Mostrando entradas con la etiqueta espiritualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta espiritualidad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de mayo de 2024

"Creo en el Espíritu Santo" (5 de 5)

Casi a las puertas de la Solemnidad de Pentecostés, nos complace compartir la última parte del primer capítulo del libro "Creo en el Espíritu Santo" del padre José Gallinger svd, publicado en 1970 por Editorial Guadalupe.



***

6. El Espíritu Santo en la vida cristiana 

Llamamos vida cristiana, la que está fundamentada en el Misterio de Cristo. En realidad es la vida de gracia. Esta es la vida eterna ya comenzada en esta tierra. Sólo le falta la visión beatífica para ser completa. La vida de la gracia es la semilla de la beatitud eterna del cielo. Pero, como todavía está en desarrollo, nunca alcanza el amor completo y lleva en sí la triste posibilidad de que se puede volver a perder. 

Cristiano es todo aquél que ha sido bautizado. Pero vive realmente la vida de Cristo, quien está unido a Él por la gracia. Dios está en todas partes porque en todas partes obra. El que hace algo, necesariamente, tiene que estar allí donde trabaja. Como todo el mundo permanece en su ser porque Dios lo está como creando continuamente de nuevo, tenemos que Dios está en todas partes. 

Pero, no es lo mismo que Dios esté en la naturaleza entera como cuando está con el hombre que cuenta con la posibilidad de conocerlo y amarlo. Tampoco  es lo mismo que esté Dios en quien tiene la posibilidad, y en quien realmente lo conoce por la fe y lo abraza por su amor. 

Esta última forma de estar Dios en el alma del hombre, es la presencia por la gracia santificante. Es la presencia por participación en la misma vida divina. Y esta vida, cuando informa toda la vida de un hombre así que procede conforme a la fe y como expresión de su amor a Dios, es la realidad de la vida cristiana. Es la propia vida de Dios, participada a los hombres por medio de Jesucristo. Esta vida sobrenatural establece una íntima relación entre Dios y el hombre. "Al que me ama, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos nuestra morada en él". Es la peculiar inhabitación de Dios en el alma del hombre, que hace exclamar a San Pablo: "¿No sabéis acaso de que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?". En otra oportunidad el mismo Apóstol dice cómo llega esta vida de Dios y esa presencia divina a nosotros: "La gracia de Dios ha sido difundida en nuestra alma por el Espíritu Santo que nos ha sido dado". 

Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación

Por eso los teólogos, si bien el obrar amoroso de Dios en el alma que está en gracia es obra de toda la Santísima Trinidad, si bien es cierto que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son inseparables, con todo adscriben a este último la acción de la especial presencia amorosa de Dios en el alma que está en gracia. Por eso podemos afirmar que la vida cristiana es obra del Espíritu Santo. Eso también lo insinúa Cristo cuando dice: "Os conviene que me vaya, por que yéndome vendrá a vosotros el Espíritu Paráclito". Cristo inició la vida, pero quien la continúa con y en nosotros es el Espíritu Santo.

El sentido y espíritu de Pentecostés es prestarse a la obra del Espíritu Santo para que Él pueda seguir mostrando el rostro de Dios a través de nuestra pequeñez. Es un misterio inefable, pero es así. Dios corre el riesgo de no ser descubierto si nosotros, resistiendo a la acción de su Espíritu, no mostramos su rostro a los hombres para que lo vean, crean en Él y se salven. 

Hablar del Espíritu de Pentecostés es hablar de nuestra vocación a la Iglesia y al mismo tiempo de nuestra misión como miembros de la misma para colaborar en la salvación de todos nuestros hermanos, los hombres. 

¡Cuánta responsabilidad la nuestra! Pero no nos desanimemos, que para ello nos fue dado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Para esto está Él activo y operante en nosotros. Debemos ser como plastilina maleable en sus manos.

Su acción la realiza el Espíritu Santo en nosotros especialmente por medio de la vida de las virtudes y de los dones. Por las primeras nos ayuda a que nos actuemos nosotros mismos; da fuerzas sobrenaturales a nuestras facultades; por medio de los dones es Él mismo quien nos impulsa por la fuerza de su soplo divino. En un símil, serían las virtudes como navegar con el esfuerzo de los remos, y los dones, como abrir las velas y dejarse llevar el soplo del viento.

Iglesia de la Sagrada Familia

Debemos pedirle todos los días al Espíritu Santo sus virtudes y sus dones, si queremos progresar en la auténtica vida cristiana. Cristo debe manifestarse a través nuestro al mundo; pero sólo se forma su imagen en nosotros "por obra y gracia del Espíritu Santo".

José Gallinger svd

miércoles, 8 de mayo de 2024

"Creo en el Espíritu Santo" (4 de 5)

Ofrecemos hoy la cuarta parte del capítulo inicial del libro "Creo en el Espíritu Santo", del padre José Gallinger svd. ilustrada con fotos propias de templos porteños



***

5. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia


a) Como alma animante habitante

Los Santos Padres gustan mucho de presentar al Espíritu Santo como alma de la Iglesia. Lo que el alma es para el cuerpo del hombre, dice San Agustín, eso es el Espíritu Santo para el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Así como el Espíritu Santo cubrió con su sombra a la Virgen María para formar en su seno virginal el cuerpo histórico e individual de Jesús, así fue dado a la Iglesia en el día de Pentecostés para hacer de ella el Cuerpo espiritual o místico del Señor.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia según dos aspectos que es fácil distinguir: 

1° es el alma animante: es el principio de todas las actividades de santidad y de salvación que en la Iglesia se realizan a través de cada uno de sus miembros, los cristianos. Así, como dice San Pablo, el Espíritu Santo es el principio de mi oración, de mi amor, de todas mis pobres virtudes. Es el principio de los actos por los cuales el Sacerdocio y la Jerarquía alimentan y guían la Iglesia en la fe, la gracia y en la vida fraternal. 

