazó al león como se despedaza un cabrito. Pero él no contó ni a su padre ni a su madre lo que había hecho. Luego bajó, conversó con la mujer y ella le gustó.

Al cabo de un tiempo, Sansón volvió para casarse con ella. Se desvió del camino para ver el cadáver del león, y vio que en su cuerpo había un enjambre de abejas y un panal de miel. Lo recogió con su mano, y fue comiendo miel mientras caminaba. Cuando llegó adonde estaban su padre y su madre, les ofreció miel, y ellos comieron; pero no les dijo que la había sacado del cadáver del león.

Luego Sansón propone a los filisteos una adivinanza: «Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura», cuya respuesta ellos obtienen con malas artes: «¿Qué hay más dulce que la miel y más fuerte que el león?».

San Marcos
en la iglesia ortodoxa
San Jorge
(Bs. Aires)
(foto propia)

El león es también uno de los animales mencionados en la descripción de los "cuatro seres vivientes" que presenta el profeta Ezequiel (1, 5.10):  

«En medio del fuego, vi la figura de cuatro seres vivientes, que por su aspecto parecían hombres. En cuanto a la forma de sus rostros, los cuatro tenían un rostro de hombre, un rostro de león a la derecha, un rostro de toro a la izquierda, y un rostro de águila».

Sabemos que esta enumeración de animales se repite en el Apocalipsis (4, 7): «El primer Ser Viviente era semejante a un león; el segundo, a un toro; el tercero tenía rostro humano; y el cuarto era semejante a un águila en pleno vuelo») y que los cuatro seres representan a los cuatro evangelistas; entre ellos el león es el emblema de San Marcos, a quien acompaña o  simplemente sustituye.

Si nos mantenemos en el Antiguo Testamento, podemos leer en el libro de los Proverbios que «el león, el más fuerte entre los animales,  no retrocede ante nada» (30, 30); por eso puede decirse que «el justo está seguro como un cachorro de león» (28,1).

De Saúl y Jonatán se dice en el Segundo Libro de Samuel que eran «más veloces que águilas, más fuertes que leones» (1, 23).

El profeta Isaías (31, 4) hace referencia al rugido del león: «Como gruñe el león o el cachorro de león sobre su presa, cuando se llama contra él a todos los pastores, sin dejarse intimidar por sus gritos ni amedrentarse por el tumulto, así el Señor de los ejércitos bajará a combatir sobre la montaña de Sión y su colina». Amós, que era pastor y en consecuencia sabía muy bien lo que podía significar oír el rugido de un león, también compara la voz de la fiera con la de Dios: «El Señor ruge desde Sión y desde Jerusalén hace oír su voz» (1, 2). Y en Amós 3, 8: «El león ha rugido: ¿quién no temerá? El Señor ha hablado: ¿quién no profetizará?».

La majestad del león es comparable a la dignidad real, como en este fragmento del profeta Ezequiel (19, 1-9):

Entona una lamentación sobre los príncipes de Israel. Tú dirás: ¡Tu madre sí que era una leona en medio de los leones! Recostada entre los cachorros, amamantaba sus crías.  A uno de sus cachorros lo enalteció y él se convirtió en un león: aprendió a desgarrar su presa, devoró a los hombres. Pero las naciones se concertaron contra él y quedó atrapado en su fosa: así lo llevaron con garfios a la tierra de Egipto. Al ver que nada podía esperar, que su esperanza estaba perdida, tomó a otro de sus cachorros e hizo de él un león. Él se paseaba entre los leones, convertido en un león: aprendió a desgarrar su presa, devoró a los hombres. Hizo estragos en sus palacios, devastó sus ciudades; la tierra y sus habitantes se espantaron por el fragor de sus rugidos. Las naciones marcharon contra él, desde las regiones circundantes: tendieron sus redes contra él, y quedó atrapado en su fosa. Lo encerraron con garfios en una jaula, lo llevaron al rey de Babilonia y lo pusieron en una fortaleza, para que no volviera a oírse su voz por las montañas de Israel.

León en la Galería Güemes (Bs. Aires)


Por todo lo que hemos señalado, el león puede ser también vez símbolo de Cristo, que es llamado "León de Judá". La expresión proviene del libro del Génesis (49, 8-9): «A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, tomarás a tus enemigos por la nuca y los hijos de tu padre se postrarán ante ti. Judá es un cachorro de león, –¡Has vuelto de la matanza, hijo mío!– Se recuesta, se tiende como un león, como una leona: ¿quién lo hará levantar?».

Pero en el Apocalipsis la referencia es más explícita (5, 1-5): 

Después vi en la mano derecha de aquel que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un Ángel poderoso que proclamaba en alta voz: «¿Quién es digno de abrir el libro y de romper sus sellos?». Pero nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de ella, era capaz de abrir el libro ni de leerlo. Y yo me puse a llorar porque nadie era digno de abrir el libro ni de leerlo.

Pero uno de los Ancianos me dijo: «No llores: ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David, y él abrirá el libro y sus siete sellos».


Pero no nos anticipemos: el simbolismo específicamente cristológico del león ocupará próximas partes de esta nota; la semana entrante publicaremos la segunda parte de esta serie.