2° es el alma habitante: no sólo actúa en la Iglesia, sino que también habita en ella. La casa del Señor no está hecha para mirarla solamente, sino para estar en ella. El Espíritu Santo es su dulce huésped. San Pablo nos recuerda frecuentemente esta inhabitación del Espíritu de Dios en nosotros.

Catedral Santa María del Patrocinio

Como "alma animante" es el Espíritu Santo quien impulsa a cada uno a cumplir con sus funciones específicas dentro del Cuerpo de Cristo. Es natural de que en un cuerpo organizado haya variedad de miembros, así es el caso de la Iglesia. No todos son absolutamente iguales. Hay simples fieles y hay sacerdotes; hay simples sacerdotes y hay Obispos que poseen la plenitud del sacerdocio... El Espíritu Santo a todos los anima y a todos ayuda a realizar sus funciones propias dentro del Cuerpo de la Iglesia. 

A los fieles los anima como a simples fieles: todos son animados y activos. El día de Pentecostés el Espíritu Santo no bajó sobre solamente los Apóstoles, sino sobre todos los que creían en Cristo y se hallaban reunidos como en cantidad de unas 120 personas. A través de ellos llega también hasta ti. También tú eres una célula viva del Cuerpo Místico de Cristo. No pienses ni digas que nada tienes que hacer en él. Todos debemos colaborar en la edificación del Cuerpo. Cada uno en su puesto y conforme a la medida que le ha sido acordada por el Espíritu Santo. Tu salud y tu vigor espirituales son necesarios al total del Cuerpo, a la realización de los deseos de Dios para con todos los cristianos. Nunca un miembro del cuerpo sufre sin que los demás padezcan por ello; es la ley de la comunión de los santos... 

A veces lo que menos aparece a los ojos de los hombres y que menos se aprecia es lo que más largos influjos desarrolla sobre la vitalidad de la Iglesia. Un caso: Teresa de Jesús de Lisieux. Era una carmelita oculta en el anonimato de su Carmelo y con todo cómo se expandió su vitalidad por toda la Iglesia, así que mereció el ser titulada Patrona de las misiones...

Así como a los simples fieles los anima el Espíritu Santo, así también y de manera muy especial anima a la Jerarquía. La función de ésta es guiar y alimentar a las almas. Necesita la asistencia especial para que su enseñanza nunca se descamine del recto camino de la verdad y para esto cuenta con la especial asistencia del Espíritu Santo de Verdad. Cuando se realizan las obras espirituales de santificación, como son los sacramentos, concurren simultáneamente la obra del sacerdote y la acción del Espíritu Santo, que con la gracia vivifica la obra espiritual. 

b) Como principio de unidad 

Comparar la Iglesia con un cuerpo humano, es iluminar muchos y muy diversos aspectos de la misma. Fundamentalmente se destaca que los miembros que la componen son múltiples, pero que su resultado es una preciosa unidad, así como los miembros del cuerpo humano son muy diversos y con todo, el resultado es de una inefable unidad. 

Cuando se habla de la unidad en la Iglesia, nunca hay que confundir unidad con unificación. Lo primero es la unidad en lo múltiple, en la diversidad; lo segundo sería quitar algo a la multiplicidad par realizar una relación forzada. Unidad de personas siempre debe serlo en libertad. Así como el alma unifica al hombre, así el Espíritu Santo, Alma de la Iglesia, produce su maravillosa unidad. 

Esta unidad es, primeramente, interior. Debe surgir desde el espíritu. Se puede tener un coro armoniosamente unido por fuera, en su forma de presentarse, en la armoniosidad de sus cantos y, con todo, sus componentes podrían odiarse. No puede ser el caso en la unidad espiritual. El principio esencial de unidad es la misma vida de Cristo o de Dios, la gracia, que alienta en todos, por obra del Espíritu Santo, como dice San Pablo: "La gracia de Dios ha sido difundida en nuestras almas, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado". Antes de encontrarse en comunidad los fieles cristianos, ellos ya son la comunidad por la comunicación de la misma vida divina. 

Esta unidad es también externa, porque la primera manifestación de la gracia es la fe base de todo el cristianismo. Ella también es obra del Espíritu Santo. "Tened todos los mismos sentimientos, y que no haya divisiones entre vosotros. Vivid en perfecta armonía, teniendo el mismo espíritu, un mismo pensamiento", dice San Pablo a los Corintios (I, 1, 10). Y esto se logra esencialmente por la misma profesión de fe. Sin eso no hay verdadera Iglesia. Pero, se ve aquí que la unidad interna debe manifestarse por fuera. Los dos elementos, el interno y el externo que fluye de aquél, son indispensables para lograr la verdadera unidad en la comunidad cristiana. 

Un claro ejemplo de esta unidad leemos en las historias de los mártires de nuestros días. El testigo de este testimonio cristiano se hizo degollar por su fe. La policía comunista china decía a una católica a la que acababa de interrogar: -Sois todos los mismos, vosotros, los católicos: o calláis o repetís todos las mismas cosas. Ciertamente tenéis una organización secreta. ¿Cuál es esta organización? Shou Yi respondió: -Ya que me lo preguntáis..., nuestra organización secreta es el Espíritu Santo. En Manchuria, en África, en América y aquí, los católicos creen y dicen todos lo mismo, porque el mismo Espíritu habita en nuestros corazones y habla por nuestra boca. 

Y este principio de unidad que lleva a la  profesión por el testimonio de la palabra, también se manifiesta por el testimonio de la acción de amor. De esta unidad de almas y de corazones por obra del Espíritu de Amor, surge la pujante vida apostólica y misionera que impulsa a miles y miles a sacrificar su tiempo, sus descansos y hasta su dinero para empeñarse en las obras de apostolado. De este mismo Espíritu procede la unidad en la acción de las obras de caridad que las comunidades cristianas van desarrollando allí donde encuentran a quienes necesitan de ayuda. 

c) Como impulso misionero 

La Iglesia nació misionera. Cuenta con un dinamismo que la hace expandirse. Una misión es una tarea recibida con los poderes y con las gracias correspondientes. Jesús formuló esta tarea. "Así como mi Padre me ha enviado así Yo os envío a vosotros". "Id, haced discípulos a todas las naciones". "Id por el mundo a predicar el Evangelio a toda criatura". Y dar la fuerza y la gracia necesaria a quienes han recibido este mandato es obra del Espíritu Santo. En los Hechos de los Apóstoles, varias veces se anota esta realidad: "Entonces todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar" (2, 4). "Todos quedaron entonces llenos del Espíritu Santo y empezaron a anunciar la palabra de Dios con seguridad" (4, 31). 

Iglesia del Salvador

Para ser verdadero Apóstol, pues, es necesario primeramente contar con la gracia sobrenatural propia de esta misión. Es necesario ser santo. Desgraciadamente hoy se usa la palabra "apóstol" para cualquier quehacer. Así tenemos "apóstoles del deporte", "apóstoles de la profilaxis", etc. Una condición indispensable es que, juntamente, con la obra a realizarse, quien   la realice dé también el testimonio de su vivo ejemplo. El viejo adagio lo dice: "Las palabras conmueven, ¡pero el ejemplo arrastra!".

Jesús aplica a sí mismo la realidad de este principio... "el que el Padre ha santificado y enviado al mundo" (Juan, 10, 36). Por eso también reza en su Oración Sacerdotal de la Ultima Cena, que bien podríamos también llamar su Oración Apostólica: "Padre, les he dado tu palabra; el mundo los aborreció porque no son del mundo, como yo mismo no soy del mundo... Santifícalos en la verdad: tu Palabra es la verdad. Como Tú me enviaste al mundo, yo también los envío. Me santifico a Mí mismo por ellos, para que ellos también sean santificados en la verdad" (Juan, 17, 14 ss.). 

Un Apóstol, pues, es antes que nada un santificado. No es un simple propagandista. Él mismo es un eslabón vivo en el plan salvífico de Dios. Un apóstol es como una retransmisión de la caridad salvadora que, salida del corazón de Dios Padre, pasa por el Verbo Encarnado y se nos comunica por el Espíritu Santo (Rom 5, 5). El ministerio del apóstol es del orden de la santidad. Es notable que los dones que han de constituir al apóstol: santificación fortaleza, son los que en la Biblia aparecen como actos propios del Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento, sobre todo la fuerza; y en el Nuevo Testamento, la santidad más que la fuerza. En segundo término, el apóstol debe contar con la fuerza suficiente para poder realizar su misión. Muchas veces se subraya este concepto en las Escrituras sagradas. No hay verdadero testigo, no hay apóstol, sin una cierta fuerza o seguridad o cierta potencia espiritual. Esta fortaleza siempre la conecta la Escritura con el Espíritu Santo. ¡Es el Espíritu misionero, que da la fortaleza a los misioneros!

Basta mirar lo que eran los Apóstoles antes de Pentecostés y lo que son luego. De miedosos, cobardes, tímidos, desorientados, etc., se truecan en valientes, ubicados y claros. Son emprendedores y hacen frente  a las situaciones más encontradas.

Todos debemos ser apóstoles. Testigos de Cristo y proclamadores de su verdad. Para eso es necesario ponernos cada día en las manos del Espíritu Santo para que nos santifique y nos haga fuertes en vivir valientemente nuestro testimonio cristiano.   

Concluirá el próximo miércoles

miércoles, 1 de mayo de 2024

"Creo en el Espíritu Santo" (3 de 5)

En este Tiempo Pascual, tiempo por excelencia de la obra del Espíritu, seguimos publicando el primer capítulo del libro "Creo en el Espíritu Santo", del padre José Gallinger svd. Las dos primeras partes fueron publicadas en las sendas entradas anteriores, y faltan todavía dos fragmentos más.

Las fotos son propias, tomadas en distintos templos de Buenos Aires.


***

4. Fenomenología y Espíritu Santo

La reflexión sobra la naturaleza del  Espíritu Santo debe moverse dentro de la auto-manifestación intratrinitaria de Dios Creador, Redentor y Santificador. Es detenerse en cómo se manifiesta Dios hoy a través de la Iglesia, Pueblo de Dios integrado en una realidad mundana muy secularizada. Debe tenerse en cuenta tanto la realidad de Dios como la del mundo.

Catedral de Buenos Aires

Para proceder con claridad es necesario distinguir  "función" y "fenomenología". La primera -que es la que siempre más se tuvo en cuenta- se detiene más en el análisis de lo que el Espíritu Santo hace (virtudes, dones, frutos, etc.). La segunda, en cambio, cuestiona lo que el Espíritu Santo es por su naturaleza y por su estructura íntima.

Al enfocar ese segundo aspecto nos encontramos con dos elementos que lo determinan: el dinámico y el personal. Para el dinámico, la Escritura se vale de signos: el viento (Hechos 2,2; Juan 3,8; 20,22), la fuerza, dínamis o energía (1 Cor. 2,4; 12,4ss; Rom 15,13; 1 Tes 1,5, etc.). El Espíritu Santo, a través de esos signos, nos es presentado como una realidad física. También nos presenta la Escritura el aspecto personal-cristológico. Se anuncia su venida (Juan 7,39; 16,7, etc.) y condición para esa venida es la vuelta de Jesús al Padre; y ese Espíritu que vendrá es llamado: Paráclito, Consolador de los discípulos y de la comunidad.

1º El aspecto dinámico encierra, fundamentalmente, cuatro realidades:

a) la trans-subjetividad del Espíritu:

"Donde quiere sopla". No está atado en ningún momento a la existencia del testigo, del kerigmático que lo proclama. Trasciende permanentemente el campo subjetivo de la existencia humana. Está fuera de nosotros, además de operar en nosotros. Por eso, debemos clamar siempre: "¡Ven, oh Espíritu Santo!". Olvidar ese aspecto nos lleva a creer innecesaria la invocación y la súplica porque venga a nosotros. Ya está en nosotros por la gracia; pero siempre de nuevo debe venir más a nosotros, de otra manera, con nuevas funciones.

b) la potencialidad del Espíritu:

Su realidad se marca por su potencialidad de operación. Nosotros somos seres que debemos realizarnos constantemente. El hombre es una "naturaleza histórica", que debe irse haciendo en cada instante. Para ello necesita permanentemente la intervención "de lo alto" para entretejer la trama de su auténtica historia humana, para hacer de ella una historia de salvación.

c) la espontaneidad del Espíritu:

No es un objeto del que el testigo pueda echar mano cuando a él se le ocurra, sino que tiene que abrirse a la acción del Espíritu. En esa realidad se basan los carismas y dones especiales.

d) la universalidad del Espíritu:

El Espíritu, como el viento, llena el cosmos entero. El Reino de Dios abarca todo el cosmos. Es base para el nuevo concepto de catolicidad, que fundamenta el diálogo ecuménico.

Iglesia de Nuestra Señora del Carmen
(Villa Urquiza)

2º El aspecto personal señala la estrecha relación del Espíritu Santo con la persona de Cristo.

Para entenderlo debemos tener en cuenta el camino andado por Jesús desde el Gólgota a través de la Pascua, Ascensión y Pentecostés. Jesús muere. Es el principio del camino, que marca el Gólgota y que señala el fin de su presencia en carne. El final de ese camino es Pentecostés, que señala la reaparición de Jesús como el glorificado, en la figura del Espíritu Santo.

Sin confundir ni unificar ambas personas de la Trinidad hay, con todo, algo así como que el Cristo que se manifestó en carne "llevado por el Espíritu", ahora se manifiesta en la realidad mistérica del Espíritu Santo. Algo así como lo que Jesús insinúa en su parábola de la necesidad que tiene el grano de morir para surgir de nuevo y de destruir el templo material, para que surja "espiritual", ambas alusiones las hace en relación a su muerte, que es el presupuesto para la transformación en una nueva forma de existencia.

Hay un texto de San Pablo que no es claro, pero que va en torno a esa forma misteriosa de estar Cristo, glorificado por su Resurrección, en el Espíritu Santo activo en el tiempo postpentecostal. "El Kyrios es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor allí hay libertad" (2 Cor. 3,17). La exégesis no puede menos que reconocer que San Pablo afirma aquí una identificación del Espíritu con el Kyrios. Pero también eluce que el Espíritu sale del Kyrios y opera la libertad. De alguna manera, podemos decir que Jesús "según la carne" se separa de los suyos, pero vuelve a ellos "según Espíritu". La duplicidad de Personas divinas está a salvo por aquello de San Juan (14, 16-18) que señala al Paráclito como enviado desde el Padre por el Hijo. Pero en todo es siempre uno solo y el mismo Dios, Espíritu. 

Iglesia del Santo Cristo

Todo el suceso que va del Gólgota a Pentecostés a través de la Pascua, no se debe ver sino bajo una misma luz. Y, gracias a ese proceso, estamos nosotros siempre en presencia de Dios y Jesucristo en la fuerza y figura del Espíritu Santo. O sea que, permanentemente, estamos ante dos aspectos estructurales del Espíritu Santo: el dinámico y el personal-cristológico. Ambos intervienen en la totalidad del proceso que se extiende desde el Viejo Testamento a través del Nuevo a la comunidad postpentecostal, la Iglesia.

Continuará el próximo miércoles

miércoles, 24 de abril de 2024

"Creo en el Espíritu Santo" (2 de 5)

Continuamos publicando el Capítulo I del libro ""Creo en el Espíritu Santo", del padre José Gallinger svd ¹. Añadimos fotos propias de imágens del Espíritu Santo en templos porteños.


***

3. Espíritu de Jesucristo

Jesucristo es quien nos ha ganado el don del Espíritu Santo, por su muerte y su resurrección. Pentecostés es el fruto de la Pascua. La obra del Espíritu Santo, alma de la Iglesia, se puede decir que ha comenzado en un momento determinado: al ser abierto el costado de Cristo en la cruz. Cuando el oficial traspasó su pecho y abrió su corazón, salió sangre y agua.


Iglesia de Santa Isabel de Hungría


Hay que recordar un pasaje del Evangelio según San Juan: El último día de la fiesta, el gran día, Jesús,  en pie, clamaba: Si alguien tiene sed que venga a mí y beba quien cree en mí, según las palabras de la Escritura: manarán de sus entrañas (del Mesías) ríos de agua viva. Decía esto del Espiritu que debían recibir los que creyeran en Él (Juan 7, 37-39).

Hay una directa conexión entre este surgir del agua viva del costado de Cristo y lo que San Juan repetidas veces llama en su Evangelio, la gloria de Cristo o también "su hora". "Aún no ha llegado mi hora", le dice a su Madre en Caná de Galilea. Al final de su vida: "Es llegada mi hora... Padre, glorifica a tu Hijo".

La hora de Cristo y la de su Pasión, Muerte y Resurrección, es la hora de consumar su gran obra de la Redención. Aunque parezca la hora de su fracaso, es en realidad la hora de su triunfo definitivo, por eso también es la hora de su glorificación.

Pero, con su glorificación -en cierto sentido- terminaba su obra entre nosotros. En su glorificación entra su gloriosa ascensión a los cielos... El así lo dice  los Apóstoles y éstos se vuelven tristes porque no quieren estar sin Jesús. Pero Este los consuela: "Os conviene que yo me vaya, porque si yo no me fuere no vendría a vosotros el Espíritu de Verdad".

Hav, pues, una interrelación entre la Pascua v Pentecostés. Este es el fruto de aquella. En la historia de la Iglesia siempre de nuevo se vuelve sobre esta idea. Pentecostés no es el recuerdo de una fecha, es la celebración de un misterio. Es el misterio de Cristo prolongado en la Iglesia. Y así como el Espirita Santo lo conducía a Cristo en su vida -muchas veces leemos estas expresiones en los Evangelios- así el Espíritu Santo es el alma del Cristo Mistico, la Iglesia.

En el Credo enunciamos nuestra fe en el Espíritu Santo en una inmediata relación con la Iglesia. "Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica". Es casi como si dijéramos: "Creo en el Espíritu Santo en la Iglesia Católica".

Por eso, el Concilio Vaticano II, queriendo hacer frente al ateísmo del mundo de hoy, nada encontró mejor que profundizar la doctrina acerca del misterio de la Iglesia. El hombre de hoy día no quiere razonamientos abstractos. Le gustan las verdades encarnadas. Pues, esa es la gran realidad: Dios está como encarnado en la Iglesia. Es el Espíritu de Cristo quien sigue dinámico en ella. Cada cristiano por esta obra del Espíritu de Cristo tiene que ser como el rostro de Dios en la tierra para los hombres que no lo ven en espíritu.

Por obra del Espíritu Santo, Dios se encarnó y por obra de Este mismo divino Espíritu sigue encarnado en la pobre carne humana. Por eso a Dios se lo encuentra y a Dios se lo ha de amar en la carne de los hombres. Sólo así se entiende aquello que dice San Juan: "Quien dice amar a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien ve, es un mentiroso", como si dijera: si Dios está en tu prójimo ¿cómo vas a encontrarlo fuera de él?

El Espíritu de Cristo debe ser el Espíritu de todos nosotros, para hacernos cada día más Cristos, para que cada día sea un poco más realidad, por la obra del Espíritu Santo con su gracia, que quien nos mire vea realmente en nosotros a Jesús y al Padre...

Continuará el próximo miércoles


¹ Ed. Guadalupe, Buenos Aires,  1970

miércoles, 17 de abril de 2024

"Creo en el Espíritu Santo" (1 de 5)

Desde hoy y hasta el miércoles anterior a la Solemnidad de Pentecostés iremos publicando el primer capítulo del libro "Creo en el Espíritu Santo", del padre José Gallinger svd ¹.

Se trata -como el mismo autor señala en el prólogo- de un hilo de reflexiones nacidas de un conjunto de «"pensamientos espirituales" ofrecidos a la Cofradía del Espíritu Santo de la Parroquia de Guadalupe» de la ciudad de Buenos Aires a fines de los años 60 y comienzos de los 70 del siglo pasado. Esos "pensamientos espirituales" terminaron convirtiéndose en  un «"pequeño tratado espiritual en que se medita el Amor de Dios hecho hombre "por obra y gracia del Espíritu Santo" y que sigue entre nosotros como Iglesia, "Sacramento universal de salvación", hecho carne en nuestra pequeñez humana, para mostrar el amor de Dios a los hombres».

Esta foto del índice del libro nos permite tener una idea panorámica del contenido de ese primer capítulo que iremos compartiendo en cinco entradas consecutivas:

Iremos ilustrando las cinco entradas con fotos propias tomadas en templos porteños.

***


I. TEOLOGÍA DEL ESPÍRITU SANTO

1. El Espíritu Santo en el Plan de la Salvación

El plan de Dios sobre nosotros, tal como nos lo hace conocer la Revelación, puede decirse que sigue la estructura del mismo Dios. En el fondo, es el plan trinitario tal como se presenta en el Credo. Se destaca el orden en que aparecen las tres divinas Personas. La obra de Dios sobre nosotros también se agrupa en tres grandes momentos y que se apropian a cada una de las tres Personas divinas. Esos tres momentos son: la creación, la redención y la santificación o comunicación de la vida divina.

La Revelación nos muestra a Dios empeñado en una profunda obra de amor. Se inicia por la creación amorosa, se reconstruye por la redención y se consuma por la comunicación del amor, comunicando la propia vida de Dios. Es la historia del diálogo de amor que Dios lleva con sus creaturas, iniciado por el Padre que llama, el Hijo que es enviado por el Padre para hacer posible este diálogo a pesar del pecado y el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, que consuma este diálogo en la respuesta amorosa del hombre a Dios. El Padre crea, el Hijo trae la Palabra de Dios y el Espíritu Santo interioriza al hombre en la revelación del Hijo.

Basílica del Espíritu Santo

Estos tres momentos en el amoroso darse de Dios a los hombres se expresan a través de diversos ejemplos. Uno podría ser: el Padre es el brazo, el Hijo la mano y el Espíritu Santo el dedo que modela la imagen de Dios en nosotros. Así lo canta el "Veni, Creator Spiritus": "digitus Paternae dexterae", Dedo de la diestra de Dios. 


Basílica del Espíritu Santo

O bien ese otro: el Padre es la raíz, el Hijo el tallo y el Espíritu Santo el fruto. En las epístolas de San Pablo se habla de los frutos del Espíritu Santo. Es el final del movimiento de entrega de Dios a nosotros, es el producto postrero y sabroso del movimiento de la vida de gracia de la que gozamos.

Estas imágenes expresan bien la continuidad de la obra de Dios. Aunque adscribimos a cada una de las tres Personas divinas un estadio, un momento de esta obra, sin embargo, en el fondo es una y la misma continuada en su proceso de terminación. Siempre cuando se trata de una obra hacia afuera de Dios, actúa la propia naturaleza divina, obran las tres divinas Personas; pero es propio distinguir los diversos momentos para expresar las peculiaridades que surgen de las procesiones en Dios de cada una de las Personas divinas.

En este plan de Dios el Espíritu Santo entra en tercer término. Toda terminación del plan salvífico se atribuye a Él. Es Él quien acaba la obra de Cristo. Así comprendemos aquello de Jesús: "Os conviene que Yo me vaya... porque si no me fuere no vendría a vosotros el Espíritu de Verdad". Es como si dijera: Si no me voy, mi obra quedaría sin terminar, quedaría trunca.

Cristo anunció el Evangelio, la Palabra de Dios, y es el Espíritu Santo quien actualiza esta palabra y la conserva viviente en la Iglesia. Cristo instituyó la misión apostólica, pero es el Espíritu Santo quien inspira a la Jerarquía y coopera en el apostolado para hacerle producir sus frutos. Cristo a través de toda su vida idea y proyecta los Sacramentos y los instituye, pero es el Espíritu Santo quien les da su virtud vivificante en nosotros. 

Basílica del Espíritu Santo


2. Inevitable parcialización 

Tratar del Espíritu Santo no es hablar de un capítulo aislado de la teología, como podría hacerse del "Plan de la Salvación", de la "Resurrección" o de la "Escatología". 

El Espíritu Santo acaba el proceso intratrinitario de la vida en Dios. El Espíritu Santo es la "conditio sine qua non" para ubicar el misterio Trinitario en el campo de la teología. De alguna manera es fundamento y base de la teología. (Tal vez sea una razón por la que "no se lo conoce" y no se sabe qué hacer con el Espíritu Santo, el hecho de no haber insertado la doctrina acerca de Él en el todo de la teología, sino que se la agregó como un capítulo más, como para llenar los huecos que quedaban después de presentar al Padre Creador y al Hijo Redentor. Se habló del Espíritu Santificador, pero sin emsamblarlo con las dos primeras partes del Credo). 

Aunque se pueden presentar como "tres tiempos sucesivos"  -el del Padre, que se revela en la historia con el Pueblo de Dios; el del Hijo, que dice la Palabra definitiva del Padre al anunciar el Reino; el del Espíritu Santo, que prolonga la obra de Cristo en el misterio del nuevo Pueblo de Dios como "Sacramento de Salvación"-, con todo, si se leen bien las Escrituras, es la fuerza de Dios, su Espíritu, el que actúa vivificante en la historia de la Salvación desde el principio y constituye una unidad en el misterio de la Encarnación centrado en Muerte-Resurrección-Ascensión-y-Pentecostés. Todo es un proceso del DIOS presente por su Espíritu, Creador y Salvador. Permanente obrar del Dios presente, con nosotros, en la figura del Espíritu, como manifestación de Dios a Israel; en la manifestación personal en Jesucristo; y en la nueva y actual manifestación del Espíritu Santo en el tiempo postpentecostal. 

Hablar del Espíritu Santo es tener en cuenta toda la plenitud de la realidad trinitaria de Dios en las diversas formas de Revelación divina: del que obra en la creación e historia y del que se manifiesta en el Hijo. Siempre es el mismo presente Dios, Padre-Hijo-Espíritu, en la virtud y forma del Espíritu Santo. 

Pentecostés no es ni principio ni fin de la obra de Dios. Es la prolongada presencia del Creador y Redentor en el Espíritu Santo. De esa manera, teología del Espíritu es la comprensión integral del mensaje bíblico de la teología trinitaria que, superando el olvido o desubicación del Espíritu Santo, lleva a la plenitud del mensaje bíblico de la revelación o manifestación de Dios que obra en el Antiguo y Nuevo Testamento y en la Iglesia. (Pero, al mismo tiempo, esa concepción teológica integral pone al desnudo la mezquindad de una teología que ensayó la interpretación y ubicación de la Revelación dentro de los limitados márgenes del "Dasein" humano). 

De alguna manera siempre resulta parcializado hablar de una teología teocéntrica, cristocéntrica o pneumatocéntrica. Deberíamos librarnos de los "centrismos" unilaterales y parcializados. Teología integral siempre debe ser Trinitaria. 

Pero no es posible evitar del todo las parcialidades porque sólo de esa manera podemos proceder en los estudios especializados. (Tanto más, porque hemos entrado en la problemática especial de una teología existencial). 

Procedemos, progresivamente, de un artículo de la fe al otro:  "Creo en Dios - en Jesucristo - en el Espíritu Santo". Decimos el contenido de cada artículo de fe y analizamos su respectiva verdad, pero no logramos la profunda síntesis que los une y completa en su integración cabal hacia una auténtica teología trinitaria. Cada artículo tiene su dominante en la manifestación. Y para el tercero: "Creo en el Espíritu Santo", la dominante está constantemente en la Eclesiología. De ahí que se diga como a renglón seguido y sin separación: "Creo en el Espíritu Santo. La santa Iglesia católica...". 

Pero, precisamente, esa elaboración de la "función" del tercer artículo en la Iglesia no toca ni disminuye los dos anteriores, sino que los lleva a su mayor expresión y muestra bajo una nueva luz los problemas de la Iglesia visible e invisible, la justificación y la santificación, y la escatología como presente y futuro.

Basílica del Espíritu Santo


Continuará el próximo miércoles


1 Ed. Guadalupe, Buenos Aires, 1970

miércoles, 29 de noviembre de 2023

"Un pedacito de cielo lo arregla todo"


Un día el padre Juan Bosco fue a visitar al Padre Cottolengo.

Padre Cottolengo ―dijo el joven Boscovengo a pedirle un consejo: ¿qué remedio debo recomendar a las personas que vienen a contar que están aburridas de la vida, desesperadas y llenas de mal genio por la pobreza, por las enfermedades o por el mal trato que les dan los demás?

Mira, Bosco respondió Cottolengo―: el mal del aburrimiento y de la desesperación es el mal moderno más común de todos. Para combatirlo, nos ha mandado Dios un gran remedio siempre antiguo y siempre nuevo: pensar en el cielo que nos espera. No olvides nunca que un pedacito de cielo lo arregla todo.

Se fue Don Bosco a practicar el consejo recibido de tan popular apóstol, y pronto empezó a notar los maravillosos resultados. Llegaban a su despacho individuos malhumorados, que no saludaban a ninguno de los que estaban en la sala esperando turno para ser atendidos; personas consumidas por la tristeza y carcomidas por la angustia. El Padre Bosco, recordando que un pedacito de cielo lo arregla todo, les hablaba de cómo hay que vivir como resucitados, con la alegría del cielo que nos espera, de esa alegría que gozaremos en plenitud dentro de poco tiempo... Aquellas personas cambiaban de semblante. Parecían renacer de nuevo... 

Un pedacito de cielo lo arregla todo.

(tomado de un boletín informativo del templo Jesús Sacramentado de la Ciudad de Buenos Aires)

miércoles, 8 de febrero de 2023

Pensamientos de Dom Pius de Hemptinne, O.S.B.

Hace dos semanas nos referimos al Beato Columba Marmion, O.S.B., y publicamos un fragmento de una de sus obras. En sus escritos, Columba derrama ante nosotros un verdadero banquete de vida mística, enraizado en la Sagrada Escritura y en la liturgia tradicional de la Iglesia.

Columba mantuvo correspondencia con hombres y mujeres de todo el mundo, especialmente religiosos y religiosas que acudían a él en busca de dirección espiritual a distancia. Uno de estos discípulos fue un monje, Dom Pius de Hemptinne, O.S.B. (1879–1907), quien dejó valiosos escritos espirituales propios. 

Hoy compartiremos unos breves fragmentos sueltos de los escritos de Pius de Hemptinne. Tales escritos fueron publicados por primera vez en 1935 con el título A Disciple of Dom Marmion, Dom Pius de Hemptinne: Letters and Spiritual Writings. Los fragmentos que publicamos hoy son la traducción propia de la versión en lengua inglesa publicada el año pasado por Rorate Caeli.

Dom Pius expresa una fusión profundamente benedictina de liturgia, oración personal y  vida, incluidos los mensajes que Dios nos envía a través de su "primer Libro", es decir, el mundo de la creación que fluye de sus manos. en cada momento.

Las imágenes son fotos propias, tomadas en templos argentinos.



La muerte de un Dios, muriendo por la salvación de los hombres, es el punto central de la historia de la humanidad. Todas las épocas dan testimonio de ella y convergen hacia ella: los siglos precedentes apuntan a su venida, los demás están destinados a recoger sus frutos.

Iglesia de la Exaltación de la Cruz (Capilla  del Señor, Bs. As.)

  

La muerte de Cristo es el centro de la historia, y también el centro de la vida de cada hombre en particular. A los ojos de Dios todo hombre será grande en la medida en que participe en esa obra; porque la única dignidad verdadera y eterna es la del divino Sacerdote. El grado de santidad de cada uno estará en exacta proporción con su participación en esa cruenta inmolación. Porque sólo el Cordero de Dios es santo.

 

Pero aunque Jesucristo, el divino Sumo Sacerdote, apareció una sola vez en la tierra, para ofrecer Su gran sacrificio en el Calvario, sin embargo, cada día Él aparece en la persona de cada uno de Sus ministros, para renovar Su sacrificio en el altar. En cada altar, pues, se ve el Calvario: cada altar se convierte en un lugar augusto, el Lugar Santísimo, la fuente de toda santidad. Allí todos deben ir en busca de la Vida, y allí todos deben volver continuamente, como a la fuente de las misericordias de Dios. Aquellos que son los privilegiados del Maestro, no salen nunca de este lugar santo, sino que allí “encuentran morada”, cerca del altar, de modo que nunca necesitan alejarse de él; tales son los monjes, cuyo primer cuidado es levantar templos dignos de contener altares. Haciendo su morada junto al Santuario, consagran su vida al culto divino, y todos los días se los ve agrupados en torno al altar para el santo sacrificio. Este es el acontecimiento del día, el centro en el que convergen todas las Horas, como los siglos: unas como Horas de preparación y de espera en el recuerdo de la alabanza divina -estas empiezan con Laudes y Prima seguidas por Tercia, la tercera Hora del día-; las otras, Sexta, Nona, Vísperas y Completas, fluyen en las alegrías de la acción de gracias hasta la puesta del sol cuando los monjes cantan el cierre de la noche.

Basílica del Santísimo Sacramento (Ciudad de Buenos Aires)

Así transcurren los días de la vida, al pie del altar; así la vida del hombre encuentra su grandeza y su santidad al fluir, por así decirlo, sobre el altar, para mezclarse allí con esa Sangre Preciosa que es derramada diariamente en ese lugar sagrado: porque la vida del hombre es como un objeto sin valor, como una gota de agua, pero cuando se pierde en la Sangre de Cristo adquiere un valor infinito y puede merecer para nosotros la misericordia divina. El que sabe lo que es el altar, de él aprende a vivir; vivir junto al altar es ser santo, agradable a Dios, y subir al altar para realizar los sagrados Misterios es revestirse de la más sublime de todas las dignidades después de la del Hijo de Dios y de su santa Madre.

Iglesia del Salvador (Ciudad de Buenos Aires)

 

Jesucristo es el gran Maestro de las almas. Los nutre con Su Carne, Su Sangre y Todo Su Ser. Él realmente se hace a Sí mismo su Alimento. Y así me parece que nadie recibe el cuidado de las almas sin asumir el deber de alimentarlas con él mismo. Debemos entregarnos a las almas puestas a nuestro cargo, con tal plenitud de amor que la gracia dada a nuestras propias almas rebose en las de ellos.

Nos encontraremos, tal vez, con almas hambrientas, débiles o heridas: pequeñas almas que se arrojan sobre nosotros y querrían alimentarse de nosotros con demasiada avidez y familiaridad. Tal conducta nos herirá, como hiere a Jesucristo. Pero siguiendo Su ejemplo debemos alimentar a estas pobres ovejas, para que recobren fuerza y ​​vida.

Oh Jesús, concédenos desde este día en adelante que las almas puestas a mi cuidado saquen de mi pobre corazón la gracia que Tú me das. Eres Tú Mismo el que tiene hambre; come, pues, y bebe todo lo que encuentres en mi pobre casa. Que mi alma sea un pesebre donde Tus corderos puedan ser llenados de Ti. (4 de junio de 1902)

Iglesia de San Pablo Apóstol (Ciudad de Buenos Aires)

 

Padre santísimo y eterno, tu divino Hijo nos ha enseñado que nadie puede venir a Él si no lo atraes, y que ninguno se perderá de los que le has dado. Os suplico, pues, en nombre del amor recíproco que le tenéis a Él y Él a Vos, que me ofrezcáis a mí y a todos los que amo a este Hijo divino, engendrado por Vos,  para que renaciendo en Él, vuestro Verbo, podamos tener una parte en la gloria eterna que Él te da, y que así podamos ser santificados en ti.

Hijo eterno, cuya santidad es igual a la del Padre, tú has prometido que “cuando seas levantado de la tierra, atraerás a todos hacia ti”. Atráeme, pues, hacia ti, oh bienamado de mi alma, para que siendo alimentado por ti, viva yo por ti, como tú vives por tu Padre.

Espíritu Santo, que descendiste sobre la Virgen para realizar el misterio de la Encarnación del Verbo, desciende sobre mí, ¡oh alegría de mi corazón y fortaleza de mi alma! Imprégname, a fin de que Jesucristo crezca en mí, para que por tu poder se efectúe la unión más íntima entre mi Salvador y mi pobre alma, inflamada por tu amor.

Capilla Santísimo Sacramento (Avellaneda, Bs. Aires)

 

¡Oh Trinidad adorable, mira hacia abajo y mira cómo ardo en ansias de glorificarte, mira cómo mi alma se reduce a la nada, mira cuán pequeña es, cómo se entrega completamente a ti! Os amo por el Corazón de Jesús y por cada una de las almas de la tierra, y por eso os las traeré todas. Con este fin, Cristo Jesús, único objeto de mis deseos, me refugio en el seno de vuestro Padre, y en Su Nombre os doy todas estas preciosas almas, para que ninguna de ellas perezca. Uniéndome a Vos, lo ofrezco todo al Padre, para el eterno honor y gloria de la adorantísima Trinidad. Amén. (18 de abril de 1901)